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29. Imagina que es posible
diciembre 24th, 2010 | Juanjo Amorín
Eran las 5 de la mañana de un día de verano del año 2057. Uxía, ochenta y dos años, y Belén, dieciséis, llevaban juntas desde mediodía en el desván de la casa de la playa en Galicia. Quince horas en los que la abuela le había contado la historia de su vida a su nieta. La historia de su amor con Brais, que dos días antes se había ido a un viaje sin retorno, a algún lugar desconocido a seguir imaginando sueños que se podrían hacer realidad.
Belén abandonó la pequeña ventana del sur del desván desde donde estaba tomando la luna llena y regresó al sofá. Uxía dejó el último disco encima de la cadena de música e hizo lo propio. Una mezcla de cansancio y serenidad reinaba en la constelación de aquel espacio de la casa de la playa. Ya en el sofá, se miraron, ambas se mordieron el labio inferior y luego se fundieron en un abrazo que duró minutos. Uxía tenía su cabeza apoyada en el hombro de Belén. Sus ojos apuntaban a la ventana que estaba abierta. Y allí, en ese instante, vio una luz pasar parpadeando. Era una estrella fugaz. Uxía sonrió y entonces pronunció su nombre en alto: Brais.
- Belén, cariño. He vivido una vida plena, hice lo que debía hacer, hice mi camino y lo único que he querido a lo largo del día de hoy es regalártelo para que te lo lleves como algo tuyo, y para que pase de generación en generación, y para que siempre recuerdes a tus abuelos, Brais y Uxía. Tú eres la pequeña de la casa, nuestra última nieta y la que más tiempo has pasado conmigo. Algún día, más pronto que tarde, me iré junto a mi amor, Brais, porque es lo que deseo con todas las fuerzas del mundo. Ese día, cuando el señor Destino venga a por mi para llevarme a su lado, quiero que le cuentes a todos los que me quieren la historia de este viaje fascinante. Así me lo pidió Brais la noche que entré en su habitación para despedirme para siempre, ¿recuerdas?.
- Sí, abuela, lo recuerdo perfectamente. Me pediste mi ordenador para poner una canción, pero aún no me has dicho cuál era.
- Sucedió así. Brais apenas podía hablar. Estaba dormido en la cama y sólo a ratos abría los ojos. En uno de ellos se despertó y al verme sonrió. Tenía los labios secos por la deshidratación. Yo se los humedecí con las yemas de mis dedos y luego pudo beber a duras penas un sorbo de agua que le sirvió para coger sus últimas fuerzas y pedirme que pusiera su canción preferida, Imagine de John Lennon. Siempre decía que era una de las canciones más simples, más cortas, más soñadoras y positivas de la historia de la música. Salí de la habitación y acudí a tu cuarto a pedirte el ordenador. Luego regresé a nuestra habitación. La busqué en Internet y se la puse por última vez.
Él comenzó a acariciar mi cara, como lo había hecho una y mil veces, con la ternura y la pasión de su forma de entender el amor incondicional. Nuestras miradas se fusionaron y aunque las palabras fueron silencios, me lo estaba diciendo todo porque como decíamos en mi época Belén, cuando dos personas se miran y flipan, el camino está casi hecho. Y eso es lo que nos pasaba a tu abuelo y a mi. Que nos pasamos cada día de nuestras vidas flipando. Luego le pedí que descansara. Le besé y como cada noche, le dije que siguiera soñando que yo regresaría al día siguiente. Él me dijo que sí con la cara y luego se durmió. Un sueño en el que aún sigue ahora y en el que yo quiero entrar cuanto antes porque no puedo entender mi vida sin él.
- Abuela. Gracias por crear en mi el deseo de imaginar que todo es posible cuando lo quieres de verdad. Gracias por todos estos regalos que me has hecho. Gracias por enseñarme los paisajes que explican la felicidad, el amor incondicional, la coherencia, la fidelidad, la sencillez, la generosidad… Gracias por este viaje. Gracias por enseñarme a volar. Gracias por motivarme a soñar. No te puedes imaginar lo importante que ha sido este día para mi. Ni yo misma sé la dimensión de lo que me llevo, pero te puedo asegurar que será para siempre y que no me abandonará jamás. Sé que el abuelo Brais entenderá que no te deje ir con él aún, porque ahora lo que de verdad deseo es imaginar que es posible que te quedes conmigo para siempre. Y por eso lo quiero soñar.
Cuando Belén terminó de hablar, “Pepe” entró por primera vez en el desván para interrumpir aquella conversación. Se acercó a las dos mujeres. Las miró con ojos de un recién levantado y empezó a sacudir sus pelillos negros de derecha a izquierda con la velocidad de un rayo. El perro de Belén se sentía abandonado durante todo el día. Las dos sonrieron y le acariciaron. Luego abandonaron el desván por el largo y estrecho pasillo creado entorno a las decenas de cajas que allí había. Ya en la segunda planta, Uxía y Belén se despidieron hasta el día siguiente y cada una se metió en su habitación.
Minutos después, Uxía, ya tumbada sobre su cama, escuchó como de la habitación de Belén salían volando las armonías del Imagine de John Lennon cantada por un niño que tenía la voz igual que la del Principito.
Imagina que no existe el cielo,
es fácil si lo intentas,
sin el infierno debajo nuestro,
arriba nuestro, sólo el cielo.
Imagina a toda la gente
viviendo el hoy…
Imagina que no hay países,
no es difícil de hacer,
nadie por quien matar o morir,
ni tampoco religión.
Imagina a toda la gente,
viviendo la vida en paz…
Imagina que no hay posesiones,
quisiera saber si puedes,
sin necesidad de gula o hambre,
una hermandad de hombres.
Imagínate a toda la gente
compartiendo el mundo
puedes decir que soy un soñador
pero no soy el único,
espero que algún día te unas a nosotros.
Y el mundo vivirá como uno.
28. París (segunda parte)
diciembre 23rd, 2010 | Juanjo Amorín
- Abuela ¿qué me estás contando?¿Sofía?, la tía Sofi, ¿es fruto de aquella noche de viernes en París?
- Ja! Ja! El calendario nos dijo eso, pero nunca se sabe a ciencia cierta Belén. Aquel viernes, fue intenso, pero también todo lo que pasó durante el fin de semana y los días siguientes.
- Cuéntame qué paso abuela.
- Aquella mañana de sábado abrí los ojos justo cuando los rayos de sol se posaron en mi almohada. Eran las doce. Me revolví buscando a Brais en el otro lado de la cama, pero no estaba. Me levanté y me acerqué hasta el salón y allí al fondo, le vi vestido con un pijama negro con rayas muy finas de color blanco sacando fotos desde la vidriera de la terraza. Al escuchar mis pasos se giró y con una sonrisa en la boca me hizo un gesto para que me acercara. Mientras lo hacía comenzó a disparar fotos y yo me tapaba la cara y le gritaba “en pijama y con estos pelos no, no no no”. Cuando llegué a él, me abrazó y me dio un beso de buenos días en la frente. El cielo de París parecía el de Madrid, preñado de aquel azul intenso. Apenas había tráfico en la avenida y se veían pasar barquitos llenos de turistas paseando por el Sena.
- ¿Desayunamos? – me preguntó-
- Claro.
- Ya está todo preparado en la cocina. Ayúdame a traerlo al salón.
Montamos la mesa con todo lo que un buen brunch resiste: zumo de naranja, café, leche, croissants recién horneados, huevos revueltos con queso fundido, jamón de york, uvas y piña. La noche había sido larga e intensa física y mentalmente y estaba que lo devoraba todo. Él estaba sentado de espaldas a la terraza y yo le miraba.
- ¿Cómo estás? -me preguntó-.
- Feliz. Estoy feliz. ¿Y tú?
- Volando aún Uxía. Volando. Para mi estar hoy contigo aquí es un sueño hecho realidad. Es un sueño de niño, pero es el deseo más grande que puede tener este adulto. Ayer, te di todo lo que sentía, pero me quedé corto de tiempo para decirte todo lo que llevo dentro.
- Bueno, tenemos mucho tiempo para hablar, ¿no?.
- Sí y no quiero desaprovechar ni un solo minuto. Mira Uxía. Sé que hemos tenido vidas muy diferentes hasta ahora. También sé que lo nuestro fue una historia de niños y que tras veintidós años las personas cambian. El destino nos unió de nuevo y yo no quiero dejar pasar esta oportunidad. El día que te vi en mi consulta, pensé que estaba soñando. Luego cuando te fuiste, pensé que no te podía perder y por eso te envié la caja con los cuentos que había escrito desde Buenos Aires. El primero tenía mucho de mi y el segundo mucho de ti. Ahora sueño con escribir un día un tercer cuento y le llamaré “Uxía y Brais” y contaré todo lo que nos ha pasado, todo lo que nos está pasando y todo lo que nos pasará. Porque yo Uxía…
- Brais -le interrumpí- ayer viernes por la mañana cuando estaba en casa organizando el viaje con Laura, ella me preguntó: “¿te imaginas tu vida sin Brais?” Le dije “ni de coña”. Entonces ella me respondió “pues entonces tienes que ir a París y descubrir si te quedas o te vas para siempre de la vida de Brais”. La historia que tenías con María me obligó a huir. Uno más uno, nunca pueden sumar tres. Y yo ahí sobraba porque…
- Uxía. María no puede tener espacio ni en esta conversación. Pasó por mi vida unas semanas y no me marcó. Ya está. Tú yo fallamos en el calendario, Uxía, y eso tienes que entenderlo. Pero no quiero que volvamos a hablar más de ella porque sólo me interesa hablar de ti y de mi.
Yo dije que sí con la cabeza y en ese momento Brais se levantó de la silla y se acercó para besarme y luego regresó.
- Sabes Uxía, con la luz de París, tus ojos de avellana brillan más, pero me gustaría que los cerraras un momento porque quiero sacarte una foto.
- Pero si llevo un pijama de cuadros, ¿tan bonito te parece? ¿y estos pelos?
- Sí, hazlo, por favor.
Cerré los ojos y escuché como él me decía cuenta hacia atrás desde el número diez. Y luego ábrelos. Diez. Nueve. No escuchaba la cámara disparando, pero sí su voz diciéndome “estás preciosa”. Seis. Cinco. Me preguntaba qué estaría tramando. Tres. Dos. Uno… Y abrí los ojos y entonces él no estaba. Miré a mi alrededor y no lo vi.
- ¿Dónde estás? -grité- No me dejes así, sola -y sonreí-. Pero en lugar de él apareció esta canción que sonó en todo el salón.
Unos segundos después, Brais apareció por detrás. Con su mano izquierda me tapó los ojos y con la otra agarró mi mano derecha con fuerza. Luego descubrió mis ojos y me susurró al oído:
- Quiero que no te separes de mi el resto de nuestras vidas. Quiero vivir contigo siempre. Quiero amarte, quererte, llorar, reír, soñar, volar… Quiero pasear y viajar. Quiero disfrutar de los pequeños momentos de la vida y quiero construir una casa que llegue hasta el cielo, como aquella que te describía en mi primera carta recién llegado a Buenos Aires. Quiero que seas la madre de mis hijos. Quiero que te cases conmigo. Porque te quiero. Porque es lo que más deseo en esta vida. Y por eso te pido que aceptes este anillo y que me dejes colocarlo ahora mismo en tu mano.
Me derrumbé. Y yo ya no era yo, sino un océano de sentimientos bañados por millones de lágrimas que vinieron para inundar mis mejillas. Me levanté y él cogió mi mano derecha y me colocó un anillo de oro blanco con dos diamantes en el centro, uno blanco y otro color púrpura. Todo mi cuerpo se estremeció y por unos instantes creía que me desmayaría, pero Brais estaba ahí y me abrazó y al sentir el calor de su cuerpo yo me sentí salvada. Entonces éramos uno y los dos nos pusimos a llorar y a mi me salió muy de dentro un SÍ, el sí más auténtico y más profundo que jamás había pronunciado y pronuncié en mi vida.
Luego nos abrazamos, mientras bailamos al son de la canción que él había elegido para aquel momento. Y acabamos como la noche anterior, pero esta vez al lado de la chimenea, con París al fondo, como testigo de nuestra pasión.
Belén, aquel sábado en París, Brais y yo decidimos que nuestras vidas no se separarían nunca más. Mes y medio después recibimos el primer regalo de nuestra relación, el embarazo de Sofía y entonces decidimos que era el mejor momento para unir a nuestras dos familias. Alquilamos un ático en el centro de Madrid que nos recordara cada día aquel de París. Y allí crecieron Anita e Iria y después Sofía y unos años después llegó el pequeño Alejandro, el chico de la familia.
27. París (I)
diciembre 19th, 2010 | Juanjo Amorín
Apenas había dormido la noche anterior y caí rendida en el hombro de Brais durante las dos horas que separan Madrid de París. Cuando el piloto anunció que nos preparábamos para el aterrizaje, él me despertó con una caricia y yo le sonreí. Me dijo, mira, París de noche. Giré mi cuerpo y él me abrazó por la cintura acercándome a su pecho para ayudarme a estar más cerca de la ventanilla. París era un campo de luciérnagas luminosas con tonos amarillos y blancos que parpadeaban, aparecían y desaparecían. Se lo dije a Brais y él me contestó que habían salido todas a recibirme.
Abandonamos la terminal del aeropuerto Charles de Gaulle y nos subimos a un taxi. Brais pidió que nos llevará al 27 de la Quai des Grands Augustins. Eran las ocho de la tarde y París estaba nevado porque la noche anterior una tormenta la había azotado. Fue un viaje de media hora en la que no paramos de besarnos y de hablar.
El taxi se adentró por la zona centro de la ciudad y todo me pareció monumental. Mi último viaje había sido con Mateo a Roma, justo antes de saber que me había quedado embarazada de Iria. Aunque no la conocía, mi primera sensación es que París era más bella, más ordenada, más limpia, con más luz… Brais agarró mi mano durante todo el camino y me iba contando historias de cada calle por la que íbamos pasando. Aquellas luciérnagas que veíamos desde el aire eran ahora miles de haces de luz que nos abrían el camino que recorríamos.
El taxi giró a la derecha y cogió una gran avenida pegada al río Sena. En ese momento Brais hizo una llamada breve para avisar al hotel que estábamos llegando. Un cartel que nombraba la calle que antes había oído me decía que estábamos cerca. Poco después, el taxi paró y Brais abrió su monedero para pagar. Miré por la ventanilla y no vi ningún hotel. Estábamos enfrente de una cafetería con un toldo granate bajo el título de “Le Paradis Fruit”. Entonces Brais me dijo:
- Ya hemos llegado -y me besó-.
Luego recogimos las maletas y despedimos a nuestro taxi desde la acera, al lado de la cafetería.
- Espero que te guste Uxía.
- Pero ¿y el hotel? -le pregunté-.
- Ahora lo verás.
Brais vestía pantalones vaqueros, una camisa de Fred Perry de cuadros blancos y negros y un plumas del mismo color para soportar el frío. Metió la mano en uno de los bolsillos y extrajo un juego de llaves. Entramos en un portal. Yo estaba desorientada y no paraba de preguntar: “¿y esto? ¿por qué tienes estas llaves?”, pero él me respondía con sonrisas. El portal vestido de mármol de color rosado se perdía en un pasillo que acababa en la puerta del ascensor. Entramos y Brais pulsó el último piso, el sexto. Al salir un único portón de color marrón habitaba en la planta. De nuevo Brais utilizó el juego de llaves en dos ocasiones hasta que abrió la puerta y me dijo:
- No hemos venido a ningún hotel. He alquilado este ático enfrente del Sena para que sea nuestro hogar durante todo el fin de semana.
- ¡Estás loco! -le dije y continué- Cariño -sí, sí, le dije por primera vez “cariño”-, estás loco.
- Sí, loco, loco por ti -y sonrió-. No lo conozco. Vamos a descubrirlo.
Y comenzamos a caminar por un pasillo largo, sin puertas, con las paredes blancas y muy iluminado. Al fondo se abría la luz y nosotros fuimos a su encuentro. Al llegar vimos un salón inmenso, del tamaño de tres veces mi piso de Madrid. Tenía un sofá blanco de piel en forma de ele. Enfrente había una pantalla a la que apuntaba un proyector ¡era un cine!. Al lado izquierdo había otro sofá de color negro más pequeño y con orejeras que miraban a una enorme chimenea que alguien había encendido poco antes de llegar nosotros porque la madera que ardía estaba iniciada. Y al lado una mesa redonda con dos sillas. A la derecha había una puerta. La abrí y allí estaba el dormitorio. Era un universo de espacio divido en tres zonas, la cama, un vestidor y un baño. Todo diáfano y todo abrazado por un ventanal enorme. Lo abrimos y salimos a la terraza cubierta y climatizada que rodeaba a todo el piso y comunicaba la habitación con el salón. Y allí, enfrente estaba París a nuestros pies, bañada por el Rio Sena.
- ¿Te gusta? -me dijo mientras me agarraba por la cintura desde mi espalda y apoyaba su cara en la mía.
- Me alucina, Brais. Estoy temblando.
- No tiembles mi amor, ahora no.
Regresamos a la habitación y él me propuso que me diera una ducha, mientras deshacía las maletas y llamaba a Madrid para decir que habíamos llegado bien. Luego nos iríamos a cenar, me dijo. Necesitaba un baño para calmar la ansiedad de tanta emoción acumulada. Al salir envuelta en un albornoz de algodón blanco me encontré sola en la habitación. Le llamé y él me dijo, “ven”. Estaba al otro lado del cuarto, metido en el vestidor. Acudí guiada por la voz y allí me lo encontré, mirando a un vestido negro.
- Es precioso, ¿verdad? Lo elegí para ti. Para hoy. Para ahora. Espero que te guste.
Todo mi cuerpo comenzó a temblar y como él lo notó se acercó y me cogió de la mano para acercarme al vestido. Era de seda salvaje, con escote barco y entallado. Sencillo. Simple. Precioso.
- Es ideal -le dije-.
- ¿No te lo vas a probar?
- Ay mi amor, ¿qué me estás haciendo? -le respondí-. Ahora mismo.
- Hazlo tranquilamente mientras yo me ducho.
Y mientras él se fue, yo me quedé allí hablándole a mi regalo. Allí, el vestido negro, mis lágrimas y yo. Lloraba de emoción y de felicidad porque nunca nadie me había hecho sentir como una princesa. Me sentí abrumada por todo lo que me estaba pasando en aquellas horas. Fue la primera vez en mi vida que tuve la sensación de flotar, de vivir en una nube.
Me vestí y me maquillé en el tocador del vestidor. Las campanas de Notre Dame sonaron indicando que eran ya las diez de la noche. Y poco después, Brais apareció. Se había vestido con un traje negro y una camisa blanca. Estaba increíble. Era la primera vez que lo veía así. Era el chico más guapo de la Tierra. Era mi chico, pensé. Se acercó y todas las cosquillas del mundo se apoderaron de mi estómago y comenzaron a trepar por mi cuerpo hasta llegar al corazón. Nos miramos y el silencio nos apoderó. Su mano derecha empezó a acariciar mi cara y yo cerré los ojos para sentirla más. Noté como sus dedos se deslizaban por cada poro de mi cara mientras yo me estremecía como nunca antes lo había hecho. Luego me besó y me dijo:
- Estás preciosa Uxía. Tal y como te había imaginado.
- Gracias Brais. Tú estás muy, pero muy guapo.
- ¿Vamos a cenar?
- Espera que cojo el abrigo.
- No será necesario -dijo mientras esbozaba una sonrisa-.
Me agarró de la mano y me llevó en dirección al salón. Al cruzar la puerta comenzó a sonar esta canción.
Las luces estaban tenues y al fondo, para mi enésima sorpresa, dos jóvenes, un chico y una chica, vestidos de negro nos esperaban. El garçon se acercó y me dio un: “Bonsoir madanme” mientras me ofrecía una copa de champagne. Luego la chica hizo lo mismo con Brais. Y ambos se perdieron por el largo pasillo, en dirección a la cocina.
- Uxía, creo que lo mejor será que nos quedemos aquí a cenar. ¿Qué te parece? -dijo sonriendo como lo hacía de niño-.
- No me lo puedo creer -pronuncié con la boca chica, mientras mis ojos buscaban más lágrimas de felicidad, pero mi cuerpo decía que ya estaban agotadas con tanta emoción-.
Entonces Brais me agarró de la mano y me llevó hasta la terraza y allí mirando al Sena me dijo:
-¿Me permite este baile princesa?
Tomó mi mano y la apoyó sobre su hombro izquierdo mientras su brazo rodeaba mi cintura. Y sin salirnos del espacio que ocupaban nuestros cuerpos pegados, iniciamos un vuelo planeando en silencio por el cielo de París.
Giramos sobre nuestros cuerpos y en ese momento imaginé que todo lo que nos rodeaba era una gran orquesta que había salido para tocar aquella canción que sonaba en nuestro ático de París. Al fondo estaba el museo del Louvre que tocaba el piano y enfrente su hermano d’Orsay que le acompañaba a la guitarra. A la derecha las dos torres iluminadas de Notre Dame nos miraban con sonrisas cómplices mientras hacían los coros. A la izquierda la imperiosa Tour Eiffel cantaba como lo hacía Willie Nelson. Medio giro más y nuestras miradas se perdieron en el río Sena en donde la luna acompañada de miles de estrellas se posaban para darnos la bienvenida a la ciudad del amor. Y en ese momento, Brais me susurró: “siempre en mi mente… siempre en mi mente”. Entonces, cerramos los ojos y nos dejamos llevar. Me sentía la mujer más afortunada del mundo por estar viviendo aquel momento, junto a mi primer amor, junto a Brais.
La canción terminó, pero sus acordes nos acompañaron toda la noche.
Pasamos al salón de nuevo y nos sentamos a cenar. Fue una de las cenas más divertidas de mi vida. De primero tomamos ensalada de bovagante y de segundo atún a la plancha. Cuando los dos camareros que nos acompañaron nos trajeron el postre, una mousse de chocolate con fresas, Brais les dijo en francés que ya se podían ir. Desaparecieron de nuevo por el largo pasillo y en ese momento él me dijo:
- Te propongo que nos tomemos este postre en la habitación.
- ¿Por qué todas las ideas buenas se te ocurren a ti esta noche? -le pregunté mientras una sonrisa se pintaba en mi cara-.
Y cada uno con su copa de mousse en la mano cruzamos la puerta y nos fuimos a la habitación. Entonces él recogió la mía y las acercó hasta hasta la bañera de pizarra que estaba a ras de suelo al lado del gran ventanal que miraba al Sena. Abrió el grifo y un chorro de agua caliente comenzó a salir. Luego regresó y me dijo:
- Son las doce y media. Creo que es la hora ideal para darnos un buen baño. Un baño con la luna de París ¿Qué te parece?
Era su pregunta preferida. Pero a mi aquella noche, todo me parecía ideal y sólo logré contestarle con una sonrisa, mientras me mordía el labio inferior, como lo hacía cuando deseaba algo con todas mis fuerzas. Entonces, se dio media vuelta y apagó las luces de la habitación y sólo los farolillos de la terraza nos iluminaban, y la luna y sus estrellas.
Regresó por mi espalda y sentí como sus manos tiraban de la cremallera trasera de mi vestido negro mientras sus labios empezaban a besar mi cuello. Luego sus manos acariciaron mis hombros ayudando a perder su regalo que cayó hasta llegar a mis zapatos negros de tacón. Me giré y le desabroché la camisa blanca mientras besaba su pecho y descendía para que se quedara como lo estaba yo. Y como en el día de Reyes, sentí de nuevo las yemas de sus dedos acariciando mi cabeza y haciéndome temblar. Luego, desnudos nos metimos en la bañera y empezamos a jugar, como lo hacíamos de niños, con un amor incondicional, con la sonrisa como protagonista principal de nuestras caras y con la fusión de nuestros cuerpos como uno solo.
Aquella noche fue, quizás, la más corta de nuestras vidas Belén, y la que marcaría nuestro destino. Sentí que Brais había llegado para quedarse para siempre en mi vida. Y de eso hablamos al día siguiente y al siguiente y así, casi todos los días de nuestra vida.
Aquella noche, Belén, encargamos a tu tía Sofía. Sí Sofía, nuestra hija, vino de París.
26. ¿Volverá?
diciembre 12th, 2010 | Juanjo Amorín
Iria gateó arrastrando sus dos años por mi cama hasta que me despertó con un “mamá”. Eran las ocho de la mañana. Al otro lado de la puerta Sole me dio los buenos días y me dijo que tenía visita. Me asusté y le espeté un cómo, pero ella me tranquilizó.
- Es Laura. Está en el salón.
¿Qué hacía Laura a esas horas ahí? Salté de la cama pensando en lo peor. Y cuando llegué la vi en el sofá sentada con una taza de café entre sus manos. Se giró devolviéndome una sonrisa y unos buenos días por lo que supuse que nada malo había pasado. Luego ella le pidió a Sole que nos dejara solas y a mi que me acercara a su vera.
- Cariño -me dijo Laura- Tengo que contarte algo que me ha pasado.
- ¿Qué?
- Ayer, por la noche, Brais me llamó a mi teléfono móvil. Me contó que quería hacerte un regalo este fin de semana y que me necesitaba.
- ¿Cómo? -le dije incrédula-.
- Sí. Y estoy sin dormir toda la noche porque acepté, siempre y cuando tú también lo aceptaras.
- Laura, me estás asustando.
- Sólo me pidió que me quedara con Iria todo el fin de semana.
- Recibí un mensaje de él anoche en el messenger diciéndome que hoy cenaríamos juntos, sin más. Pero, no me habló de ningún fin de semana.
- Aunque le pregunté una docena de veces si tú sabías algo, él no soltó prenda. Lo único que me pidió es que te convenciera para que me pudiera quedar con Iria porque quería pasar el fin de semana contigo.
- ¿Qué hago Laura? -le pregunté-.
- Uxía, decía Woody Allen que si no te equivocas de vez en cuando, quiere decir, que no estas aprovechando todas tus oportunidades. Si te apetece, ve. Y sé tú. Yo a él lo vi muy ilusionado. Es importante que haya segundas oportunidades. No te quedes con las ganas. Sólo se vive una vez.
- Pero Laura, justo ahora que era cuando me estaba empezando a olvidar de él.
- Pues es ahora justo cuando hay que hacerlo Uxía. Inténtalo. Si ves que hay algo que te dice que te quedes, te quedas y si no, te vas para siempre de su vida Uxía. Pero para siempre. Te conozco y sé que Brais no podrá ser tu amigo. No puedes estar más tiempo como has estado todos estos meses mientras él estaba con esa chica que había conocido por Internet. Brais ocupa otro espacio que sólo los dos conocéis. O te quedas o te vas.
- Eso es así -le dije-.
Después de aquellas palabras con mi mejor amiga, las dos corrimos hasta el vestidor de mi habitación y nos pusimos a seleccionar la ropa para el fin de semana. Como si aquel fuera el primer viaje que hacía en mi vida, hicimos y deshicimos la maleta con los nervios de dos niñas pequeñas, ilusionadas por las horas que tenían que venir. No sabía el destino, pero me imaginé que acabaríamos en una casa rural en algún lugar del país, aquel regalo que le había hecho la tarde de Reyes a Brais, la última vez que nos habíamos visto y la primera que nos habíamos perdido en un viaje increíble, pero imaginario. Aquel día en el que le había preguntado ¿y ahora qué? Aquel día en el que él sólo supo responder con un, dame tiempo.
Luego llamé a mi jefe y le dije que me encontraba mal y que me quedaría en casa. Necesitaba ordenar aquellas horas de mi vida.
A las diez y diez sonó el teléfono. Era Brais. La conversación duró apenas tres minutos. Me dijo que entendía lo que estaba pensando, pero que sólo quería pedirme una cosa: que me dejara llevar y que disfrutara. Luego me explicó que volveríamos a media tarde del domingo y que me recogería a las 4 en punto en mi casa. No me dio pie a que le hiciera más preguntas y yo lo consentí porque estaba loca de felicidad.
Cinco minutos antes de las cuatro de la tarde, sonó el portero de casa. Al contestar escuché su voz: “ya estoy aquí”. Me despedí de Iria y de Laura con lágrimas en los ojos porque, hasta ese momento, nunca me había separado tantos días de mi hija. Bajé las escaleras como el que baja al purgatorio, sin saber si acabaría en el cielo o el infierno. Pero la decisión ya estaba tomada. Me iba y tenía que ser yo.
Salí del portal y vi a Brais abriendo el maletero de un coche grande de color negro. Me acerqué. Nos abrazamos. Me dio dos besos y luego me agarro por la cintura mientras me dirigía hasta la puerta trasera del coche. La abrió y me dijo, sube tú primero. Aún no había metido medio cuerpo dentro del coche y escuché un “buenas tardes”. Busqué al emisor y lo encontré sentado al volante: un señor vestido de traje conducía aquel auto. Miré a Brais y mi cara le preguntó ¿qué es esto? Pero no me contestó porque en ese momento él le dijo al chófer “Ya nos podemos ir”. Luego partimos destino hacia a algún lugar que yo desconocía. Y entonces, comencé a interrogar a Brais.
- ¿A dónde vamos Brais?
- Estás preciosa Uxía.
- Te pregunto que a dónde vamos -le dije con un tono que seguro que sonó a borde, pero es que estaba realmente asustada-.
- Tranquila. Vamos a un sitio precioso que te encantará.
- ¿Por qué vamos en este coche?
- ¿Porqué no necesitamos mi coche allí?
- ¿Es un juego?
- No, no lo es Uxía. Es mi regalo de Reyes. El tuyo ya lo disfrutaremos otro fin de semana. Siempre he soñado con hacer esto que voy a hacer este fin de semana. Sabes que… de pequeño soñé que esto me sucedería sólo con la persona con la que pasaría el resto de mi vida. Y aunque conocí en Argentina a la madre de mi hija y creía que iba a ser ella, me alegro que el destino me haya dado la oportunidad de hacer realidad este sueño contigo porque tú no eres la dos, sino la uno. Y espero que este, mi sueño, te guste tanto como a mi. Ahora no me preguntes nada más. Necesito pedirte un favor.
- Dime -le dije con un nudo en la garganta, aún emocionada por lo que acaba de escuchar-.
- Quiero que cierres los ojos mientras escuchas una canción. No digas nada. Sólo escúchala. Ojalá la hubiera escrito yo para ti.
Uxía accedió. Cerró los ojos. El silencio se hizo en el coche. Y Brais le dijo al chófer: “Alejandro, más volumen por favor” Y empezó a sonar esta canción.
Me acuerdo y pienso en el tiempo que llevábamos sin vernos,
dos niños pequeños que lo sentían todo,
y lo sigo sintiendo hoy por ti.
Recuerdos que tengo y
no entiendo que dejáramos de vernos buscando
mil besos que no son nuestros besos,
deseo estar contigo hasta morir.
Desesperándome te buscaba en mis sueños y ahogándome…
Volverá, seguro que volverá
y sigo sintiendo y te echo de menos
que acabe mi soledad.
Volverá, te juro que volverá ese amor verdadero
cuando era pequeño seguro que volverá.
Te miro en el tiempo y siento que tu eres lo que quiero
mi niña mi sueño, todo eso que no tengo
y que sigo sintiendo hoy por ti.
Incluso en mis sueños me invento y me creo que te tengo, te toco,
tu cuerpo y sé que eso no es cierto
y me estoy volviendo loco aquí sin ti.
Con los últimos acordes, la mano izquierda de Brais se posó encima de la mía, como lo había hecho aquella tarde mientras le veía representando el Principito en el salón de actos del Rosalía, cuando los dos teníamos catorce años. Seguía con los ojos cerrados, pero esta vez por vergüenza porque los tenía empañados de lágrimas. Así que él acudió a mi rescate y primero noté como me secaba el agua de mis pómulos y luego como sus labios acariciaban los míos y sus brazos me envolvían. Temblé. De nuevo el vértigo de estar atado a él me llenó tanto que el tiempo se paró mientras permanecíamos unidos. Y así, hasta que noté que el coche se detuvo y el conductor dijo: “señores, ya hemos llegado”.
Al bajarme, me encontré en el aeropuerto de Barajas y entonces le dije:
- Estás loco.
- Sí, siempre he estado loco. Pero loco por ti -me dijo él-. Gracias por hacer esta locura conmigo.
Me agarró de la mano y juntos cruzamos varios pasillos hasta llegar a un mostrador. Allí, sacó dos billetes. Luego me volvió a agarrar de la mano y le dijo a la azafata que nos atendía: nos vamos a París.
25. Supongo que no es lo que te esperabas
diciembre 10th, 2010 | Juanjo Amorín
- Abuela, ¿por qué huiste sin preguntar?
- Por miedo Belén.- ¿Miedo a qué?
- Miedo a la verdad. Cuando vi aquellos dos condones en la basura me sentí igual de engañada que cuando descubrí la foto de aquella mujer en el móvil de Mateo, aquel día de agosto. En ninguno de los dos casos dije nada y en los dos me quedé yo con la misma sensación. Habían pasado más de dos años, desde aquella puñalada de dolor y yo no supe diferenciar las dos situaciones. Mateo era mi pareja, lo era todo y me engañó. Brais en aquel momento sólo era un proyecto, pero me ocultó la verdad. Dos situaciones diferentes y la misma sensación Belén. Las sensaciones son como chorros de vapor que no dejan que veas con nitidez la realidad. Y eso fue lo que nos pasó a Brais y a mi durante los siguientes meses.
- ¿Qué pasó? -preguntó Belén-
- Aquella mañana de sábado cuando me desperté, le conté a Laura lo que había pasado. Al verme tan mal se llevó a la niña al parque. Yo encendí el ordenador y enseguida apareció un mensaje de Brais y una canción que según él lo explicaba casi todo. Me decía que sabía la razón por la que me había ido de su casa la noche anterior y que tenía una explicación. Sentí una sensación agridulce de rabia y tranquilidad al mismo tiempo, por saber que él entendía mi reacción.
Yo le debía una explicación, pero no quería dársela porque no quería prorrogar más aquel estado de ánimo que me era tan familiar. Así que le envié un único mensaje en el que le decía que no se preocupara y que dejáramos pasar el tiempo y que volveríamos a hablar. Y así fue. Hice algo de lo que me arrepentí después: dejé pasar el tiempo, Belén. Cada noche desde aquel día me conectaba. Y cada noche él me enviaba un mensaje que yo no contestaba. Y así durante los siguientes tres meses hasta que los mensajes empezaron a faltar a su cita nocturna.
El día de nochebuena de las navidades de 2010, él me llamó al móvil y yo contesté. Era media tarde y toda mi familia estaba en casa. Me metí en la habitación y estuvimos hablando media hora. Hablamos como si nada hubiera pasado entre nosotros antes, como si aquella noche de cena y gintonic no hubiera existido. Me reía tanto con él, que cada segundo de conversación era una porción de felicidad y enamoramiento acumulado que me enganchaba más y más. Cuando estábamos a punto de despedirnos empezamos a hablar de verdad de nosotros.
- Y tú ¿cómo estás? – le dije-.
- Bien. La verdad es que mucho más tranquilo que en estos meses anteriores.
- ¿Y qué vas a hacer este fin de año?
- Me iré a Segovia -me dijo-.
- ¿Y eso? -le pregunté extrañada porque no conocía su relación directa con esa ciudad-.
- Me voy a casa de María a pasar el fin de año.
- María es…
- Sí, María es la chica que…
- Ya. Perdona. No quería entrometerme.
- No te preocupes Uxía. No hay problema.
- Bueno, y ¿va todo bien?
- Sí -me dijo sin dar más explicaciones-
Luego, nos despedimos y mi cabeza entró en un proceso de centrifugado buscando explicaciones. Me sentía culpable por haber tomado aquella decisión tres meses antes. Por haber dejado pasar el tiempo. Por no haber domado mi miedo. Por no haberlo intentado cuando lo tenía todo a mi favor para iniciar una verdadera relación con él. Por todo aquello, Brais se había alejado y había iniciado una relación con otra persona, mientras yo, desde mi silencio, desde mi soledad lo único que había hecho era engordar mi enamoramiento, engordar mi ansiedad por estar a su lado, por verle, por tocarle. Había creado un mundo imaginario en el que estábamos los dos paseando solos, pero con la imposibilidad de encontrarnos algún día. Aquellas fueron las peores navidades de mi vida. No dejé ni un solo instante de pensar en él.
- Abuela, y si sentías todo esto, ¿por qué no te plantaste en su casa y se lo dijiste? No importa que estuviera con otra persona. No importaba que hubieras fallado al dejar pasar el tiempo. Todo el mundo se equivoca. Pero lo importante, como me dijiste esta tarde, no es equivocarse, no es caerse, sino saber levantarse y continuar.
- Lo hice Belén. El día de Reyes, no me pude aguantar más y le llamé por teléfono para invitarle a tomar un café. Yo contaba con el no por respuesta, pensando que estaría fuera de Madrid, pero me dijo, que sí. Y quedamos aquella tarde en la puerta de mi casa. Yo estaba como un flan. Cada poro de mi cuerpo era un terremoto de nervios hasta que nos encontramos en la calle. Él, como siempre, me abrazó y en cinco segundo estabilizó todo mi ser. Fuimos andando hasta una coctelería de moda que había calle abajo. Nos sentamos, pedimos dos tés verdes y nos pusimos hablar de nuestras navidades y de lo felices que estaban nuestras hijas con las vacaciones y los regalos. Una hora de sonrisas y anécdotas con un paréntesis increíble.
- ¿Un paréntesis? -preguntó Belén, sin entender qué quería decir su abuela-.
Uxía se levantó del sofá y se dirigió a la cadena de música. Rebuscó de nuevo en la caja de CD’s de la que había extraído parte de las músicas que llevaba poniendo durante toda la tarde en el desván. Tomó en su mano uno de ellos y continuó:
- Sí, Belén. Sin esperarlo ninguno de los dos, en aquella coctelería COMENZÓ A SONAR ESTA CANCIÓN.
Los dos nos miramos sorprendidos y sonreímos. Pero aquella carcajada duró apenas tres segundos, los exactos en los que mantuve los ojos cerrados saboreando los primeros acordes. Cuando estaba a punto de abrirlos, noté como el calor de unos labios carnosos se pegaban a los míos. Me aparté apenas un milímetro para estar segura de que no estaba soñando y sin dudarlo comenzamos a besarnos.
Aquel, Belén, fue un viaje apasionante. En apenas lo que dura una canción recorrí toda mi vida. No fue un beso, fue una verbena de sentimientos. Sus manos se enredaron entre mi melena haciendo un zig zag que acabó con las yemas de sus dedos acariciando mi piel. Sentí como mis músculos se relajaban y como los dos nos precipitábamos al vacío por un corredor oscuro con una luz al fondo. Allí una estrella fugaz nos estaba esperando e iniciamos un vuelo increíble.
Viajamos hasta nuestro piso de niños y lo vi allí tras su ventana, enviándome papelitos de colores que contenían susurros de amor. Luego volvimos a volar e hicimos una parada en un planeta de color naranja. Él se bajo de la estrella y recogió una rosa roja, la más bella del campo y luego de un estanque sacó un patito amarillo de plástico. Vestido de Principito, me dio los dos regalos. Teníamos prisa. Me cogió de la mano y me aupó a la estrella. Yo iba agarrado a su cintura y el se giraba para devolverme miradas llenas de amor. Regalos que que nuestras lenguas jugaban a desempaquetar con virulencia con el único fin de encontrar la sorpresa que había dentro.
Nuestra estrella cabalgaba más deprisa hacia el sol y la sensación de calor en nuestros cuerpos crecía provocando que una excitación difícil de describir recorriera todo mi cuerpo y acabara humedeciendo cada poro de mi piel. Estábamos envueltos en una bola de fuego imaginaria que iba cada vez más, más y más deprisa… hasta que desaparecimos como un haz de luz y me vi tumbada bajo él, los dos solos, como aquella noche en el salón de mi casa de niña con catorce años, cuando nos besamos por primera vez.
Noté como sus manos abandonaban mi cabeza y bajaban por mi espalda hasta colocarse por encima de mis costillas y ahí se pararon anclando sus manos por debajo de mis pechos. Mi corazón comenzó a bombear burbujas que se transformaban en suspiros de pasión que llenaban mi boca de agua y mi cuerpo de sudor. Una sensación que me pedía a gritos estar más cerca de él, más adentro. Jugábamos a separarnos, pero una fuerza superior lo impedía, hasta que nuestros ojos se abrieron. Entonces vi su mirada cristalina. Le acaricié y el me dio un beso que quedo tendido en el aire mientras el silencio habitó entre los centímetros que separaban nuestras caras.
Unos segundos después la música desapareció y yo le pregunté:
- ¿Y ahora qué?
Él se quedó callado, primero y luego, me respondió:
- Y ahora… ahora yo quiero desaparecer Uxía.
- ¿Por qué? -insistí-.
- He estado todas las navidades pensando en ti Uxía. Estaba con María, pero deseaba estar contigo. Este mediodía cuando me llamaste, estaba en Segovia. Ahora tendría que estar con ella. Pero no podía soportar no verte.
- ¿Qué vas a hacer Brais?
- No lo sé Uxía. Pero quiero que sepas que tú eres muy importante para mi y que no voy a cometer el error de que desaparezcas de mi vida. Pero ahora estoy con María y ella sólo me ha pedido una cosa, que no desaparezca sin más. No es lo mismo, pero no quiero hacerle daño.
- Ya.
- Supongo que no es lo que te esperabas Uxía. Lo siento. Pero es lo que debo hacer ahora. Ten paciencia. Dame un poco de tiempo.
Pagamos los dos tés y salimos de la coctelería en dirección a mi casa. Al llegar metí la mano en el bolsillo de la chaqueta para buscar las llaves y recordé que allí estaba su regalo de reyes. Dudé si sacarlo después de sus últimas palabras, pero al final lo hice. Le di un sobre en el que venía un bono para pasar un fin de semana en una casa rural. Él lo abrió y después de sonreír me dijo que me contestaría. Luego nos despedimos con un abrazo, aunque yo quería un beso. Una muestra de que Brais tenía una sensación enfrentada.
Aquella noche apenas pude dormir. Viví refugiada en el recuerdo de aquella pasión de la tarde y le puse fin en soledad, una sensación de incapacidad por llenar todo lo que mi cuerpo me pedía y que Brais no me había dado.
- Luego, Belén, llegaron días complicados. Por las noches le buscaba en el messenger y me inventaba excusas para empezar a hablar. Unos nos pasábamos horas hablando y riéndonos por la webcam y otros él desaparecía y yo me lo imaginaba en Segovia con María. Y cuando regresaba evitábamos hablar de ello. Después vinieron días de silencio, distancia y soledad que me llenaban de tristeza y melancolía. Pero, Belén, no me arrepiento de que así fuera porque en ese momento era lo que yo quería. Y eso, al fin y al cabo, es lo que importa. Que cada día decidas hacer lo que realmente quieres, sin interferencias de nadie, ni nada, aunque seas incomprendida y aunque no sea lo mejor para ti en ese momento. Así es la vida una suerte de momentos de los que no merece la pena arrepentirse nunca. Y eso, Belén, es la coherencia con uno mismo.
- ¿Y no os vistéis nunca más desde la tarde del beso? No me lo puedo creer -dijo Belén-.
- El último jueves de enero del 2011 por la noche, llegué a casa muy tarde porque al día siguiente presentábamos un concurso público en la agencia. Sole se había quedado a dormir con Iria. Eran las dos de la mañana y yo estaba agotada. Encendí el ordenador y me fui a la cocina a calentar una taza de leche. Al regresar vi un mensaje que Brais me había enviado dos horas antes y que decía: “Todo pasa, menos tú. Mañana cenamos juntos”.
- ¿Pero habías quedado con él?
- ¡Qué va! Hacía días que no hablábamos y no me esperaba aquel mensaje. De hecho, me fui a dormir sin saber en realidad si era para mi o se había equivocado de destinatario.
24. Pensamientos en la noche
diciembre 7th, 2010 | Juanjo Amorín
Uxía
Aquella noche Uxía regresó a su casa llorando como una adolescente. Caminó despacito pensando que las prisas nunca son buenas. Cada baldosa que separaba su casa de la de Brais era una cumbre a la que trepar. Su cabeza quería relativizarlo todo, pero su corazón se lo impedía. Hacía poco más de una semana que había vuelto a ver a Brais tras veintidós años de separación. Es cierto que la noche anterior en la webcam los sentimientos afloraron de una manera inesperada y también que aquella noche hasta que se acercó al cubo de la basura todo pintaba ideal, pero Brais era un hombre libre en aquel momento y por lo que se veía también un tipo despistado.
Al llegar a casa, alrededor de las dos de la mañana, Iria y Laura dormían profundamente. Uxía pasó de puntillas camino del salón. Se quitó la ropa y se recostó en el sofá. La soledad de su casa la relajó, pero al ver en la estantería la caja en la que Brais le había enviado los cuentos la melancolía la atrapó y sólo la manta pudo esconder el sollozo de rabia que expulsaban sus ojos.
Se preguntaba, si Brais tiene otra relación ¿por qué no me lo ha dicho? Todo hubiera sido más sencillo, si aquella noche no hubiera ido a su casa. ¿Con quién está? ¿Es algo pasajero o tiene una pareja más o menos estable? Brais siempre había sincero y aquella noche no lo había sido ¿por qué? Cuando quieres a alguien de verdad, la sinceridad no puede faltar.
Mientras Uxía lloraba sin entender…
Brais
Brais cogió su teléfono móvil e intentó llamar a Uxía, pero estaba apagado. Se había quedado con los dos gintonic en la mano sin saber en realidad lo que había ocurrido, hasta que acudió a la cocina. Vio que la tapa del cubo de la basura estaba abierta y allí, además de los restos de la creación de las dos copas descubrió el cuadro que minutos antes Uxía también había visto. La rabia le empujó a golpear con la pierna el trozo de plástico que salió rodando hasta la pared.
La vida de Brais en Madrid estaba siendo bastante agitada en lo sentimental. En Buenos Aires además de mucha historia quedaron los años más tristes de su vida. Tras la muerte de su mujer en accidente de tráfico no había levantado cabeza hasta llegar a Madrid.
En la capital, se había apuntado a una página de contactos para encontrar pareja. Los fines de semana que Anita se iba a dormir a casa de la abuela, él aprovechaba para quedar con una de esas chicas a las que regateaba por las noches en el chat. Desde hacía dos semanas estaba liado con María, una morena que vivía a hora y media de Madrid y que calentaba su cama en fines de semana. Sólo era sexo y conversación y los dos lo sabían porque de eso va.
Aquella semana María apareció por sorpresa el miércoles a mediodía. Brais llamó a su madre y esta accedió a llevarse a Anita aquella noche, pero le costó una discusión porque no era bueno que la niña estuviera danzando por la semana de casa en casa. Aquella noche después de hacer el amor, María le espetó a Brais un “empiezo a sentir algo más por ti” continuado de un “quiero dar un paso más” y Brais, claro, aceptó. Acordaron que darían de baja sus cuentas en la página de contactos y que empezarían a probar si lo suyo funcionaba.
Pero en medio apareció Uxía y eso eran palabras mayores para Brais. Tanto que aquella noche si hubiera sucedido algo, él se lo hubiera dicho, porque una cosa es sentir y otra amar.
Cabreado aún con todo lo que había pasado, regresó al salón. Cogió uno de los dos gintonic y se acercó al ordenador en el que veinticuatro horas antes había estado viendo a Uxía. Abrió el programa de mensajería, pulsó en su nombre, pero estaba desconectada. Aún así, se atrevió a dejarle el siguiente mensaje:
“Sé porque te has ido y te entiendo. Me faltó una hora para contártelo todo Uxía. Mi vida en Madrid ha sido un poco loca hasta ahora. No deseo nada más en este mundo que abandonarla y caer en manos de alguien que me quiera de verdad. Te dejo esta canción que lo explica casi todo . Ojalá que me des la oportunidad de explicarte el resto. Un beso.”
23. Dos gintonic y algo más…
diciembre 7th, 2010 | Juanjo Amorín
Dedicado a todos los que creen que por el amor de tu vida, merece la pena luchar.
Abandonaron la ventana del desván para regresar al sofá. Al fondo escucharon las campanas que anunciaban las doce y media de la noche. Uxía comprobó en su reloj de muñeca la hora y continuó hablando con su nieta.
- Belén, hay fechas en el calendario que no se pueden olvidar. Al día siguiente era 1 de octubre de 2010, viernes. Brais me llamó a mediodía, tal y como me había dicho la noche anterior para decirme el restaurante en el que cenaríamos. Me preguntó si me gustaba el ceviche peruano. Yo le dije que sí, aunque jamás lo había probado, pero la comida en ese momento era lo que menos me importaba. Le dije que le invitaría yo porque una semana antes había sido mi cumpleaños. Él me dijo que eso se negociaría en los postres.
A primera hora de la mañana había llamado a Laura, mi mejor amiga, para contarle que tenía una cita con Brais. Le pedí que se quedara en casa con Iria hasta que regresara de la cena. No quise contarle nada de lo que había sucedido el día anterior, en nuestra noche de webcam porque ni yo misma aún lo había digerido. Laura se había quedado en nuestro encuentro en la consulta. Pero ella no era tonta y muy pronto intuyó que mis nervios e ilusión no eran por una cena más. Así que decidió llevarse el pijama y quedarse con Iria hasta la mañana siguiente.
A las tres salí de trabajar y me fui para casa. Estuve toda la tarde con Iria en el parque. Las horas se hacían infinitas. No quería pensar. Me repetía a mi misma que aquella tenía que ser una noche especial. Hacía justo dos años que no estaba con un hombre, desde que Mateo y yo lo habíamos dejado. Sabía que necesitaba cariño y que Brais era la persona ideal para dármelo, pero quería mantener la calma.
A las nueve de la noche en punto llamaron al portero de mi casa. Era él. Bajé las escaleras muerta de miedo. Me había vestido y desvestido media docena de veces, hasta que Laura me dijo que el conjunto ideal pasaba por el negro. Así que me decanté por unos leggins, unas botas altas y una camisa blanca escotada y para frenar los primeros fríos del otoño, una cazadora también negra. Abrí la puerta y allí estaba él, vestido con unos vaqueros, un polo azul y sus zapatillas habituales. Nos acercamos y nos fundimos en un fuerte abrazo que duró una eternidad, al que siguieron dos besos. Sabes Belén, el olor de aquel Brais aún me acompaña hoy, nunca me ha abandonado.
Estuvimos cenando durante tres horas. Nos contamos nuestras vidas atropellándonos entre sonrisas y lágrimas. Los dos habíamos vivido experiencias únicas y muy fuertes. Los dos habíamos tenido una hija con la que creíamos que iba a ser nuestra pareja para siempre y los dos estábamos, ahora, en la misma parrilla de salida, con 35 y 36 años y toda una vida por delante. Me dijo que se había adaptado muy bien a Madrid y que Anita pasaba muchas noches en casa de su madre. Al salir del restaurante decidimos buscar un sitio para tomar una copa. Me propuso uno en el que servían los mejores gintonics de Madrid y que estaba a dos calles de su casa. Acepté. Pero cuando llegamos estaba cerrado. En ese momento me dijo:
- Sabes, yo preparaba los mejores gintonics de Buenos Aires. Te invito a uno en mi casa y así puedes ver mi corrala.
Durante la cena habíamos bromeado varias veces sobre su piso. Me dijo que había sido una de las ilusiones de su vida, vivir, en una vieja corrala de Madrid. Y que a su regreso de Buenos Aires, había conseguido una espectucular.
- Venga va, pero como estamos en Madrid, esta vez, el gintonic lo preparo yo.- Acepto -dijo-
Vivía en una segunda planta. La corrala estaba perfectamente restaurada, con las barandillas de madera de castaño que recorrían los pasillos que daban a cada piso. Era preciosa. Abrió la puerta de casa y nos encontramos con un salón inmenso, de unos cincuenta metros cuadrados, unido a una cocina americana. Dejamos los abrigos en el sofá. Era blanco y grande. Encima de la mesa estaba un libro “Perdona si te llamo amor”. Yo le bromeé diciéndole que era un regalo con mensaje y él se escapó diciéndome que se lo había comprado el día anterior. Luego nos fuimos directos a la cocina. Le pedí todos los ingredientes para hacer los gintonics y él me los fue acercando desde el mueble bar del salón. En un momento me quedé sola porque se fue al baño. Abrí la nevera buscando limones y encontré una lima. En verdad, sabía hacer buenos gins porque con lima saben de otra manera. Cuando estaba pelando la lima apareció por detrás y me agarró por la cintura. Me asusté.
- Veo que controlas mucho de limas ¿eh?
- ¿Qué te creías? – le dije mientras sonreía entre temblores-. Mira, siéntate en el sofá y ahora llevo yo las copas.
No quería que se fuera, pero aquel abrazo en mis caderas me había sorprendido a la vez que me había puesto a mil, pero quería mantener la calma. Deseaba pasar toda la noche con él. Deseaba besarle y desnudarle. Llevaba horas deseando lo mismo, pero quería ir paso a paso porque aquella noche era especial.
Ya tenía todo preparado, pero quería recoger primero, así que le pregunté dónde tenía la basura y me grito desde el fondo del salón que en el mueble de la izquierda. Recogí las mondas de las limas, las dos botellas de tónica y la bolsa de plástico con el resto de hielos y me fui hasta el cubo de la basura.
Al abrir el cubo me quedé paralizada. Mis ojos estaban viendo una ejemplar de la revista “Hola” y dos condones usados encima. No sabía como reaccionar. Quería llorar, pero me obligué a no hacerlo. Estaba temblando así que me fui al salón y le pedí que fuera él el que llevara las copas mientras yo iba al baño.
Estuve encerrada allí, unos minutos. Luego salí y al verle le dije. No me encuentro bien Brais. Mejor lo dejamos para otro día. Me di media vuelta y sin darle opción a contestar salí corriendo directa a mi casa.
22. Atado a tu amor
diciembre 7th, 2010 | Juanjo Amorín
Belén apoyó las tres hojas manuscritas del cuento de Brais encima del sofá, al lado de la carta que le había enviado a Uxía desde Buenos Aires. Se levantó y se acercó a la pequeña ventana del desván. El sol de la noche, que estaba en plenitud, alumbraba su cara y hacía que sus ojos marrones, herencia familiar, brillaran aún más.
Quizás Belén era demasiado joven para absorber todo lo que en aquellas horas estaba pasando. Faltaban unos minutos para media noche y llevaba diez horas en el desván recibiendo bocanadas de recuerdos y sentimientos de toda una vida. Uxía lo sabía y por eso se levantó y con paso firme acudió junto a su nieta. La tenía de espaldas. Acarició su melena rubia y luego apartó del lado derecho de su cara un par de mechones para apoyar sus labios. Un beso al que la nieta respondió con un suspiro. Luego se giró y Uxía vio como dos lágrimas caían, arrastrándose como gotas de agua por la tersa piel de la adolescente. La mano arrugada de la abuela las secó para empezar, de nuevo, la conversación.
- Belén, sé lo que supone todo esto para ti. Sé que eres demasiado joven y que muchos de los sentimientos que te estoy contando, tú aún no los has vivido. Tengo ochenta y dos años y te estoy dando mis mejores recuerdos porque quiero que te quedes con ellos para que cuando esta vieja desaparezca…
Belén acercó el dedo índice hasta los labios de Uxía para sellarlos de palabras.
- Abuela -suspiró de nuevo- entiendo todo lo que me estás contando, aunque no lo haya vivido. Este es el mejor regalo que me han hecho en mi vida. Lloro porque no soy capaz de entender cómo se puede llegar a vivir tantos años de los recuerdos y cómo la vida es una suerte que puede unir y separar a su antojo. Ahora entiendo quién es la tía Ana, la que vive en Argentina. Ahora entiendo quién es Mateo, el padre de mi madre que desapareció para siempre. Ahora entiendo porque el abuelo Brais era así de sensible con todos nosotros. Ahora entiendo tantas y tantas cosas… y tantas otras que aún no sé…
- Belén, el día que llegó la caja a mi casa con estos cuentos de Brais, todo empezó a cambiar. El señor Destino, en verdad llegó también a mi vida. Pero eso no quiere decir que fuera sencillo. Todo lo contrario. El destino hay que ganárselo.
Aquel día salí muy tarde de la oficina. Cuando llegué a casa, Sole ya había bañado a Iria. La acosté y me fui al sofá, a este mismo en el que estamos ahora. Abrí la caja y leí los dos cuentos. Cuando terminé, me puse a llorar, como lo has hecho tú Belén. Luego, llamé a Brais. No habíamos hablado desde que nos habíamos visto en la consulta una semana antes. Nuestro contacto sólo habían sido un par de mensajes sms. Sabía que esperaba mi llamada y eso se notaba en su voz. Estaba nervioso y apenas hablaba. Aunque en realidad era yo la que no le dejaba hablar porque le dije mil y una veces que ese había sido el mejor regalo que me habían hecho en mi vida. A media noche y después de llevar casi una hora al teléfono, me preguntó si tenía Internet en casa y le dije que sí, pero que era un poco torpe. Nos conectamos a un programa de mensajería y consiguió que nos viéramos por la webcam. Aquella conversación se quedó para siempre en mi recuerdo.
Del ordenador de Uxía salió un sonido como el de un teléfono con un icono de vídeo. Ella pulsó en la palabra “aceptar” y al otro lado de la pantalla apareció Brais. Así fue la conversación:
- Hola Uxía ¿me ves?
- Sí! que gracia y ¿tú, a mi?
- Sí, claro, de eso va esto.
- Ya, pero es que es mi primera vez (risas).
- Bueno, eso suena un poco raro, Uxía (risas).
- Sí, es cierto, ya hace mucho tiempo que fue mi primera vez.
- Bueno, la mía también Uxía.
- Brais, ya sé que te lo he dicho muchas veces en la última hora, pero quiero darte un “súper” GRACIAS por todo. Por los cuentos que me has enviado. Por recordarme y estar ahí tan cerca aunque me tuvieras tan lejos. Por haber aparecido en mi vida, antes y ahora y por no haberte ido. Por quererme como me quisiste…
- Uxía, el otro día cuando te vi en la consulta, sentí que te seguía queriendo.
Unos segundos de silencio congelaron las imágenes de Uxía y de Brais a través de las pequeñas ventanas de vídeo de sus webcam. Los dos se miraron fijamente. Uxía se mordió el labio inferior, mientras su mano derecha se acercaba a su cara para que reposara sobre ella. Brais se tocaba el pelo y sonreía.
- Sí, Uxía. Han pasado muchos años y apenas hemos hablado de nuestras vidas desde entonces, pero el otro día recuperé muchos sentimientos que me llevé en aquel avión hace veintidós años. Tu sonrisa sigue siendo la misma y sabes que… te sigues mordiendo el labio inferior como lo hacías entonces. Lo hiciste cuando nos despedimos en la puerta de la consulta y lo has hecho hace un minuto.
- Para mi también ha sido muy especial recuperarte después de tanto tiempo, Brais.
- Mira Uxía, te voy a regalar un pedacito de mi que viene del otro lado del océano. Una canción que resume muchas de las cosas que me están pasando ahora por la cabeza. Ahí va.
Uxía, hizo clic en el enlace que le había enviado Brais y que contenía una canción bajo la frase “Atado a tu amor”. Luego la música empezó a sonar.
En ese momento las palabras de los dos se quedaron mudas, pero no sus pensamientos que iniciaron un viaje de ida y vuelta través de las dos ventanas abiertas en sus ordenadores. Esto fue lo que sucedió en cada una de ellas.
Ventana del ordenador de Uxía
Uxía veía como con los primeros acordes, los ojos de Brais se volvían poco a poco más cristalinos y sus labios temblaban. Él esbozaba una sonrisa y eso a ella la relajaba y por eso se la devolvía. Brais vestía una camiseta de color gris y al fondo de su pantalla aparecía un reloj negro que marcaba las diez y diez, una hora atrasada que no se correspondía con aquel momento, una metáfora del pasado o del futuro que tendría que llegar. Uxía deseaba sentirlo, quería que esa ventana de vídeo no existiera, saltar y poder calmar aquel temblor con la caricia de sus labios.
Ventana del ordenador de Brais
Brais observaba a Uxía, que vestía una camiseta negra escotada, con tres botones, dos de ellos sin ojal, perdidos en el abismo de la pantalla. Sus ojos de color avellana y su sonrisa dibujaban una cara deseada y por eso sin darse cuenta de que en medio había una pantalla acercó su mano para acariciarla. Y al fondo un cuadro de color naranja en el que se pintaban tres números, 7 2 1. Brais que había nacido un día 27 pensaba que allí faltaba un 2 que uniría las fechas de sus cumpleaños.
Estaban como reptiles al acecho de la presa, negociando con sus miradas los sentimientos que se pasaban por la webcam en forma de frases de la canción que les acompañaba. Tenían miedo porque sabían que tras aquel momento “webcam” vendría un viaje hacia a la realidad en el que deberían encontrar el estado sólido y dejar el gaseoso de lo que estaba sucediendo por Internet.
Y mientras esto sucedía, la canción dibujaba nubes con frases como esta.
Acabo de pasar la línea de tu encanto. Donde sólo mirarte es un paisaje nuevo. Y tejes las cadenas que amarran mis hechos, que endulzan mi alma, que tiene mi mente y que se meten en mi cuerpo ¿Y para que dejar que pase y pase el tiempo? Si tú y yo preferimos comernos a besos. Has dejado en jaque todos mis sentidos. Pones a prueba el motor que genera los latidos de cada ilusión. Mira lo que has hecho que he caído preso…
(Se recomienda escuchar la canción hasta el final)
Y cuando la canción finalizó:
- Uxía ¿Te ha gustado?
- Mucho, Brais. Gracias.
- Mañana es viernes y Ana se va a casa de mi madre ¿Quieres que cenemos juntos?
- Sí, me apetece mucho.
- Por la mañana te digo en dónde quedamos. Ya es tarde, vamos a dormir un poco.
- Sí, vamos, a soñar. Un beso Brais.
- Otro beso Uxía.
21. Más que un cuento
noviembre 29th, 2010 | Juanjo Amorín
Cuando Belén terminó de leer Siempre, el cuento que Brais había escrito en su adolescencia en Buenos Aires y que le había regalado a Uxía, sus manos empezaron a temblar. Aquella historia de Juan y María le resultaba familiar y cercana aunque con otros personajes.
Unas horas antes de morir Brais, Uxía se había encerrado en la habitación con su marido y le había pedido a toda la familia que no les molestaran. Belén se preguntaba si sus abuelos habían vivido en aquellas horas de despedida lo mismo que los protagonistas de la historia que Brais había escrito hacia sesenta años antes. Pero la duda se mantuvo en la nieta porque al mirar a su abuela Uxía vio como esta se secaba las lágrima y salió a su rescate. Se acercó hasta la cadena de música y mientras la abrazaba, le dijo:
- Abuela, gracias por compartir conmigo este cuento, esta historia de amor incondicional.
- Tu abuelo Brais era así Belén.
- Lo sé, abuela. Lo sé.
- Vamos a seguir -dijo Uxía- Ve y lee el segundo cuento mientras yo pongo esta canción. Estoy segura de que te encantará. Verás qué historia más impresionante.
Belén se acercó al sofá y tomó los folios del segundo cuento que Brais había escrito ya con 33 años desde Buenos Aires. Un cuento inspirado en aquella niña llamada Uxía a la que no había visto desde hacía veintindós años, cuando con 14 se tuvo que ir a la Argentina obligado por el traslado de su padre. Un cuento de ficción, breve e intenso, titulado Tal vez, que comenzaba con una carta dirigida a Uxía:
Buenos Aires, 27 de abril del año 2007.
Hola Uxía.
Hace más de veinticinco años que no nos vemos y no sé si esta carta llegará algún día a ti o no. En realidad, no sé ni a que dirección te la voy a enviar, pero no he podido resistir la tentación de escribirla. Ahora entenderás el porqué.
En estos años me han pasado muchas cosas aquí en Buenos Aires. Después de acabar el bachillerato me matriculé en Medicina. Allí conocí a Rosario, una chica con la que tuve a una niña preciosa que se llama Ana que ahora tiene 5 años y a la que acabo de acostar hace tres horas. Su madre murió en un accidente de tráfico hace dos años y ahora vivimos solos.
Hoy es el día de mi cumpleaños, ¿recuerdas? Lo hemos pasado todos en familia. Hemos hecho una fiesta especial y hemos acabado todos muertos de cansancio. Hace unas horas, al acostar a Anita, me pidió que le contara un cuento y sin saber la razón del porqué se me ocurrió este que acabo de transcribir y que te incluyo en la carta junto con la canción que hoy tocó. Todas las noches le pongo música para que duerma mejor.
Cuando lo leas entenderás porque me he acordado de ti. En el sobre van mis señas. Si algún día la lees y al terminar te apetece hablar conmigo, llámame. Un beso. Brais.
Música que Brais le puso a su hija Ana mientras le contaba el cuento
Anita, cariño, este es un cuento que se titula: Tal vez…
Esta es la historia de un Principito de nombre Brais que un día tuvo abandonar su pequeño reino en forma de cubo, llamado K5, porque sus padres los Reyes habían decidido conquistar otros planetas muy lejanos buscando nuevas riquezas.
El principito, que apenas había cumplido los 15 años, se había enamorado de una niña de 14 que llevaba por nombre Uxía, tenía la melena rubia, los ojos color miel y una sonrisa tan grande que era capaz de iluminar toda una galaxia. La había conocido en el colegio por casualidad. Se escribían deseos y sueños en papeles de colores que compartían a escondidas para que nadie se enterara de lo que sentían el uno por el otro. Así se fueron conociendo hasta que se enamoraron por primera vez en sus vidas y pasaron a ser tres, él, ella y los dos a la vez.
El día que abandonó K5 fue uno de los más tristes de la vida del pequeño Brais. Pero su pasión y esperanza en el futuro le llevó a escribir una carta de amor para su pequeña princesa. Lo hizo subido a la estrella fugaz que lo llevaba a él y a sus familiares hasta el nuevo planeta. Cuando la terminó llamó al cartero oficial del cosmos, un tipo llamado Destino, un viejo gruñón que unas veces se portaba bien y otras mal, pero que se había hecho amigo de Brais porque le gustaba la pasión con la que vivía cada cosa que hacía.
Al llegar el viejo Destino y ver a Brais tan afectado por alejarse de su primer amor, este le preguntó:
- ¿Qué te pasa pequeño Brais? ¿Por qué estás tan afligido?
- Una parte de mi corazón se ha secado Destino -dijo Brais con lágrimas en los ojos-.
- No hay ningún desierto que permanezca árido para siempre pequeño Brais.
- Te cambio tus palabras por ríos que me lo humedezcan de nuevo -dijo cabizbajo el pequeño-.
- ¿Y qué puedo hacer por ti?
- Lleva esta carta y este patito amarillo hasta la puerta de la casa de Uxía, pero que ella no se entere.
- ¿La pequeña Uxía, la de los ojos de color miel y la sonrisa brillante? -preguntó Destino-.
- Sí, Destino, esa misma. Llévale este encargo y si puedes haz todo lo necesario para que no se olvide de mi nunca.
El viejo Destino ya conocía la historia de amor de los pequeños, pero no se imaginaba que lo que sentía Brais por Uxía era tan fuerte. El corazón del viejo gruñón se puso blando como una torrija de pan y sus ojos brillantes como dos cristales. Respiró hondo y quiso tomárselo como una misión especial. Tomó entre sus manos el encargo y antes de desaparecer le dijo al Principito:
- Veré lo que puedo hacer. Pero antes de partir, y cambio de este favor tan complicado quiero que me prometas algo Brais.
- Dime Destino. ¿Qué es lo que me pides?
- Los sueños sólo se hacen realidad cuando uno los desea, pero no cuando los fuerza. Ten paciencia, prudencia y templanza. Los sueños no se hacen realidad si el que sueña no es feliz. Pon una sonrisa en tu cara y otra en tu corazón. El día que menos te lo esperes una tercera sonrisa se unirá a estas dos.
Brais se quedó mirando al viejo Destino, mientras pensaba lo que había le dicho y cuando le quiso contestar ya había desaparecido.
Regresó desde la estrella fugaz que llevaba a Brais a su nueva planeta hasta K5, en donde habitaba la princesita Uxía. Con sigilo entró su casa y colocó el patito en la mesa en la que desayunaba todas las mañanas y dejó la carta que el joven Brais le había escrito a su lado. Luego salió para no ser descubierto.
Pasaron los años y Brais y Uxía se hicieron mayores, pero no se habían olvidado porque el viejo Destino que era muy pícaro siempre se las ingeniaba para que en los sueños del uno apareciera de vez en cuando el otro. Un de invierno, el teléfono del viejo Gruñón sonó mientras se estaba echando la siesta. ¿Quién podría llamar a esas horas? pensó. Cuando contestó, reconoció la voz de Uxía.
- ¿Ha pasado algo Uxía? ¿Por qué me llamas a la hora de la siesta?
- Necesito verte viejo Destino -le dijo la princesita que se había convertido ya en una mujer, pero que seguía conservando la misma melena rubia, sus ojos color miel y la sonrisa más bonita del planeta K5-.
- He tenido un sueño y quiero que me ayudes a resolverlo.
El viejo Destino se levantó con premura de la cama y unos momentos después apareció en la casa de Uxía. Al llegar entró sin ser visto, como hacía siempre, y observó como Uxía estaba sentada en su sofá y en la mano tenía el pequeño patito de plástico de color amarillo. Como ella no se había enterado de la presencia de Destino, este salió de nuevo de la casa. Cogió su teléfono y se puso a hablar durante un par de minutos. Luego regresó y llamó al timbre. Uxía le abrió la puerta y le dijo:
- Pasa Destino, ya creía que no vendrías.
- Es que he tenido que hacer un recado antes Uxía -se disculpó el viejo y continuó- ¿qué puedo hacer por ti?
- ¿Te acuerdas de Brais?
El viejo destino se hizo el remolón y el olvidadizo y dijo
- ¿Brais? No creo conocer a ningún Brais.
- ¿Cómo no lo vas a conocer? Haz memoria. Un niño con el que te llevabas muy bien hace muchos años, el hijo de los reyes de K5.
- Sí, ahora lo recuerdo -dijo haciéndose el despistado- No sé en dónde está. Creo que en un planeta muy lejos de aquí.
- Necesito que lo encuentres -dijo Uxía- por tierra, mar o aire. Pero quiero verle.
- ¿Para qué Uxía?
- Porque esta tarde mientras dormía la siesta, tuve un sueño y él era el protagonista y quiero contárselo.- ¿Tan importante es el sueño como para hacer este encargo?
- Sí lo es, Destino. Para mi sí.
- No creo que sea yo el que te pueda ayudar Uxía. Perdí el contacto con él hace mucho tiempo y no seré capaz de encontrarlo.
- Inténtalo Destino.
- Uxía, lo intentaré, pero a cambio quiero que me hagas un favor.
- Dime.
Y entonces Destino le dijo a Uxía lo mismo que le había dicho a Brais muchos años antes.
- Los sueños sólo se hacen realidad cuando uno los desea, pero no cuando los fuerza. Esta noche cuando te vayas a dormir sueña con Brais y vuela hasta él. Eso, tal vez, me ayudará a encontrarlo.
Aquella noche Uxía soñó que Brais regresaba al planeta K5, que se casarían, tendrían hijos y que vivirían felices toda la vida. El sueño finalizó cuando a las ocho de la mañana sonó su despertador. Como cualquier otro día, se levantó y con los ojos aún medio abiertos se fue a desayunar. Al entrar en la cocina vio que la mesa estaba llena de cosas: una jarra de zumo de naranja, varias tostadas con mermelada y el café con leche preparado. Se acercó porque no se imaginaba quien había podido hacer aquello ya que ella vivía sola. Tocó el zumo para ver que no estaba soñando y en ese momento sonó una voz por detrás que le dijo:
- Buenos días Uxía. Por ti volé hasta aquí. He vuelto a casa. El sueño se ha hecho realidad.
Era el joven Brais que había regresado tras la llamada que su viejo amigo Destino le había hecho después de ver que Uxía la tarde anterior tenía el patito de plástico amarillo en la mano. Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.
Anita, la hija de Brais, se durmió y este se fue pensando en escribir el cuento que le había contado a su hija.
20. Siempre, un cuento de Brais para Uxía
noviembre 21st, 2010 | Juanjo Amorín
Nota del autor: Este cuento es una vivencia personal de Brais. Marcó su vida y su forma de ser y de entender lo que es un amor incondicional. Está muy relacionado con el relato 12
Un cuento breve de Brais Gómez.
Érase una vez una pareja de octogenarios que vivían en una ciudad pequeñita de Galicia. A María una trombosis la había postrado en una cama y apenas se podía levantar. Juan vivía pegado a una botella de oxígeno porque el tabaco era su segunda pasión, tras su mujer a la que había conocido con veinte años y de la que no se había separado ni un solo día en su vida. Tenían un único hijo, Pablo, de cincuenta años, alcohólico y mujeriego. Razones por las que María y Juan habían perdido parte de lo ganado en toda su vida.
Pablo tenía dos hijos de su primer matrimonio y uno del segundo en el que estaba inmerso. Su mujer actual no quería saber nada de sus suegros. Tras la segunda boda, los padres de Pablo le compraron un piso y un coche con los últimos ahorros que marcaba la cartilla. Querían animarlo para que rehiciera su vida y pudiera crear una familia de nuevo. Él se lo pagaba con una visita al año la tarde de nochebuena. Un desgraciado. Pero a María y a Juan aquella visita aunque no les llegaba, les llenaba porque al fin y al cabo era su único hijo.
El primogénito de Pablo se llamaba David. Vivía a dos calles de ellos con su otro hermano y su madre, una peluquera que había tenido que cerrar su negocio de barrio por el embargo derivado tras el divorcio con Pablo. Así que se puso a cortar y peinar cabezas en uno de los cuartos de casa. La pasión de David eran sus abuelos. Cuando cumplió 15 años y María sufrió una trombosis, decidió pasar unos días en casa de estos para estar con ellos por las noches y que no se sintieran solos. Delia, su madre, le dejó a regañadientes porque creía que ese no era el lugar para un niño de su edad, pero tampoco le quería decir que era su padre el que debía ocuparlo.
Los días se convirtieron en semanas y las semanas en meses y David seguía en casa de sus abuelos. Por las mañanas se iba al colegio y al regresar a las cuatro de la tarde hacía los deberes en el brasero mientras María y Juan jugaban a las cartas. A las ocho de la tarde, una asistente hacía la cena para los tres y luego se iba. A las diez de la noche, David agarraba los noventa kilos de su abuela y acompañado de un tacatá para ancianos acostaba a María en una de las camas gemelas de la habitación del matrimonio. Luego le encendía la radio porque era la pasión de su abuela y la compañía de los dos ancianos durante las largas horas de la noche. Después regresaba al salón para ver la tele con Juan y regañarle porque se echaba el último pitillo del día. Y así, todos los días.
Por las noches a las 4 de la mañana el despertador de David sonaba porque era la hora en la que tenía que cambiar la botella de oxígeno de su abuelo. David se lo tomaba con humor porque decía que él dormía dos veces al día. Entre las doce y las cuatro y desde esa hora hasta la del desayuno a las ocho.
La habitación de David estaba justo enfrente de la de sus abuelos, separada por el corte del pasillo de la casa. Desde que se había ido a vivir con sus abuelos su sentido del oído se había desarrollado muchísimo y podía saber por cada movimiento de los ancianos en su cama, la posición en la que estaban y si todo iba bien o mal. También había aprendido a dormir con la cantinela de la radio encendida que acompañaba a sus abuelos cada noche.
Un día de invierno David tuvo que abandonar su clase de inglés, su gran pasión, porque el director del instituto recibió una llamada del hospital provincial avisando de que a María le había dado un derrame cerebral. Cuando llegó, los médicos le dijeron que no había nada que hacer y que en horas se iría para siempre. Le pidieron que localizara a su padre. David telefoneó a la casa de Pablo y su mujer le dijo que estaba en cama con gripe y que ya le llamaría. Así que se encontró solo y asustado. Sabía que su abuelo Juan estaba en casa y que probablemente estaría más asustado que él por lo que decidió salir corriendo en su encuentro.
Juan había visto como a su mujer se la llevaba la Cruz Roja en una ambulancia, pero él no la podía acompañar porque sin ayuda no podía bajar desde el tercero en el que vivía. David hizo todo el camino corriendo y a la vez pensando en cómo le iba a decir a Juan que María se moría. Al llegar, vio a su abuelo en la mesa camilla del brasero con la mirada perdida y los ojos llenos de lágrimas. Se sentó a su lado y le dijo que había hablado con los médicos y que María estaba mucho mejor y que en unos días estaría de nuevo en casa. Juan creía que era un milagro y David no sabía como convertir su mentira en eso. Aquella noche David jugó a las cartas con Juan y luego se fue a dormir a la cama de María para estar más cerca de su abuelo. Como os podéis imaginar, aquella noche David la pasó pidiendo un milagro, sabe Dios a quien.
El destino quiso que una semana más tarde María regresara a casa. Había perdido casi toda la movilidad, y el derrame le había regalado sólo instantes de lucidez. Los médicos querían que acabara de morir en paz, al lado de su marido. David la acompañó en la ambulancia y ayudó a los enfermeros a subir los tres pisos sin ascensor. Al llegar a la puerta de casa Juan les estaba esperando. En cuanto vio a su mujer se abalanzó sobre ella y le dijo: “mi amor”.
Aquella noche no hubo partida de cartas, ni tampoco televisión. Juan se fue a la cama a las diez y David que estaba agotado por una semana intensa entre hospital e instituto marchó hasta su cuarto a descansar y los ojos se le cerraron pocos minutos después. A la una de la mañana un pequeño golpe que venía del fondo del pasillo le despertó. Miró el reloj y se extrañó. A los pocos segundos vio pasar una sombra y pregunto:
– Abuelo, ¿eres tú?
Su abuelo asomó la cara por la puerta y le dijo:
- Sí, fui a por un vaso de agua. Me vuelvo a la cama. Duerme.
David quería recuperar el sueño pero no podía. Sabía que a María le quedaban horas de vida y él no se lo había dicho a su abuelo para que no sufriera. Y no sabía si había hecho bien o no. Le atormentaba que no se pudiera despedir de ella por culpa de aquella mentira inocente que él se había inventado.
Escuchó como Juan empujaba la puerta de la habitación y entraba porque el sonido de la radio se amplificó. Pero algo sorprendente le llamó la atención. Juan había cerrado la puerta y eso nunca lo hacía. David dejó de escuchar la radio y se reincorporó en la cama para prestar más atención y reconocer lo que estaba pasando. Silencio. No escuchó nada. Se levantó con sigilo y descalzo se dirigió hasta la puerta de la habitación de sus abuelos y descubrió lo que se temía, la puerta estaba cerrada. No sabía qué hacer, pero como aquello no era normal decidió abrirla con mucho cuidado. Puso una mano en el pomo y la otra en el marco de la puerta para conseguir sólo una apertura por la que ver qué era lo que estaba sucediendo sin ser visto.
David miró a la derecha y vio que Juan no estaba en su cama y se asustó, pero el miedo se convirtió en sorpresa cuando descubrió que su abuelo estaba en la cama gemela de la izquierda, la que ocupaba María. Su cara acariciaba a la de su mujer y sus brazos la rodeaban. De fondo, en la radio que siempre estaba encendida, sonaba esta canción que Brais traducía del inglés mientras miraba y esbozaba una sonrisa de felicidad porque el milagro había sucedido . A la mañana siguiente, María murió.
Lo siento en mis dedos
Lo siento en los dedos de mis pies
El amor me rodea
Y el sentimiento crece
Está escrito en el viento
Está en todas partes yo siento, oh si, lo es
Así es que si en realidad me amas
Vamos, demuéstramelo
Sabes que te amo y siempre lo haré
Estoy decidido Por
La manera en la que me siento
No hay inicio,
No habrá final
Por que puedes confiar en mi amor
Veo tu rostro frente a mi
Mientras reposo en mi cama
Y me pongo a pensar
En todas las cosas que me dijiste, oh sí es así
Me hiciste una promesa y
Te hice una también
Necesito a alguien a mi lado
En todo lo que hago, oh sí, así es
Sabes que te amo y siempre lo haré
Estoy decidido por
La manera en la que me siento
No hay inicio,
No habrá final
Por que puedes confiar en mi amor
Tenemos que continuar moviéndonos
Está escrito en el viento
Está en todas partes yo siento, oh si, lo es
Así es que si en realidad me amas, me amas
Vamos, demuéstramelo
19. En la consulta
noviembre 21st, 2010 | Juanjo Amorín
- Se levantó sin perderme con la mirada y al instante me vi abrazada a él. Luego sentí como su boca se acercaba a mi oído. Temblé, hasta que me susurró: ¿Dónde has estado todos estos años? Felicidades Uxía.
- ¡Se acordaba de que era tu cumpleaños! -exclamó Belén sorprendida-.
- Sí y yo me quedé de piedra porque aquello no me lo esperaba. Y provocó que el abrazo se alargara unos segundos más.
Luego nos separamos y nos dimos dos besos. Hacía veintidós años que no nos veíamos, que no habíamos hablado, ni nos habíamos escrito. Aquel momento lo recuerdo como si fuera hoy. Estaba nerviosa y él lo notó, así que me pidió que me sentara y comenzamos a hablar. Fue un momento breve, pero de los más intensos que he vivido en mi vida. Me contó que llevaba un año en Madrid y que vivía muy cerca del hospital. Regresó porque su padre había fallecido en un accidente de tráfico en Buenos Aires y su madre quería vivir cerca del resto de la familia en España. Yo nunca me lo había imaginado como médico, pero él me dijo que ayudar a los demás era una de sus pasiones y que en ese oficio lo había conseguido. Poco más pudimos hablar de él, porque la enfermera en cuanto pudo le dijo que había más gente esperando y nos forzó a hablar del historial de Iria. Ahí descubrió que era la hija que había tenido con Mateo. Le conté que me había separado de él hacía ya dos años.
Me propuso comer ese mediodía, pero le dije que no podía porque tenía que regresar al trabajo. Nos dimos los números de teléfono y quedamos en llamarnos aquella misma tarde. Me acompañó hasta la puerta de la consulta. Vestía muy moderno, como cuando era niño. Me sorprendió porque te esperas a un médico de traje, pero no. Iba con unos vaqueros, una camiseta negra y unas zapatillas deportivas oscuras. Un retrato corrido en el tiempo del Brais de mi infancia. Nos dimos otro abrazo y dos besos y su mano apretó la mía hasta que empecé a andar y me soltó, pero parecía que no quisiera.
Cuando salí, me crucé con la señora que estaba sentada a mi lado en la sala de espera, la que hablaba por los codos y que me había dicho que el doctor era más bueno que los ángeles de Machín. Me miró y me espetó: -¿es majo el doctor verdad?- y yo le respondí -si yo le contara… No entendió nada, claro.
Belén soltó una carcajada breve porque quería que su abuela siguiera con la historia.
- Al llegar a la oficina, llamé a Laura, mi mejor amiga de Madrid, la que me había presentado a Mateo en aquella fiesta. Laura era mi confidente, mi hermana, mi refugio para lo bueno y para lo malo. Le conté todo lo que me había pasado aquella mañana en el hospital de Madrid. No se lo podía creer. Durante años, le había hablado una y mil veces de aquel niño que se llamaba Brais, el que había sido mi primer amor en el colegio y con el que pasé tantas horas de felicidad. Laura hablaba por los codos, pero en aquella llamada me escuchó sin interrumpirme hasta al final que me dijo algo que me marcó: Uxía, es la primera vez en mucho tiempo que te noto feliz.
Por la tarde regresé a casa y cuando estaba bañando a Iria sonó el teléfono. Era Brais. Le dije que estaba en medio del baño y que le llamaría más tarde. Esperaba aquella llamada, pero la recibí como una sorpresa, como un regalo inesperado. Cuando acosté a Iria, le llamé, pero no me contestó. Al día siguiente era viernes y le envié un sms invitándole a cenar a casa. Me lo pensé una y mil veces, porque me parecía atrevido, pero al fin y al cabo era un amigo al que hacía muchos años que no veía y apenas habíamos tenido tiempo para contarnos nuestras vidas. Me respondió diciendo que no podía porque se iba de viaje de fin de semana con Ana.
- ¿Quién era Ana? – preguntó Belén- ¿Su mujer?.
- En aquel momento fue lo que supuse, pero no lo sabía porque él no me había hablado de ella, aunque supuse que sí.
- ¿Y cuándo os visteis?
- A la semana siguiente recibí una llamada de Sole, la chica que cuidaba de Iria hasta que yo regresaba a casa. Me dijo que acababa de llegar un paquete del tamaño de una caja de zapatos a mi nombre. Le pedí que me leyera el remitente y me dijo que era de Brais Gómez. Me sorprendió porque no me podía imaginar lo que podía contener. Quería abrirlo yo, pero deseaba que Sole lo rasgara en ese instante y me dijera que era lo que había dentro. No quería llamarle por teléfono así que le puse un sms preguntándole que había en aquel paquete. Me respondió al instante diciendo: la cena a la que no pude ir. Y se despedía diciendo que le llamara una vez que lo hubiera visto todo.
- Pero ¿qué había en aquel paquete abuela? ¿Comida?
Las dos mujeres sonrieron porque sabían que eso era un absurdo. Uxía miró al reloj de la cocina que marcaba las 22.30 horas y luego la cara de Belén que pedía más. La edad delataba el castigo de las horas en una y en otra. Llevaban hablando desde mediodía, cuando Belén se había adentrado en el desván y la abuela acudió a su encuentro tras escuchar el golpe de su caída. Las dos estaban cansadas, pero Uxía sabía que era aquella noche o ninguna así que le propuso a Belén subir al desván y continuar.
Abandonaron la cocina y subieron las tres plantas de la casa hasta llegar al pasillo de la tercera. Al fondo a la derecha estaba la puerta que Belén había abierto a mediodía y que daba al desván. Entraron y recorrieron el pasillo estrecho midiendo muy bien las pisadas para esquivar el tumulto de cajas llenas de recuerdos que hacían el camino que daba hasta el sofá. Belén se sentó y Uxía se fue hasta el vestidor mientras la nieta la seguía con la mirada. A los pocos segundos regresó con un puñado de papeles y sobres anudados por una cuerda en una mano, y dos casettes en la otra. Se sentó el sofá y le dijo a Belén:
- Esto es lo que había en el paquete. Dos cuentos que Brais escribió para mi.
- ¿Dos cuentos? -dijo Belén- pero ¿y estas fotos? ¿y esos casettes?
- Tu abuelo era así. Son dos cuentos acompañados de fotos y con música. El primero lo escribió unos años después de irse para Argentina. Me lo envió por correo como regalo de cumpleaños en septiembre de 1994 porque se lo habían premiado como mejor relato de jóvenes escritores en Buenos Aires. Como nos habíamos cambiado de casa, nunca llegó a mis manos y se fue de vuelta a Buenos Aires. Se titula SIEMPRE.
Luego, ya de mayor, con 33 años, recordó nuestra historia y escribió un segundo cuento en el que recreaba con otros personajes todo lo que le había pasado en aquellos años que no nos habíamos visto. Una historia de su vida, pero con personajes que se había inventado. Se titula TAL VEZ.
Uxía tomó uno de los casettes entre sus manos y de camino a la cadena de música le dijo a su nieta:
- Belén, lee tú el primero.
18. El destino
noviembre 9th, 2010 | Juanjo Amorín
El reloj de la cocina marcaba las 21 horas y 27º fuera de la casa. Una noche cálida para estar en la costa de Galicia en el mes de agosto. Mientras Belén ponía la mesa, Uxía calentaba en el microondas unas verduras al vapor que había hecho justo antes de subir al desván, a media tarde, y un poco de jamón ibérico con pan y tomate. Era la cena ideal para aquel día.
Cada una estaba a la suyo, sin intercambiar palabra, pero sin olvidar todo lo que había sucedido en las cuatro horas anteriores en el desván. Belén, emocionada porque sabía que aquel momento no se volvería a repetir nunca más en su vida. Uxía, haciendo lo que Brais le había pedido en su lecho de muerte: “que nuestra historia llegue a las personas que queremos”. Una frase que se había convertido en el estribillo del alma de la abuela.
Ya en la mesa, Belén rompió el silencio con una pregunta que nada tenía que ver con la emocionante historia que se había iniciado en el desván.
- Abuela, ¿Y ahora qué?
Uxía se sorprendió porque aquella pregunta ya la había escuchado alguna que otra vez en su vida.
- Ahora, es hoy. Ni fue ayer, ni será mañana. Esta es una de las lecciones más importantes que ha aprendido esta vieja de 82 años que tienes delante. Durante mucho tiempo, yo viví más pendiente de cómo sería mi futuro y de revisar mi pasado que de vivir mi presente. Pero todo cambió el día que el destinó hizo una parada en mi vida.
El 1 de septiembre de 2010, después de haber cumplido un año en Málaga, Iria y yo regresamos a mi apartamento de soltera en Madrid. Estaba a punto de cumplir 35 años, soltera y con una niña de dos años recién cumplidos a la que sacar adelante. Unos días antes me encontré por casualidad con mi ex jefe que estaba de vacaciones en Málaga y me ofreció regresar a su equipo en la agencia de publicidad. Mira lo que es la vida: lo que un año antes me parecía un paso hacia atrás, en aquel momento suponía subirme al tren de nuevo. Y lo hice. Siempre hay segundas paradas, Belén. No dejes que nadie te las oculte. Dicen que todo lo que empieza acaba, pero a veces hay cosas que terminan sin casi comenzar de verdad y eso, si puedes, evítalo.
Regresar a Madrid fue como empezar de nuevo. Primero reformamos el apartamento para añadir una habitación para Iria porque aquella casa estaba pensada para una mujer soltera. Luego contraté a Sole, una peruana encantadora, para que se quedara con la niña mientras yo estaba trabajando porque ese año no había conseguido plaza en ninguna guardería. Nos compramos un coche para poder movernos los fines de semana. Recuperé a mis amigos de siempre a base de organizar salidas por Madrid. Fue como volver a ese lugar en dónde naciste y te sentías como en casa. Cada hora que pasaba me encontraba mejor y recuperaba miguitas de felicidad.
El día de mi cumpleaños, a finales de septiembre, Iria y yo teníamos cita en el Hospital de Madrid, el que nos tocaba como centro de primaria. Era una visita de cortesía para conocer al médico de familia que llevaría a la niña y entregarle el historial de la pequeña en mano. La madrugada anterior Iria había decidido que aquella no era una noche para dormir y las dos vimos como el reloj marcaba las 5 de la mañana. Al despertarme me dio pena y la dejé con Sole. Así que acudí yo sola a la cita con su doctor.
Fui caminando desde mi casa hasta el hospital que estaba a un cuarto de hora andando en un lugar llamado Conde Suchil. Un paseo que había hecho una y mil veces antes de conocer a Mateo y cometer el error de vivir en una urbanización artificial a las afueras de la ciudad. Habían pasado dos años y aunque todo seguía en el mismo lugar, recrearme en cada momento me hacía sentir bien. Las calles de Madrid son así. En cada metro hay mil millones de instantes escondidos que te susurran secretos al oído y te hacen sentir especial.
Calle arriba subí por la Corredera Alta hasta cruzar con La Palma. Allí me paré para asegurarme que seguía abierto El Penta, un sitio, Belén, por el que hay que pasar antes de morirse. Ve y verás. Me dejé llevar por mis pasos hasta llegar a la Glorieta de Bilbao. Allí desayuné en La Comercial un café con churros. Deliciosos. Bajé por el majestuoso bulevar de Carranza contando la baldosas como hacía de joven, hasta llegar a la Glorieta de San Bernardo en dónde me encontré con el que había sido mi gimnasio de soltera. Y como iba pletórica, dije, ya que estoy aquí, me apunto de nuevo. Enfrente ya estaba el hospital.
Al entrar me dirigí al mostrador para enseñar mis credenciales de mamá y validar la cita. Una señorita con acento del sur me dio un papel que decía: puerta 12B, segunda planta, doctor B.G.O. Subí por las escaleras y me emborraché del olor a limpieza exagerado que desprenden esos lugares.
Al llegar a la puerta busqué asiento entre la docena de personas que allí estaban, como yo. A mi lado me tocó una mujer con ganas de hablar, de esas que te cuentan su vida en relatos cortos. Me preguntó si conocía al doctor. Le dije que era mi primera vez. Me dijo que era más bueno que los ángeles de Machín y que a su niño lo quería mucho. No sabía si creerla o echarme a reír.
Cada diez minutos salía una enfermera y decía en alto los nombres de los tres siguientes niños. Por fin llegó el de la mía. Iria Rodríguez Ribas (con el tiempo le quitaría el Rodríguez) iba después de la niña que estaba dentro y detrás de mi pasaría la señora pesada que tenía al lado. Aproveché y me fui al baño. La media eran diez minutos por consulta. Regresaba por el pasillo y cuando aún me estaba colocando la falda, escuché el nombre de Iria. Corrí y dije en alto: – soy yo, bueno, mi hija.
-Pase -dijo la enfermera-.
Entré y me senté bien ordenada por la señorita de verde.
- Espere que el doctor viene en unos minutos.
Y esperé. Fueron segundos porque la puerta que estaba a mi espalda se abrió y sentí los pasos de un señor. Pasó a mi lado vestido con una bata blanca. Era bajito, no más de 1.65. Siguió andando hasta alcanzar su archivador y se dirigió a mi dándome la espalda.
- Usted es la madre de Iria Rodríguez -dijo-
- Sí. Soy yo.
- ¿Trae el historial?
- Sí aquí, está -le dije sin darle más explicaciones porque ni me había mirado-.
En ese momento, él se dio media vuelta y mi corazón dos vueltas y media. Nos miramos fijamente. Tenía los ojos azules como el agua marina. Yo no quería estar allí, ni decir lo que estaba pensado, pero él no dejó que lo hiciera porque se adelantó:
- Uxía.
Y yo respondí:
- Brais.
- Belén. Si volviera a nacer, si empezara de nuevo volvería a vivir aquel momento… Es el destino quién nos lleva y nos guía. Nos separa y nos une a través de la vida.
Mientras Uxía recordaba esta canción: Antonio Vega – Como Hablar, Belén bebía un sorbo de agua para digerir lo que acaba de escuchar en aquella cena irrepetible.
17. Punto y aparte
noviembre 2nd, 2010 | Juanjo Amorín
A las tres de la madrugada regresé a casa. Ya había pensado lo que debía hacer. Desde el jardín se veía la luz encendida de nuestra habitación y eso me indicaba que allí estaba Mateo. Me dirigí hasta el salón y después de dos horas mirando al infinito de aquel cubo me quedé dormida en el sofá. El llanto de Iria me despertó al amanecer. Le di de comer y Mateo pasó por la cocina. Me dijo que a mediodía vendría a comer a casa. No le respondí. Ni le miré. Estaba enfurecida. Luego se fue.
Fue una mañana llena de sensaciones cruzadas. Pensaba, que absurdo es vivir el resto de mi vida sin su latido, pero al momento decía ojalá no hubiera visto nunca aquella imagen. Mi casa había cambiado para siempre porque la tristeza la había tomado como trinchera.
A la hora de la comida, Mateo apareció en la cocina. Iria ya se había dormido. Nos sentamos y comenzamos a hablar.
- Mateo, esta tarde me voy de casa con Iria. Regreso a mi apartamento en el centro de Madrid. Necesito espacio. Ahora no puedo vivir aquí.
- No hagas eso Uxía. Ya te expliqué ayer lo que había pasado.
- No, no lo hiciste. Sólo me dijiste lo que quería escuchar, después de decirte yo lo que había pasado.
Mateo golpeó la mesa y me asustó. Estaba enfurecido y nervioso. Nunca le había visto así antes. No me esperaba esa reacción y menos lo que vendría después.
- ¿Vas a estropear nuestras vidas? – me dijo-.
- ¿Cómo? -le dije yo alzando la voz- Yo no voy a estropear nada. El que ha dinamitado esta relación has sido tú.
- Haz lo que quieras Uxía. Se te pasará. Y si no se te pasa, tú sabrás.
Fueron las últimas palabras que le escuché. Las palabras que más daño me han hecho en mi vida porque venían de la persona que yo más quería en ese momento. Se dio media vuelta y no le vi nunca más.
- ¿Nunca más? -preguntó Belén a su abuela sorprendida-
- Sí Belén, nunca más le volví a ver. Aquella semana Iria y yo vivimos en mi apartamento de soltera en Madrid. Me llamaba por teléfono, pero no le respondía. Ese fin de semana mi madre se enteró de lo que había pasado y nos llevó a su casa de la playa. Allí estuvimos un año. Mateo vino a ver a Iria cada mes, pero yo me iba de casa para no verle. Un día, llegó una carta a Málaga…
Uxía se quedó muda y Belén para salvarla le preguntó:
- ¿Una carta de Mateo? ¿qué decía?
- Sí. Había pasado ya un año desde que nos separamos. Aquella sí que fue la última vez que supe de él. Me dijo que se había ido a vivir a Valladolid. Que había rehecho su vida con una persona que realmente le quería y que lo único que le interesaba de nosotras dos era Iria. Fue una carta llena de odio y de reproches que yo no me merecía. Fue la estocada que le faltaba a nuestro amor y allí perdí la felicidad que aún estaba dentro de mi alma.
- Pero ¿por qué no luchaste por aquel amor? Él te había pedido perdón y quizá si no te hubieras ido del todo, quizás se podría haber solucionado, abuela.
- Belén, esta es la conversación que tuve con tu madre, una y mil veces, desde que tenía tu edad y nunca entendió mi actitud, pero así fue. Yo creía que lo tenía todo con Mateo y de la noche a la mañana me sentí sin nada. No dejé de amarle hasta que llegó aquella carta. Soñaba con volver con él y poder reconstruir nuestro sueño, pero lo que había pasado y su actitud día tras día en nuestra separación me habían desinflado y me daban argumentos para olvidar definitivamente. Me había humillado y engañado.
- ¿Y mamá? Mateo ¿no la visitó más?
- Mientras vivimos en Málaga bajaba desde Valladolid cada dos o tres meses a verla y se pasaba el fin de semana con ella. La recogía por las mañanas y la dejaba por las noches en casa de mis padres. Un fin de semana le dijo a mi madre que se iba a vivir a Estados Unidos porque había encontrado un trabajo allí. Las primeras dos navidades la llamó, pero luego desapareció y no supimos nada más de él.
Es una historia muy triste -dijo Belén con la voz tomada por la emoción- y continuó. Muy triste para ti y para mamá. Pero si el destino quería eso…
- En ese momento un teléfono comenzó a sonar en el desván. Era el de Belén, pero no lo llevaba encima. Había saltado por los aires en su tropezón cuando entró en el desván. Se dio cuenta de ello y comenzó a buscarlo entre las cajas de recuerdos guiada por la música de la señal de llamada. Era Iria.
- Hola mamá -contestó Belén- Estoy con la abuela. Sí, sí, hemos hecho ya muchas cajas, pero nos queda aún mucho por empaquetar.
Iria llamaba desde Madrid. Se había ido aquella mañana bien temprano para trabajar y había quedado en recoger a las dos mujeres al día siguiente para llevárselas a su casa en la capital.
- ¿Cuándo vienes? Ah vale. Bueno, no te preocupes. Yo se lo digo a la abuela y si no puedes mañana, pues mejor nos vamos pasado. Vale, vale. ¿Sabes una cosa mamá? Pues que te quiero mucho, mucho y la abuela, también. Un beso.
Belén colgó y Uxía le dio un abrazo para decirle a continuación: – Gracias.
Belén le contó a su abuela que su madre no podría recogerlas cómo habían quedado al día siguiente porque tenía una importante reunión de trabajo. Se retrasaba el cierre de la casa hasta dentro de dos días. Belén estaba deseando ver a su novio, Daniel, que estaba en Madrid, pero aquella llamada había sido una buena noticia porque sabía de la importancia de aquellas horas que estaba viviendo con Uxía. La octogenaria pensó lo mismo, pero no lo dijo.
La noche tomaba el desván y quizás era un buen momento para bajar y cenar. Uxía se lo propuso y Belén aceptó con una condición.
- Después de cenar, abuela, nos hacemos un té verde con menta y me sigues contando, ¿vale? Es que no puede ser todo tan triste -exclamó Belén pidiendo con su mirada volver a los momentos felices de la vida -.
Uxía sonrió. Era la primera vez que lo hacía desde que se había quedado traspuesta soñando con Brais unas horas antes. Estaba cansada, pero quería agotar sus fuerzas en ese momento tan importante en su vida.
- Belén, siempre después de la tormenta, regresa la calma y con ella la felicidad y el amor. Aquel fue un mal trago, pero vendrían momentos mucho más felices y sorprendentes. Luego, te los cuento.
16. La honestidad
noviembre 2nd, 2010 | Juanjo Amorín
El coche rojo en el que iba Mateo desapareció calle abajo, mientras yo seguía parada en el semáforo.
Me asfixiaba. No podía respirar. Mis labios se secaron. Sentí como un sudor frío llegaba hasta mis manos y las paralizaba. Me agarré al volante para no caer al abismo, pero la tristeza me arrastró y me desplomé al vacío… Mi cuerpo comenzó a girar sin sentido, sin control. Al fondo había una luz blanca que me absorbía y cuando estaba a punto de tragarme escuché el llanto de Iria y el claxo de los coches y me desperté. Me había desmayado del dolor. Mi cabeza estaba apoyada en la ventanilla. Miré al asiento de atrás y vi a Iria que seguía llorando. Aparqué el coche en un lateral. La desaté y la puse en mi regazo hasta que entramos en calor. Luego dejé el coche aparcado en aquella calle y las dos nos metimos en un taxi camino de casa.
Al llegar la bañé, le di de cenar y la acosté. Luego me senté en el sofá, cogí mi móvil y le llamé, pero lo tenía apagado. A las once de la noche, Mateo regresó a casa. Abrió la puerta y pasó al salón. Se acercó sonriendo y me besó. Sólo al alejarse vio mi cara y se asustó.
- ¿Qué he pasado Uxía? -me dijo- ¿La niña?
Yo no tenía fuerza para contestar y comencé a llorar. Mateo se asustó y salió corriendo en dirección a la habitación de Iria pensando que le había pasado algo a nuestra hija. Regresó unos segundos después nervioso. Me agarró y repitió:
- ¿Qué te pasa Uxía? ¿Por qué estás llorando?.
No podía o no quería imaginar que unas horas antes lo había visto besándose con la mujer que el día anterior le había enviado aquel sms. No aguantaba más y comenzamos a hablar.
- ¿De dónde vienes?
- De una reunión fuera de la oficina mi amor, te lo dije cuando me llamaste. ¿Estás así por eso? Me quedé sin batería y no te pude llamar para decirte que se alargaba. Me has asustado cariño.
- No me mientas Mateo, no lo hagas -le dije mientras comencé a golpear con mi mano en su pecho una y otra vez- no lo hagas, no, no, no me mientas.
- ¿Por qué me dices esto Uxía?
- Porque te fui a buscar a la oficina, vi como te montabas en un taxi y te seguí. Porque vi como saliste de ese taxi y te montaste en un coche rojo y vi como besabas a una mujer y como luego desapareciste. Porque ayer vi, como esa mujer aparecía en tu móvil llamándote amor.
Mateo se apartó con cara de póker. Se levantó y comenzó a dar vueltas por el salón sin contestar mientras yo le repetía: ¿por qué? ¿por qué me has hecho esto? ¿quién es esa mujer? ¿por qué?
Unos minutos después, regresó al sofá y me lo contó todo.
- Se llama Isabel. Es una amiga con la que me enrollé apenas dos semanas antes de conocerte hace tres años, pero desapareció y no supe nunca nada más de ella.
En mayo, me envió un mail y me pidió mi teléfono con la excusa de hablar sobre un proyecto profesional. Me sorprendió porque apenas la recordaba, pero se lo di sin importancia. Hace un mes me llamó y me dijo que estaba de paso por Madrid y que quería comer conmigo para contarme ese proyecto. Al llegar al restaurante, me dijo que dos meses después de habernos enrollado, me estuvo buscando para decirme que regresaba a vivir a su ciudad, a Valladolid. Se había enterado que tú y yo estábamos juntos y no insistió. Pero lo que en realidad quería, era verme para decirme que tenía un niño de dos años y que yo era su padre.
Me sentí culpable y me acerqué demasiado, pero sólo para apoyarla, aunque lo que ella buscaba era otra cosa y me dejé engañar. No sabía cómo decírtelo Uxía. Tenía miedo. Esta tarde quedé con ella para decirle que lo que había pasado en estas últimas semanas había sido un error. Que no la quería, que no la amaba y que me dejé perder por el sentimiento de culpa que llevaba dentro. Uxía, no hay nada con ella. Esta es la verdad. Créeme.
La rabia me levantó del sofá y salí corriendo de casa en dirección al parque forestal de la urbanización. Era el único sitio en el que nadie podía encontrarme. En veinticuatro horas, mi vida había dado un vuelco imposible de imaginar ni en la peor de las pesadillas.
Al llegar, me tumbé sobre la hierba y miré al cielo fijamente para pedir una explicación, pero el cielo pasó de mi. Y entonces una estrella fugaz se cruzó en mi mirada. La seguí y acabé ante un dibujo imaginario de una casa que me recordó el párrafo de una carta juvenil que veintidós años antes un tal Brais había escrito pensando en los dos y que había recuperado aquella mañana por casualidad, mientras limpiaba el armario del salón. Y entonces, me di cuenta que la piedra de la fidelidad se había esfumado al ver como Mateo besaba a aquella mujer y la de la honestidad se había hecho mil pedazos tras su explicación al llegar a casa.
Uxía cogió de nuevo la mano de su nieta Belén que seguía boquiabierta por todo lo que estaba escuchando y le pidió que prestara atención:
Belén, LA HONESTIDAD, es una mezcla entre coherencia y sinceridad. Alguien es coherente cuando hace lo que cree que es mejor para él y para los demás. Y es sincero cuando no miente. A veces, en las cosas sin importancia de la vida, no somos ni sinceros, ni tampoco coherentes y eso no quiere decir que no seamos honestos. La verdadera honestidad se demuestra con la gente que quieres. No dejes de ser honesta con aquel al que digas “te quiero”.
15. La fidelidad
noviembre 2nd, 2010 | Juanjo Amorín
Belén no daba crédito a lo que acaba de escuchar de boca de su abuela Uxía. En sus dieciséis años de vida había pasado de tener apenas un párrafo huérfano de información de Mateo, a recibir maletas cargadas de contenido de su abuelo biológico, el padre de su madre, al que nunca había conocido. Y sin embargo esa abundancia le reconfortaba porque empezaba a entender su pasado y a comprender el futuro de Uxía. Lo que no se imaginaba es que su abuela le estaba dando algo más: un legado para entender una vida.
- Abuela, ¿y cuándo le dijiste que habías visto aquel mensaje?
- Al día siguiente, el 29 de agosto de 2009, Mateo se levantó como si el mundo no se hubiera parado la noche anterior. Para él no, pero para mi sí. Aquel dichoso sms no salía de mi mente, pero yo seguía convenciéndome de que había sido un error.
Era lunes y la rutina marcaba el paso. Mateo se despidió con la misma frase de siempre: amor, me voy a trabajar, luego te llamo, te quiero. Me dio un beso y luego cerró la puerta. Me quedé tumbada en la cama mientras Iria mantenía la tregua de las ocho y media.
Llevaba un año sin trabajar. Había enlazado la baja maternal con la ilusión de cambiar de empresa para estar más tiempo con los dos. Vivíamos en un chalé adosado a media hora de Madrid, algo a lo que yo siempre me había negado. Pero lo hice por él, porque era un entusiasta de la naturaleza y de sus paseos en bicicleta. Cada vez que Mateo se iba, aquella casa se convertía en la oficina de mis aficiones. Leía, pintaba, enviaba curriculums por internet y me pasaba la vida escuchando música. Le llamaba decenas de veces al día porque me sentía sola sin él a mi lado. A media mañana y a media tarde me reunía con el resto de mamás en el parque de la urbanización. A las ocho de la noche regresaba y la ilusión volvía a mi cara. Así era mi vida entonces.
Pero aquel 29 de agosto, me caí de la cama escuchando de fondo como el coche de Mateo salía del garaje. Quería parar la pesadilla que me mataba desde la noche anterior haciendo cosas que me distrajeran. Aquella mañana hablamos mil veces. Él sabía que algo pasaba porque no era normal tal volumen de llamadas, pero yo le repetía que sólo lo hacía para decirle que le quería mucho.
A mediodía, aprovechando que Iria dormía después de comer, me puse a ordenar el mueble del salón. Detrás de mis libros de historia del arte ¿sabes lo que encontré?
- ¿Qué? -dijo Belén brevemente porque no quería cortar la historia-
- La caja de Brais. Yo no la había visto en la mudanza y no recordaba que podía estar allí arriba. La cogí y me la llevé al sofá. Hacía veintidós años que no la abría. Desde los catorce. Lo primero que me encontré fue el sobre marrón. Comencé a leer la carta y no paré de reír por la inocencia y el romanticismo de sus palabras. Qué bien escribía aquel chico con tan poca edad, me dije. Pero cuando llegué al párrafo en el que Brais describía el tipo de piedras que construyen una casa capaz de crecer hasta el cielo, en ese momento, un soplo de ansiedad se apoderó de mi y empecé a preguntarme si lo que había construido con Mateo era una casa con esos piedras o no.
A media tarde no pude más. Entre el sms y aquel párrafo se apoderaron de mi paciencia. Vestí a Iria. La metí en mi coche y me fui hasta la oficina de Mateo. Aquel día mi alma necesitaba abrazarse a su cuerpo. Quería escuchar que aquel mensaje que había visto la noche anterior era sólo un error.
A las siete en punto aparqué al lado de su coche, enfrente de la puerta de su empresa. Le vi salir. Bajé la ventanilla para gritar su nombre, pero no me dio tiempo. Paró a un taxi, se subió a él y se fue. Y allí me quedé dos segundos en soledad, sin saber cómo reaccionar, hasta que sonó mi móvil en el que aparecía su nombre. Me dijo que apenas tenía batería y que me llamaba sólo para decirme que se iba a una presentación y que llegaría un poco más tarde a casa. No pude decirle que le estaba esperando y que le había visto porque la llamada se cortó.
La fuerza del destino me empujó a seguirle. Quería verle. No podía aguantarme. Cruzamos medio Madrid con la única distancia del tráfico de media tarde. Al llegar al inicio de la calle Goya el taxi pasó un semáforo en ambar y se orilló a la izquierda. Yo me quedé a diez metros en un semáforo en rojo.
Mateo salió del taxi. Yo bajé la ventanilla de nuevo, saqué la cabeza y grité su nombre, pero él no me escuchó. No lo pude repetir porque enseguida cruzó la calle corriendo hasta que se encontró con un coche coche rojo con una mujer al volante. Abrió la puerta y ella le recibió con un beso como los que me daba a mi cuando me decía que me quería. Los tenía enfrente. Aquella mujer era la de la foto que había llegado por sms al móvil de Mateo.
- Nooooo! -expulsó Belén con rabia y dolor-
Aunque aquella historia estaba preñada de dolor, habían pasado más de cuarenta años desde que había sucedido y Uxía estaba tranquila. Cogió a Belén de la mano y le pidió que le escuchara con atención:
- Belén, la FIDELIDAD es como el aire, cuando lo tenemos no lo valoramos porque respiramos con normalidad, pero cuando alguien te es infiel, la soledad te agarra, la ansiedad te atrapa, una sensación de suciedad te inunda y el sentimiento de culpa te hace creer que tendrías que haber sabido querer de otra manera. Si algún día quieres a alguien de verdad, no le seas infiel. Si lo haces, piensa si de verdad le querías.
14. Mateo
noviembre 2nd, 2010 | Juanjo Amorín
Después de unos segundos de silencio que cortaron el ambiente, Uxía continuó:
- Mateo llegó a mi vida en mi mejor momento. Acababa de cumplir 31 años. Hacía tres meses que lo había dejado con un compañero de trabajo que me había hecho mucho daño, aunque yo estaba loca por sus huesos.
Fue en el puente de la Inmaculada, de diciembre del año 2006. Laura, mi mejor amiga en Madrid, me pidió que la acompañara a la fiesta de presentación de un producto de su empresa. Yo estaba en la fase final del luto que todos le damos a la enésima relación que creemos perfecta y tenía unas ganas inmensas de divertirme.
Cuando llegamos, él nos recibió, porque era el relaciones públicas de la compañía. A Laura no le caía bien, pero me lo presentó porque sabía que era el tipo de chicos que a mi me gustaban. Me preguntó que quería beber y le dije: hoy quiero un Gin Tonic. Nunca me había tomado uno, pero esa noche quería sorprenderme con novedades. Cuando me preguntó con qué tipo de ginebra, me dejó en fuera de juego y le dije: es el primero que me tomo en mi vida. Me sentía estúpida, pero él no dejó que eso pasara. Me agarró de la mano y mientras me acercaba a la barra, me dijo: te voy a decir cómo los hacía la Reina Madre.
Aquella fue la clase a la que menos atención presté de mi vida. Nos pasamos toda la noche hablando y riendo. Tenía 35 años, pero aparentaba menos. Era un mundo de anécdotas y me sentía cómoda con él. Laura nos dio por imposibles porque intuía lo que podía pasar. Al fin y al acabo, era mi mejor amiga y estaba feliz porque había visto que la sonrisa había regresado a mi cara.
Poco antes de terminar la fiesta, me dije, no te lo pienses dos veces, haz lo que te pida el alma, puede que cambie tu suerte. Aquella noche acabamos en su casa, de la que no salí hasta pasado el día de Reyes. Vivimos una pasión desmesurada. Al principio sólo había sexo y sonrisas, pero después todo se mezcló y me quedé atada a él como un imán.
Dos meses más tarde nos fuimos a vivir juntos a mi casa. Me daba todo lo que quería. Yo, cuando me levantaba por las mañanas me pellizcaba para comprobar que todo aquello que me estaba pasando era real. Y no encontraba la trampa.
Después de un año viviendo juntos, nos planteamos casarnos y tener hijos, pero el plan llegó desordenado.
Uxía apretó la mano de su nieta y continuó:
- Belén, me quedé embarazada de tu madre en noviembre de 2007. Mateo fue su padre. Y fue una niña deseada. Muy deseada. Yo amaba a Mateo como nunca antes había amado a otra persona hasta ese momento de mi vida.
Un silencio enorme llegó al desván y dejó a las dos mujeres por unos minutos sin conversación. Belén miró a su abuela primero y luego regresó hasta el portaretratos de fotos que aún mantenía entre sus manos. Haciendo de tripas corazón, porque no había podido digerir todo lo que su abuela le estaba contando, preguntó: ¿Y luego qué pasó?
Luego vino un embarazo lleno de complicaciones. Nos queríamos casar, pero no me encontraba bien, así que decidimos dejarlo para después de que naciera Iria. Cuando ella nació, descubrí que se podía ser todavía más feliz. La vida me cambió. Vivía agarrada a una nube de felicidad.
El 28 de agosto de 2009 tu madre cumplía un año. A mediodía hicimos una comida con decenas de amigos y familiares en casa. Además de los regalos para Iria, aquel día yo le regalé a Mateo un sobre en el que había una tarjeta que decía: esta noche, estrenamos canguro y nos vamos los dos a cenar juntos.
Fuimos a su restaurante favorito. Él no lo sabía, pero yo llevaba una sorpresa para acompañar al postre. Quería pedirle que se casara conmigo. Era la piedra que nos faltaba a los dos para terminar de construir nuestra casa, aquella con la que llegar hasta el cielo.
Llegaron los postres y el camarero nos sugirió tiramisú de limón. Empezamos a jugar con las cucharillas como dos adolescentes y a reír como hacíamos siempre. En una de esas le manché la camisa. Mateo se fue al baño a intentar arreglar el accidente.
Aproveché el momento para sacar de mi bolsa una caja cuadrada negra con un reloj. El que quería que llevara puesto el día de nuestra boda. Me recliné sobre la mesa para dejarlo de su lado antes de que volviera del baño. Apoyé la caja y en ese momento un sonido de sms salió de su móvil que se había manchado en los juegos con el tiramisú de limón y que estaba tras la copa de vino. Me acerqué para limpiarlo con la servilleta y sin querer le di al botón que abría el mensaje.
En la pantalla apareció la foto de una chica que yo nunca había visto y debajo, un mensaje que decía: te echo de menos cariño, o ¿me dejas que te llame amor?
Mi corazón dejó de latir y mi mente de pensar. Dejé el móvil en su sitio y metí la caja negra de nuevo en mi bolso. Mateo regresó del baño y notó que mi cara había cambiado y que mi cuerpo temblaba, pero lo solucioné con una excusa de mujer. Aquel no era el momento que yo quería para preguntarle si se quería casar conmigo.
Al llegar a casa intenté decirle que había visto sin querer un sms en su móvil, pero no sabía cómo hacerlo. Quizás aquel mensaje no era para él y había llegado equivocado a su teléfono. Le di tantas y tantas vueltas que me terminé convenciendo y lo dejé pasar. Agotada por un día largo de emociones, caí a su lado, en nuestra cama, pero aquella noche no pude dormir, ni él tampoco intentó hacerme el amor. Y al día siguiente…
13. No
noviembre 1st, 2010 | Juanjo Amorín
El viejo reloj dijo las seis y diez de la tarde desde una de las baldas del desván. Belén seguía recostada en el sofá con la miel en los labios por la experiencia que le había contado Uxía minutos antes. Pero el sabor dulce calló en un coma profundo cuando escuchó lo que salió de la boca de su abuela:
- Después de aquella carta, me olvidé de Brais por mucho tiempo. Fue uno de los días más tristes que recuerdo de mi adolescencia.
Belén, al escuchar esa frase de Uxía, sintió que se caía a un precipicio sin fin. Se reincorporó con brusquedad porque no se esperaba aquella reacción. Abrió los ojos como platos y el despiste que tenía era tan grande que sólo le salió un: ¿qué pasó abuela? ¿por qué?
- Aquella tarde en el salón de actos, no sentí lo que esperaba, no sentí lo que quería, no temblé como deseaba. Me moría por vivir lo mismo que con la carta que Brais me había escrito desde el avión camino de Argentina, pero no lo conseguí y lloré mucho aquella noche. No tuve ni el cosquilleo en el fondo del estómago, ni las ganas de reír para ser feliz, ni la fuerza para esperarle como me pedía. Tenía sólo 14 años. Nos habíamos conocido un año antes y habían pasado ya dos meses desde que se había ido. Quizás todo eso, lo había cambiado todo. Sin embargo la semilla de Brais seguiría ahí durante toda una vida hasta…
Belén interrumpió a su abuela:
- No lo entiendo, ¿pero estabas enamorada de él?.
- No Belén, no sabía cómo estaba. Yo creía que estaba enamorada, pero en aquel momento sólo le quería. Con el paso del tiempo entendí la diferencia entre el amor y el querer. Y cuando llegó ese momento entendí que había estado enamorada de Brais antes de que se fuera a Buenos Aires, pero me había desenamorado después.
- Pero me dijiste que esta carta había sido el mejor regalo de tu vida -insistía Belén que se negaba a asumir ese final que le estaba imponiendo Uxía-.
- Esa carta marcó mi vida. Durante muchos años soñé con crear una casa que pudiera crecer hasta el cielo, pero sólo lograba construir invernaderos que se los llevaba el viento una y otra vez. Después de Brais, en mi vida entraron otros chicos por los que temblaba cuando les besaba y hacíamos el amor, pero al final siempre llegaba la cuenta del olvido y el sueño se rompía. Lo que no supe hasta mucho tiempo después es que un niño de 14 años me había dejado escritas las claves para que el sueño se transformara en realidad y el olvido en eternidad y por eso, esa carta fue el mejor regalo de mi vida. Porque me ayudó a ser feliz, aunque fuera tarde.
Belén seguía desconcertada. Su temperatura emocional había bajado varios grados desde que habían iniciado esta conversación. Aunque no lo decía, en su cabeza el desorden era monumental. Quizás por eso y porque su puzzle familiar no le encajaba, se decidió a sacar un tema que era tabú entre su familia y más aún después de lo que le estaba contado su abuela en ese momento.
Se levantó del sofá. Sin decir ni mú, se acercó hasta la balda que tenía enfrente. Allí había un portaretratos con cuatro fotos de su madre, Iria, recién nacida. Aquel collage fotográfico las miraba desde el inicio de la conversación y Belén se había fijado en las fotos en varias ocasiones, pero las había ignorado. Lo tomó en sus manos y las observó con serenidad. Las dos primeras fotos eran de Iria sola. La primera a la izquierda mostraba a la madre de Belén con apenas unas horas de vida. A su lado Iria estaba tumbada con el faldón del bautizo encima de una cama. Las dos de abajo retrataban a Iria y a Uxía con los primeros meses de vida, pero estaban recortadas por el lateral izquierdo. Belén sabía que aquel pedazo de foto que faltaba era el secreto familiar del que nunca se hablaba y por el que nadie quería preguntar. Se acercó hasta su abuela y cuando la tenía enfrente le mostró el marco y le preguntó:
- ¿Quién falta en esta foto?
Uxía envió una mirada canina a su nieta porque la pregunta no le gustaba. Aún así, sabía que si había algún momento en la vida para hablar de este tema, ese había llegado y ella lo había provocado.
Dos horas antes cuando subió al desván asustada por el golpe que terminó con Belén tirada en el sofá, Uxía había abierto conscientemente la caja del relevo generacional. Brais se había ido para siempre y la muerte miraba ahora a la abuela como próxima presa.
La conversación que estaba teniendo con Belén, soñaba haberla tenido con su hija Iria, pero ella era diferente a Belén. Nunca había encajado en la naturaleza de Uxía. No se llevaban bien, aunque mantenían el status quo que la naturaleza les había sorteado. Belén, sin embargo, era hija única y única hembra dentro de las nietas de Uxía. La abuela quería que Belén se llevara ese legado femenino de una vida llena de experiencias para que pudiera vivirlas con más intensidad aún y sobre todo para que evitara pasar por los errores en los que ella había caído.
Uxía agarró la mano de Belén y la atrajo hasta que la sentó en sus piernas. Con su mano derecha apartó la melena rubia del rostro de su nieta para dejarla caer luego como una caricia por su cara. Tomó aire y respondió:
- Mateo.
12. Volar
octubre 25th, 2010 | Juanjo Amorín
Uxía aún no había olvidado el excitante sueño que había vivido unos minutos antes, cuando su nieta apareció en el desván con los dos vasos de agua. Belén se sentó en el sofá y se puso a rebuscar en la caja de latón, mientras Uxía la observaba al lado de la cadena de música.
- ¿Qué buscas hija?
- El sobre marrón.
- No está ahí -dijo Uxía con media voz y agachando la cabeza-.
- ¿En dónde está? ¿No lo tienes?
- Sí, está aquí -Uxía acercó su mano derecha al corazón y continuó- muy adentro. Aquello fue más que una carta Belén. Fue el mejor regalo de mi vida. Y Brais con sólo 14 años, me lo regaló. ¿Recuerdas que anteayer os pedí a todos que salierais de la habitación porque quería estar sóla con el abuelo?
- Sí, lo recuerdo y me pediste mi ordenador, ¿para qué?
- Sabía que sería la última vez que lo vería con vida y necesitaba repetir con él, aquella sensación. Te pedí el ordenador para buscar una canción. Belén -dijo Uxía mirando a su nieta- acuéstate en el sofá y cierra los ojos. Te voy a contar lo que había en el sobre marrón.
Belén obedeció a su abuela. Reclinó su espalda sobre el mismo cojín en el que minutos antes había estado ella soñando con Brais. Uxía estaba al lado de la cadena de música. Recogió de la caja negra estampada con la figura del galgo un sobre marrón que tenía escrita una frase en inglés. Antes de abrirlo empezó a hablarle a Belén que ya estaba con los ojos cerrados:
- Aquel septiembre de 1988 había empezado BUP en el Instituto Campoamor. Estaba a dos calles del Rosalía. Aunque todos los días salía de casa deseando coger la caja roja, no me atrevía a acercarme al salón de actos del colegio. Yo ya no estudiaba allí y no sabía como encontrar el momento para estar dentro sin que nadie pudiera verme. El 12 de octubre de 1988 era fiesta y todo estaba cerrado. Hacía mucho frío y mis padres decidieron que esa era una buena excusa para quedarse en casa. Después de comer me fui a mi habitación. Me tumbé en la cama y vi la caja roja encima del armario. Me levanté, la cogí y salí corriendo de casa en dirección al Rosalía.
Sabía que los chicos del barrio habían rajado la alambrada en la zona sur para entrar al patio cuando el colegio se encontraba cerrado. Llevaba una falda rosa de punto con un estampado y una camisa beis. Intenté pasar por un hueco de la alambrada, pero la falda se enganchó y me quedé colgada entra la vida y la muerte. Me caí, pero no sentí el dolor porque ya había conseguido pasar. Corrí hasta el salón de actos. En la parte trasera había una persiana de color azul que no cerraba bien y que se utilizaba para meter mercancía. Sabía que levantándola un poco podría colarme por debajo. Y así fue. Sin quererlo nos vimos dentro, mi caja roja y yo.
Entré por la zona de camerinos y pasé hasta el escenario. Me senté en el suelo y puse la caja entre mis piernas. La abrí. Estaba todo lo que Brais me había dejado: el patito amarillo, las fotos, dos casettes y el sobre marrón del que salieron dos hojas. La primera se titulaba “Instrucciones”. Brais me pedía que me fuera hasta el asiento desde donde vi el Principito, pero antes quería que pusiera música. Uno de los casettes de la caja roja se titulaba igual que la segunda hoja: “Everything I do I do it for you”. Me levanté y me acerqué corriendo hasta el lateral del escenario en el que había una pletina que se utilizaba para las ambientaciones de los actos del Rosalía. La encendí, metí el casette y le di al play…”
Uxía abrió el sobre marrón que había cogido de la caja negra con la figura del galgo grabado. Extrajo un folio plegado en forma de cuadrado. Lo abrió como el capullo de una flor y apareció un CD. Lo introdujo en la cadena de música y mientras estiraba el folio que luego leería, continuó contándole a su nieta lo que había pasado aquella tarde en el salón de actos del Rosalía.
- … y empezó a sonar esta canción. Bryan Adams – (Everything I Do) I Do It For You
Bajé hasta mi asiento. La hoja de Instrucciones, decía: “ahora lee en alto la segunda hoja”. La tengo aquí Belén y te la voy a leer:
Hola Uxía.
Por fin estamos los dos juntos. Aquí, en nuestro lugar. Escucha lo que dice la canción:
Mírame a los ojos, verás
lo que tú significas para mí.
Busca en tu corazón, busca en tu alma.
Y cuando me encuentres allí no buscarás más.
No me digas que no vale la pena intentarlo.
No puedes decirme que no vale la pena morir por eso.
Sabes que es verdad.
Todo lo que hago, lo hago por ti.
Estoy aquí, a tu lado. Mi mano está sobre la tuya. ¿Me sientes?. Estás temblando cariño. Como la primera vez, cuando el Principito se acercó a visitar a la rosa más preciosa del planeta para decirle que se fuera con ella de viaje para siempre. Aquel día los temblamos.
Supongo que habrás dejado la caja roja en el escenario. No importa. Allí están sólo algunos momentos de este año que he vivido contigo. Lo importante no es lo que está ahora, sino todo lo que tenemos que meter en ella en el futuro. Sabes, el tiempo no quiere ser nuestro amigo. Nos conocimos hace un año y sé que sólo tenemos catorce. Me encantaría tener veinticinco o treinta y poder decirte que quiero que estés conmigo toda la vida. Decirle ahora puede sonar a chiste, pero es lo que siento. Así que esto es cosa de tres: el tiempo, tú y yo. Pero ¿sabes qué?. Creo que no nos separará. Creo que nos dejará vivir nuestra historia de amor hasta el final. Así me la imagino yo y por eso la he escrito en esta carta porque quiero compartirla contigo y que se quede ahí, para siempre. Acércate a mi. Quiero que llegue al fondo de tu corazón.
Nos haremos mayores y nos llenaremos de experiencias que aterrizarán en nuestras vidas. Algunas experiencias nos unirán más y otras nos separarán. Unas serán apasionantes y otras amargas. Vendrán mal dadas y lloverán sonrisas que nos harán felices. Así es y así será. Cuando observas a los que son más mayores que nosotros, ves que a ellos les pasan estas cosas. Así que a nosotros también nos sucederán. Mi abuelo suele repetirnos esta frase: si los cimientos son estables, la casa crecerá hasta el cielo. Así que hoy, estoy aquí para construir, contigo, una casa que nos lleve a tocar las estrellas en el cielo. Una casa que crezca de recuerdos vivos. Una casa que sea un proyecto de vida en común. Una casa en la que reir, llorar, amar, sufrir, vivir… Quiero construirla contigo. Los dos juntos y así, como te cuento ahora.
La primera piedra se llama, AMOR. Colócala ahí abajo, en el fondo del estómago. Cuando pienses en mi, si la sientes es que está bien puesta. Es fundamental porque es en la que se apoyarán las demás. Ahora coloquemos la FIDELIDAD. Es la virtud de prometer que ninguno de los dos fallará. Suele ser una piedra rebelde, pero se puede dominar con el paso del tiempo y con la ayuda del amor. A su lado tiene que estar la HONESTIDAD, una arcillosa mezcla de coherencia y sinceridad. Ella nos ayudará a superar las tormentas internas y las que nos provoquen los demás. Ahora cubramos todo con estas piedrecitas pequeñas de colores por encima: son las SONRISAS. Hay que poner muchas, muchas, muchas… Son fundamentales para atraer a las estrellas. Por las noches con sus destellos nos llenan de FELICIDAD a todos los que habitamos la Tierra. Pongamos más y más. Hagamos un inmenso puzzle de piedras de colores ¿Ves cómo va creciendo? Así es. Pasito a pasito todo va encajando.
Y ahora vamos a revisar si todo está bien colocado. Para comprobarlo he tomado prestado este poema de la canción. Es un test para saber si estamos preparados. Tienes que sentirlo de verdad. Si tiemblas habremos acertado. Para ayudarte, léelo en alto mientras disfrutas de la música:
Mírame a los ojos y verás
lo que tú significas para mí.
Busca en tu corazón, busca en tu alma.
Y cuando me encuentres allí no buscarás más.
No me digas que no vale la pena intentarlo.
No puedes decirme que no vale la pena morir por eso.
Sabes que es verdad.
Todo lo que hago, lo hago por ti.
Mira en tu corazón, encontrarás que
allí no hay nada que esconder.
Tómame como soy, toma mi vida.
Lo daría todo, me sacrificaría.
No me digas que no vale la pena luchar por eso.
No puedo evitarlo, no hay nada que quiera más.
Sabes que es verdad.
Todo lo que hago, lo hago por ti.
No hay amor como tu amor.
Y ninguna otra persona podría dar más amor.
No existe ningún sitio, a menos que tú estés allí
Todo el tiempo, todo el camino.
Oh, no puedes decirme que no vale la pena intentarlo.
No puedo evitarlo, no hay nada que quiera más.
Lucharía por ti, mentiría por ti,
Caminaría por la cuerda floja por ti, moriría por ti.
Sabes que es verdad.
Todo lo que hago, lo hago por ti.
Uxía, mi amor, cierra los ojos y agarra fuerte mi mano. Vamos a volar.
11. Sueño
octubre 19th, 2010 | Juanjo Amorín
- Cariño -dijo Uxía a su nieta Belén- necesito un vaso de agua.
- Voy abuela.
Habían pasado menos de 48 horas desde la última vez que lo había visto con vida. Uxía quería estar sola con él en el desván. Ella, él y sus recuerdos. Se levantó renqueante porque llevaba dos horas en la misma posición. A sus 82 años lo único que le dolían eran las rodillas que se habían desgastado con el paso del tiempo.
Se acercó a las cajas que estaban al lado de la cadena de música. Aunque eran de diferentes tamaños y altura, la gama grisácea del polvo las había maquillado a todas por igual. La tercera, que estaba en medio, era alargada y baja. Parecía una caja de zapatos pero grande. La limpió y esta se descubrió como negra. En medio estaba la imagen de un galgo. Uxía levantó los párpados sorprendida y su boca pintó una sonrisa cómplice. Su mirada se precipitó al interior, en la que descubrió decenas de sobres con CDs. Sus dedos se pararon en uno de color verde en la que se leía “Autorretratos-Antonio Vega”. Del sobre extrajo un disco que brillaba como si nunca nadie lo hubiera usado antes. Lo introdujo en la cadena de música y esta empezó a mostrar decenas de títulos. Uxía bajó hasta uno que decía: “El sitio de mi recreo”. Volvió a sonreír y le dio al botón de PLAY.
Mientras sonaban los primeros acordes de la canción, regresó al sofá. Recogió la hoja manuscrita que contenía la carta de Brais que unos minutos antes Belén había leído para las dos y la posó sobre sus pechos. Se recostó apoyando la melena rubia en uno de los cojines. Con su mano derecha, en la que habitaba una alianza de oro blanco con una piedra única, empezó a acariciar aquellas letras que llevaban casi 70 años escritas.
Uxía cerró los ojos y su imaginación se la llevó de viaje hasta su primer piso de soltera en Madrid. Y recordó aquella tarde de verano en la que después de hacer el amor con Brais este le regaló un cuento. La historia de dos niños de apenas doce años que veraneaban en un pueblo costero de Pontevedra y que aquel verano se habían enamorado. Por las noches se escapaban para hablar en la puerta del hotel en el que estaban alojados. Repetían historias que les habían pasado por el día. Se reían, se miraban, pero ninguno de los dos se había atrevido a decirle al otro que le gustaba. Y llegó el último del verano. Esa tarde los dos aparecieron en la playa y vieron la puesta de sol juntos. Él quería gritar: me gustas, pero no sabía como decirlo. Mientras se despedían recordando lo bien que se lo habían pasado juntos, él escribió en la arena mojada “no me olvides”. Se miraron y ella le preguntó ¿me quieres decir algo? y él respondió sí. Tomó aire para afrontar el momento más importante del verano, pero mientras señalaba con su mano al suelo, una ola apareció de repente y cubrió sus pies, les dejó fríos y se llevó el deseo del niño para siempre. Así era Brais, un eterno enamorado de historias sin final.
Y luego su mirada voló hasta el viejo vestidor que tenía enfrente, y que Brais había reconstruido pieza a pieza en el desván haciendo una copia exacta del que había en su piso de Madrid. En alto empezó a contar los azulejos translucidos de colores azules que lo vestían. De izquierda a derecha, uno, dos, tres, cuatro y cinco. Y luego una puerta acariciada por un marco marrón. Y de nuevo, uno, dos, tres, cuatro y cinco. Así lo hacía Brais desde la cama día tras día. No paraba de contarlos, mientras ella le susurraba al oído ¿qué piensas amor? y él decía: pienso en ti cariño y luego, unas veces volvían a fusionar sus cuerpos y otras simplemente se pasaban minutos eternos mirándose.
Uxía cerró los ojos de nuevo y la imaginación la trasladó hasta un lugar lleno de silencio, de brisa y cordura, donde la nieve, el fuego y los deseos se fusionaron por primera vez. Sí, voló hasta recordar el primer día que hizo el amor con Brais, pero en ese momento apareció Belén y la despertó sin querer.
- Abuela, ¿estás bien?
La octogenaria se sobresaltó. Sus ojos marrones se abrieron y se quedaron mirando fijamente a su nieta. Por unos segundos no respondió. No sabía en dónde estaba, ni que había pasado. Belén se asustó y le repitió: ¿estás bien? Al ver que Belén la acariciaba recuperó su ser y Uxía la tranquilizó: Sí cariño. Sólo ha sido un sueño.
10. Carta para Uxía
octubre 17th, 2010 | Juanjo Amorín
El autor recomienda acompañar la lectura de esta carta con la siguiente canción para vivir las mismas sensaciones que Brais tuvo al escribirla.
En un avión, el 27 de julio de 1988 a mediodía.
Hola Uxía.
Cuando leas esta carta, estaré ya muy lejos de ti. Te escribo desde el avión que nos lleva a Buenos Aires. Salimos hace dos horas. Todo ha ocurrido muy rápido. A mi padre le han trasladado de nuevo a Argentina. Le han obligado y con él a todos nosotros. Así de simple y así de cruel. Nos enteramos la semana pasada y no sabía cómo localizarte. Sólo tenía la dirección que me diste de la casa de tu abuela en Málaga y no me atrevía a escribirte por miedo a perderte.
Pero desde que salí de Madrid, desde que el avión se aleja más y más de ti me falta el aliento. Por eso te escribo esta carta ahora, porque quiero abrir la puerta y tirarme, porque quiero que esto se pare y que no llegue nunca a su destino, porque quiero volar hasta tu playa y vivir allí contigo para siempre.
Desde el último día que te vi, si me giro y no te veo, soy un completo incompleto. Como una persona a medio hacer. ¿Sabes a que me refiero?. Soy casi nada porque no te siento, porque no puedo hablar contigo, porque no te puedo tocar, porque no te tengo a mi lado.
Uxía, desde el día que estuvimos juntos en el sofá de tu casa, he muerto y resucitado mil veces, porque siempre estaba ahí la esperanza de que septiembre llegaría pronto, y que volveríamos a estar juntos. Ayer soñé que salía de este mundo y que podía crear otro sólo para ti y para mi. Un mundo a medida para los dos.
¿Por qué el Principito pudo volar entre planetas maravillosos y nosotros no? Hoy, cuando hacía las maletas y metía todos los papeles que nos intercambiamos por las noches, aquel sueño se convirtió en una pesadilla que sigue aquí, sentada a mi lado. ¿Por qué no puede ser todo más sencillo? Tan sencillo como los paseos que nos dábamos al salir de clase camino de nuestras casas y que tanto nos sirvieron para conocernos el uno al otro. Tan sencillo como los mensajes que nos escribíamos cada noche que nos llevaron a la pasión sin tocarnos. Tan sencillo como estar juntos si los dos lo deseamos. ¿Por qué? Seguro que hay una razón que ahora no entendemos.
Sé que no te quiero perder, pero no sé bien cómo hacerlo Uxía. Ojalá pudiera crear una cuerda capaz de unir nuestras ventanas y mantener viva la bolsa llena de papeles todas las noches, pero eso es imposible. Lo único que se me ha ocurrido es mantenernos unidos dándote una parte de mi. Por eso te pido que ahora me prestes mucha atención. Yo no estoy llorando. Este momento es muy especial e importante.
Cuando regreses a nuestra casa de Madrid, sube hasta la última planta y ve al cuarto de los ascensores. Está al fondo a la izquierda. Abre la puerta marrón. Entra y sigue hasta el final del cuarto. ¿Ves una boca de incendios? Levanta la trampilla y aparacerá una caja roja de zapatos. Es para ti. Están muchas cosas de mi vida. Está el patito amarillo de plástico que tanto te gustaba. Por favor, ponlo cerca de ti. Me despedí de él con un beso y le susurré al oído un secreto, una misión y sé que no me fallará. Cuando lo beses, lo sentiré. Y por cada beso que le des, él tendrá más fuerza para conseguir esa misión. Yo tengo los otros dos, sus padres, aquí conmigo. Estarán siempre a mi lado y algún día los juntaremos ¿Vale?
Hay dos casettes. Te dejo nuestras canciones grabadas. La primera es la del Principito. Aquel día, cuando primero me cogiste la mano, en la mitad de la obra, y luego cuando me diste el beso, al terminar, supe que los papeles eran algo más que un juego de letras escritas. Era amor. La letra decía: “Hoy en mi ventana brilla el sol, y el corazón, se pone triste contemplando la ciudad ¿Por qué te vas? Como cada noche desperté pensando en ti y en mi reloj todas las horas vi pasar ¿Por qué te vas?” … Y después dice: “Todas las promesas de mi amor se irán contigo, me olvidarás, me olvidarás. Junto a la estación yo lloraré igual que un niño…” Vaya metáfora de lo que nos está pasando. Yo me llevo una copia de esas canciones. Las escucharé todas las noches y pensaré en ti. Hazlo tú también.
En el sobre azul verás las fotos que te gustaban de mi álbum. Son para ti. Está tu preferida, la de la camiseta de Mazinger Z. Detrás está dedicada. La llevaba puesta el día más feliz de mi vida, el día que me besaste. Ahora la llevo puesta. Y cada día que te eche de menos me la pondré aunque sea invierno. Lo que sí he dejado en la caja son los calcetines de elefantes que tanto te gustaban. Como te quedarán grandes y no pegan con tu vestidos de vichy de cuadros, te propongo que duermas con ellos ahora que llega el inverno. Mi abuela dice que si duermes con calcetines, te puedes quedar ciego, jejeje, pero vamos a correr el riesgo ¿Qué te parece?
Una cosa más. En la tapa de la caja está pegado con celo un sobre marrón, del color de tus ojos. No lo abras ahí. Hazlo cuando vuelvas al Rosalía. Vete al salón de actos y allí lee en alto lo que está escrito. Yo estaré a tu lado. Yo te agarraré de la mano y te prometo que volaremos juntos por todos los planetas que recorrió el Principito. Pero esta vez no la hará solo. Lo hará con su rosa de verdad: tú.
Esto no está en la caja. Piensa que lo que vivimos ha sido una película sin final porque el destino ha dicho que lo tenemos que escribir ahora, los dos, tú y yo. Sé que pasarán muchos días sin vernos y que el tiempo será nuestro peor enemigo, pero si somos capaces de mantener estas sensaciones, algún día veremos ese final juntos, algún día volveremos a temblar, algún día nuestras manos se abrazarán, nuestras miradas se quedarán paralizadas y nuestros cuerpos pedirán a gritos unirse. Guarda la caja y todos los recuerdos como un legado para conseguir este objetivo.
Amor, amor, estoy aquí, tan lejos, pero tan cerca de ti. Te quiero en mi vida porque te quiero. Esperaré lo que tenga que esperar para volver a estar contigo. Yo creo en ti. Ojalá que tú sientas lo mismo. Cada noche abriré la ventana de mi cuarto y le diré a una de las estrellas que me cuida, que te lleve un mensaje. Soy el Principito, seguro que me ayudará. Te quiero. Un beso.
Brais.
PD: cuando llegue a Buenos Aires te escribiré otra carta con la dirección en la que voy a vivir. Sólo te pido que no estés triste y que cuando pienses en mi, sonrías. Hablamos muy pronto.
9. Me cuesta tanto olvidarte
octubre 16th, 2010 | Juanjo Amorín
El desván era largo y estrecho. Sus paredes estaban desnudas con ladrillos del color del barro mojado. Los techos eran altos y eso ayudaba a que la claustrofobia no habitara allí. Una tímida ventana, al fondo, a duras penas conseguía iluminar los viejos recuerdos.
Uxía y Belén estaban sentadas en el viejo sofá, en el medio a la derecha ¿Las ves?
Justo enfrente de ellas, incontables baldas metálicas se erguían hasta el cielo repletas de objetos llenos de emociones. De allí había salido la caja que ahora separaba a las dos mujeres en el sofá, y en la que habían dormido durante tantos años los papeles viajeros de la bolsa azul protagonistas de aquellos meses de octavo de EGB. A sus espaldas se alzaba una pared construída con azulejos semitransparentes con una puerta en medio. Había sido el vestidor de la primera casa de Uxía. Brais lo había reconstruido pieza a pieza, para guardar la ropa de temporadas pasadas y algunas prendas de las que no se querían desprender, como el vestido rojo que Uxía estrenó el día de la fiesta de final de curso. Pegado al sofá estaba una joya: un viejo tocadiscos Grundig y debajo cientos de vinilos ordenados en cajas, una de ellas fue con la que tropezó Belén al entrar en el cuarto. Estaban envueltos en una suave capa de polvo que desvelaba que nadie los había usado hacia mucho tiempo.
Belén llevaba unos vaqueros grises que no podían ser más ajustados y que se perdían entre el marrón claro de unas botas camperas. Su larga melena rubia ocultaba los hombros descubiertos por el murmullo de una camiseta negra que no dejaba ver sus curvas. Estaba sentada con las piernas cruzadas, encima del sofá enfrente de su abuela. Uxía vestía un pantalón de algodón de color blanco y una camisa gris de cuello barco.
Apenas llevaban hora y media hablando, pero el safari eterno de emociones les había emborrachado de imágenes llenas de recuerdos. Belén aún mantenía en su mano el papel recortado de una libreta de dos renglones escrito a lápiz azul que decía “te estoy esperando en mi casa” y que había sido el culpable del primer encuentro entre Uxía y Brais.. Lo miró de nuevo y preguntó:
- Abuela, y después de aquella noche ¿qué pasó?
- Me quedé mi soledad y yo.
- ¿Por qué?
- ¿Tú nunca has sentido la soledad aunque estés desbordada de gente que te quiere? Pues así me quedé yo. Esa fue la primera vez que me atrapó el amor y sin embargo cuando Brais se fue, tuve la sensación de que tardaría mucho tiempo en volver a verle.
- ¿Pero sólo fueron tres meses?
- El mes de agosto de aquel año lo pasé en casa de mis primos, en Zahara de los Atunes (Cádiz) . Era viernes. Habíamos estado todo el día en la Playa de los Alemanes. Me estaba preparando para ir a un concierto de Mecano, un grupo de música de la época.
Cuando estaba saliendo de casa, llegaron mis padres que venían a pasar el fin de semana. Mi hermana pequeña se adelantó y me trajo un sobre que llevaba días en el buzón de Málaga. Tenía escrito mi nombre con la letra de Brais. Era alargado, de color blanco, rodeado con rayas rojas y azules separadas por espacios. Cuando vi el sello de un pequeño avión a la derecha, mi corazón se partió en millones de pedazos porque sabía que las letras que había dentro venían de muy lejos.
Lo dejé todo y salí corriendo hasta la playa. La fuerza de la ansiedad me llevaba en volandas por las estrechas calles del pueblo. No sabía en dónde estaba, pero seguía corriendo, sin sentido, sin brújula… hasta que encontré el precipicio de las olas de la playa y allí me paré. Llevaba el sobre agarrado entre mis manos, pero no me atrevía a abrirlo. De repente, la luna se fue y llegó la tormenta. Me convertí en una gota de agua mojada, por fuera por la lluvia que caía del cielo, y por dentro por las lágrimas de mis ojos. En ese instante recordé la frase que Brais me había dicho unos meses atrás: “Yo no quiero que llores por mi cuando no esté junto a ti”. Me tranquilicé. Me agaché entre dos rocas para resguardarme. El concierto había empezado y de fondo sonaba esta canción.
Uxía, se levantó y como si el tiempo no hubiera pasado o como si siempre hubiera estado allí, recuperó del barullo de vinilos un disco con tres muchachos en la portada. Encendió el tocadiscos y pinchó esta canción. Las dos se agarraron de la mano y la escucharon en silencio.
Nota del autor: cierren los ojos, activen toda la fuerza positiva que lleven dentro y escuchen esta canción.
Al finalizar, Belén preguntó: abuela, ¿qué decía la carta?
Uxía removió dentro de la caja y cogió un sobre que en su día pudo ser blanco y que se identificaba por el sello de un pequeño avión volando en el lateral derecho. Se lo dió a Belén y le dijo, lee tú mejor la carta.
8. En casa de Uxía
octubre 12th, 2010 | Juanjo Amorín
Unos segundos después de leer la última nota que aparecía en la bolsa azul, Brais salió de la habitación. En la cocina estaba Clara fregando los cacharros de la cena.
- Mamá, bajo al patio que se han venido mis amigos de la fiesta.
Clara respondió: Es tarde Brais; mañana les verás.
- No mamá. Tengo que bajar. Había quedado con ellos.
Clara, que estaba cansada de pelear el día claudicó: Sube pronto. Nosotros nos vamos a dormir ya. Brais saltó sobre el cuello de su madre y le plantó un beso que no entendió. Mientras salía por la puerta Clara dijo en alto: “este niño se ha vuelto loco”. Y así era. Uxía a él no le había recetado cordura, simplemente porque lo quería así: loco.
Brais cerró la puerta y se vió ante la soledad del corredor de la quinta planta. Al fondo estaba la letra A, la de la puerta de Uxía. Se acercó como un soldadito de plomo mutilado, arrastrando sus nervios por aquel pasillo. Una parodia de ser humano. Ya estaba allí. Tomó aire y golpeó ligeramente la puerta para evitar ruidos. Cerró los ojos. Apretó atormentado las manos. Uxía abrió la puerta y le dijo: “hola Brais, pasa”.
Llevaba el vestido rojo de la fiesta. Caminaba de espaldas marcando con sus curvas el camino hacia el salón. Iba descalza. De fondo sonaba la música de los 40 Principales. Uxía se sentó en un lateral del sillón. Síentate aquí -le dijo-.
En el desván
- ¿En este sofá?
- Sí Belén. Ahí dónde estás tú ahora. Fue en este sofá. Fue el día en que escuché su voz como nunca. Fue el día que me enamoré del abuelo Brais. Este sofá se vino a Madrid a mi primer piso y luego regresó a la casa de la playa. Y un buen día lo guardamos en el desván porque no queríamos que se estropeara. Porque forma parte de nuestra historia.
- Jo, abuela, qué bonito. ¿Y qué pasó aquella noche?
Regreso a la historia
Brais sin buscarlo, recuperó aquel acento porteño que había metido en la maleta de vuelta hacía nueve meses. Recordó la estrofa de una canción que sonaba en su cocina y que su madre no paraba de tararear:
- Cada vez que me miras, vuelo.
Uxía se mordió el labio inferior y suspiró. Brais continuó:
- Sé que el viernes te vas a Málaga.
- ¿Cómo lo sabes?
- Tu madre se lo dijo a la mía el otro día.
- Ya.
- Uxía, estoy metido en un lio y no sé cómo voy a salir de aquí. Me gustas mucho. Pasado mañana cuando despierte, tú estarás lejos. ¿Y si no te vuelvo a ver? ¿Y si te olvidas de mi?
Uxía se acercó y le cogió de la mano. La tenía helada. Sus ojos se fundieron con los de Brais emergiendo una química irrepetible. Ella le acarició, y el cuerpo de Brais se estremeció. En ese momento una lágrima azul salió de la pupila del Principito. “Yo no quiero que llores por mi cuando no esté junto a ti” -dijo Uxía-. Brais apretó su mano como si la perdiera para siempre, como si fuera la última vez y le respondió con un abrazo que duró minutos. Eran dos imanes formando un campo magnético que duraría toda una vida. Porque hay cosas que suceden sólo una vez y se mantienen siempre: son los recuerdos.
Mientras Brais y Uxía seguían abrazados, en la radio comenzó a sonar esta canción.
Nota del autor: pongan la música y sigan leyendo
Brais retiró la melena de Uxía y empezó a besarla en el cuello. El olor de su colonia, aquella que le acompañaba cada día desde septiembre se hacia suya por primera vez. Su nariz se apoyó en el lóbulo de su oreja. El roce de sus mejillas generó un fuego interior irrepetible. Ella perdía sus dedos entre el pelo de Brais. Y el apretaba con su mano izquierda el muslo de la pierna de Uxía. En ese momento se tumbaron uno encima del otro. Brais se quedó encerrado entre dos mundos. Se miraron y empezaron a besarse. Sus labios se pegaban y rebotaban hasta que dejaron de ser dos para ser uno. Volaron, como lo había hecho el Principito, pero esta vez no volaba solo, sino con su rosa, aquella que era diferente a las demás, aquella que era única en el planeta que habitaba el pequeño Brais. Volaron y volaron sin miedo, sin pensar en si lo que estaban haciendo era lo correcto o era lo que querían. Sin pensar en nada, ni en nadie. Uxía levantó la cabeza, miró fijamente a Brais que estaba llorando y le dijo: “te quiero”. Él respondió: “yo también te quiero”. El amor, es así, viene, se va y vuelve, pero cada vez que se posa en ti, te marca para siempre y nunca como la vez anterior. Y con la música de fondo… juntos se seguieron besando, sin más, un amor de catorce años incondicional.
7. La fiesta
octubre 12th, 2010 | Juanjo Amorín
En el desván
- Fue un 17 de junio de 1988. Yo llevaba un vestido rojo con cuello palabra de honor precioso. Lo había comprado con mi madre el sábado anterior en el Zara de la Gran Vía. Era muy ceñido arriba y al llegar a la altura del talle se disparaba para perderse por encima de la rodilla. Y qué bonitas eran las sandalias blancas, abiertas y sólo enganchadas por el dedo gordo del pie.
- Mamá tiene una foto con un vestido parecido -dijo Belén- que recordaba la imagen por álbum de fotos familiar.
- Sí. Se lo dejé para uno de los cumpleaños de Pol. Está en aquel armario del fondo -señaló Uxía al fondo del desván-.
- ¿De verdad?
- Sí, ve allí y acércamelo.
Belén se levantó y saltando con cuidado entre los objetos que había en el suelo llegó hasta el viejo armario de dos puertas de color blanco. Allí el rojo destacaba. Lo tomó entre sus brazos y lo llevó hasta el sofá.
- Es precioso. ¿Verdad?
- Sí, lo es abuela. Es precioso.
- Quiero que te lo quedes. Para ti, para siempre. Pero sólo te pido una cosa, póntelo sólo cuando creas que puedes vivir un momento único.
Las dos mujeres se fundieron en un profundo abrazo que rompió Uxía diciendo: estás muy delgada, se te notan los huesecillos.
- Cuéntame que pasó en la fiesta, abuela.
Vuelta a la historia
El patio del Rosalía, que tenía el tamaño de un campo de fútbol, se había llenado de luces de colores. En uno de los laterales estaba el palco del que salía la música enlatada que pinchaba un DJ amigo de la profesora de interpretación. Al otro lado estaba una barra que había montado la Asociación de Padres y Alumnos en la que se servían refrescos y sandwiches de jamón con queso.
A las 20 horas aún era de día. Uxía estaba con sus amigas hablando de los planes del verano. El domingo por la mañana sus padres la bajarían a la casa de los abuelos en Málaga. Allí estaría hasta el próximo septiembre, como todos los años. Su forma de contarlo esta vez la delataban. La ilusión se había transformado en melancolía.
Brais estaba con los chicos del grupo de teatro a menos de cinco metros de las amigas de Uxía. Los chicos se acercaron a ellas y empezaron a hablar. La mejor amiga de Uxía era Silvia. Se conocieron en la guardería y siempre habían estado juntas. Silvia conocía la relación que había entre Brais y Uxía.
Amalia, la profesora de interpretación, cogió el micrófono y pidió un minuto de atención a todos los que estaban en la fiesta. “Chicos ha llegado el momento de que hagamos el baile de fin de curso. Este año habrá sorpresa. En la puerta os han dado un número. Pues bien, hemos hecho un sorteo y vamos a ir montando las parejas. Voy diciendo los números y os vais colocando en el centro de la pista. Un jurado desde el escenario seleccionará a la mejor pareja del curso”.
La novedad que había introducido Amalia sorprendió a todos los alumnos y se montó un correveidile de murmullos, sonrisas y nervios. Brais tenía el 72 y Uxía el 12. Amalia comenzó a cantar los números y los chicos empezaron a salir a la pista. Apenas se le oía por la algarabía creada. Las parejas eran surrealistas. Chicos con chicos, chicas con chicas, niños de quinto con niñas de octavo… Amalia pronunció el 12 y Uxía miró a Brais, pero lo abandonó un segundo después para salir al centro del patio. Un segundo que se congeló cuando Amalia dijo el número con el que bailaría, el 3. Era el de Carlos, aquel compañero de clase que no había dejado jugar a Brais el primer día de clase.
Regreso al desván
- Jo, qué mal ¿no abuela?
- Bueno, así es el azar Belén. Tu abuelo, años más tarde me diría que esa fue la primera vez que sintió celos, aunque él lo llamaba envidia.
- Y el abuelo, ¿qué pasó con él?
- Le tocó bailar con Silvia.
- ¿Tu mejor amiga? ¡Pero bueno!
- El azar, o el destino hija.
- No me lo puedo creer. Vaya peliculón.
- Y ¿qué canción pusieron?
- My Boy Lollipop
Regreso a la historia
Ninguna de las dos parejas creadas por el azar (Uxía y Carlos) y (Silvia y Brais) ganó aquella tarde, aunque la escena pasaría a formar parte de esos chascarrillos que regresaban cada año en las celebraciones entre amigos.
A las 22 horas, cuando la fiesta estaba a punto de terminar Uxía se acerca a Brais. Le nota molesto. Y él a ella también. Ninguno de los dos quería lo que había sucedido, pero los dos lo asumían como una decisión del otro. Uxía le dijo a Brais, “me voy para casa”. Y este que quería decir “me voy contigo”, le espetó “yo me quedo”. Uxía se giró sobre si misma y se fue sola. Brais se quedó sin reaccionar.
Media hora después, Brais dejó la fiesta. Estaba desorientado y se puso a andar. Veinte minutos después estaba frente al portal de casa. Siguió dando vueltas a la manzana sin saber qué hacer: llamar al telefonillo de Uxía o subir hasta su casa. Una tormenta de sensaciones no le dejaba aclarar sus sentimientos. Sin recordar porqué, ni cómo, se vió en su habitación. Puso música. Miró por la ventana para intentar descubrir a Uxía, pero la persiana estaba cerrada a cal y canto. Una ráfaga de viento golpeó una de las alas de la ventana de su habitación. El estruendo fue tan grande que Clara, la madre de Brais apareció en la habitación para descubrir lo que había pasado. Brais estaba tumbado sobre la cama. Clara se acercó a cerrar la ventana y vió una bolsa azul volando de un lado para otro.
- Y esta bolsa ¿qué hace aquí?
Brais saltó de la cama y empujó sin querer a Clara.
- Es mía mamá. Es un experimento de clase. Déjala ahí.
Clara estaba despistada con Brais. Él no era así. La edad le había cambiado desde que habían llegado de Buenos Aires. ¿La edad? Ella sabía que había algo más. La madre abandonó la habitación. Y en ese mismo instante Brais abrió la ventana de nuevo, rasgó la bolsa ya en el interior de la habitación y leyó un papel que decía: te estoy esperando en mi casa.
6. Dos semanas y catorce noches
octubre 12th, 2010 | Juanjo Amorín
Cuando tienes 14 años pueden pasar dos semanas y el mundo sigue ahí, esperando, como si nada fuera contigo. Y eso fue lo que pasó. Brais y Uxía no paraban de mirarse en clase, en el recreo. Cada noche la bolsa azul hacía su trayecto habitual cargado de papeles que se amontanaban en lugares secretos de las dos habitaciones. Era una eterna felicidad sin nada más.
El penúltimo día de clase, a las ocho y media Brais esperó a Uxía en la puerta del colegio, tal y como habían pactado la noche anterior. Uxía vestía una minifalda vaquera, calzaba unas sandalias de estilo romano y una camisa blanca se ceñía a un cuerpo que ya nada tenía que ver con el de una niña. Brais la esperó ligeramente apartado del corredor por el que pasaban el resto de compañeros. Cuando estaba a su altura le dijo:
- Hola, ¿qué tal estás?
- Bien. Muerta de sueño ¿y tú? – respondió Uxía con una sonrisa cómplice-.
- Yo también. Ayer se nos hizo tarde.
- Ya.
Uxía había cambiado bastante en ese año. En septiembre era una niña más, pero ahora parecía una adolescente con ganas de escapar. Sus amigas eran diferentes a ella. Mantenían ese punto de inocencia aún infantil, al tiempo que ella ganaba fuerzas de revolución interior.
- Tenemos que entrar ya -dijo Brais- pero antes quería pedirte una cosa.
- Dime.
- Mañana es la fiesta.
- Sí
- Quiero estar contigo. Quiero estar a solas contigo.
- Esta noche lo hablamos -dijo Uxía- dando por terminada la conversación.
Aquel jueves sólo el cuerpo de Brais asistió a clase. Su cabeza faltó a la cita.
A las diez en punto estaba sentado en la esquina de la cama fijando la mirada en el fondo de la ventana. Puntual apareció una sombra tras las cortinas vaporosas. Era Uxía, por la estatura y por la forma de su cuerpo. Luego la sombra se alejó, para volver a aparecer. Brais, como cada día desde hacía dos semanas, se levantó y abrió la ventana. Pero ese día la escena era diferente. Cuando fijó la mirada casi se cae del susto. La sombra se estaba quitando la ropa. La camisa desapareció serpenteando entre los brazos erguidos y la cabeza. Luego un movimiento en zig-zag sugirió la pérdida de la falda…
Vuelta al desván
- Abuela, ¿no me puedo creer que fueras así de heavy?
- Pero ¿tú que te crees hija? Mis hormonas estaban entonces por las nubes, tanto como hoy lo están gaseosas.
Una carcajada de las dos mujeres resonó en el desván haciendo olvidar por un momento todas las angustias de las horas pasadas.
Belén, que aún mantenía varias lágrimas en los ojos de tanto reir, preguntó:
- ¿Y qué pasó aquella noche? ¿Y la siguiente?
- Vamos por partes -tranquilizó Uxía- Aquella noche…
… Regreso a la historia
… aquella noche Brais recobró el papel del Principito. Estaba volando entre dos planetas de un cosmo llamado Uxía. Flotaba. En su cuerpo se lidiaba una batalla entre el poder de la razón que le decía ¡no mires! y el fuego incandescente de su corazón que le susurraba “no te preocupes, pasabas por aquí”. Dos o tres segundos de ternura. Una eternidad.
La sombra había desaparecido para convertirse en Uxía. Brais levantó su mano y la pegó al cristal. Uxía respondió con una sonrisa. Eran las diez y diez, pero bien podrían ser las cien y cien. El tiempo se paralizó, el ruido se hizo eco y sin darse cuenta la bolsa azul llegó a la ventana de Brais. La abrió. La luna le ayudó a encontrar la cuartilla que decía: “mañana nos escapamos de la fiesta y venimos a mi casa. Mis padres no estarán”. Brais la miró y dijo, sí.
5. La bolsa azul
octubre 11th, 2010 | Juanjo Amorín
La Colonia de Nuestra Señora de la Consolación se había construído para dar hogar a los funcionarios de la ciudad. Joaquín había optado a un piso en régimen de alquiler por ocupar la plaza de médico en el hospital provincial. Vivían en la quinta planta. La casa hacía forma de L. Justo enfrente, y como si de una pieza del tetris se tratara estaba la casa de Uxía. La habitación de Brais estaba en la pata de la L y la de Uxía también. Así que sus ventanas se enfrentaban.
Aquella noche en la casa de los Gómez había espaguetis a la boloñesa, la comida preferida de Brais. Su madre no se podía creer lo que había sucedido. Con el plato medio lleno, el niño se levantaba.
- ¿Estás mal Brais? advirtió Clara preocupada por aquella inapetencia.
- Me duele un poco la tripa, mamá, respondió Brais, mientras se levantaba diciendo: creo que me voy a tumbar en la cama.
- Vete yendo que ahora te miro si tienes fiebre.
- No mamá, si estoy bien y no tengo fiebre. Sólo me duele un poco la tripa.
- Bueno, ahora voy.
Brais dió por buena la amnistía de levantarse de la mesa y pensó que la siguiente batalla sería evitar que su madre entrara en su cuarto justo cuando llegara la hora de su primera cita con Uxía por la ventana.
Ocho horas antes, otro hecho histórico se había pronunciado. La frase “ce soir regarde par la fenêtre”, escrita en lápiz por Uxía, en el margen de la lección 21 del libro de francés aventuraba algo tan desconocido como excitante y esa era la causa de que los espaguetis a la boloñesa acabaran en un tupperware para el día siguiente.
Clara entró a ver cómo estaba Brais, en el mismo momento en el que al fondo sonaron las campanas de la Iglesia de la Inmaculada que anunciaban las diez en punto de la noche . Le tomó la fiebre y se quedó tranquila porque estaba todo en orden. Le dió un beso y le dejó a solas.
Brais encendió la luz de su mesilla de noche y se acercó a la ventana. Al fondo todo estaba oscuro. Apenas se veían dos carriles ilegales de cuerdas que los anteriores inquilinos habían colocado para tender la ropa y que estaban inutilizadas ahora por normativa municipal. No era buena imagen ver los calzoncillos del prójimo colgados hacia la calle.
Volvieron a sonar las campanadas de las diez y cuarto, a las que le siguieron las de las y media y todo seguía igual de oscuro. Brais miraba una y otra vez el margen del libro y llegó a dudar de si las letras en lápiz eran o no las de Uxía. En una de esas fijaciones entró un destello. La luz de la ventana de Uxía se había encendido. Brais introdujo la cabeza entre sus piernas para que no se le viera, al tiempo que comprobaba que aquella luz venía de enfrente. Sí, era la ventana de Uxía.
Poco a poco se puso de pié y con el rabillo del ojo miró por la ventana. Se veían sombras paseando. Reconoció la de una señora alta, la madre de Uxía que iba y venía hasta que se paró y como un rayo la persiana se vino abajo dejando a oscuras de nuevo la vista de Brais.
Sonaron las campanas de las once y luego las de las once y media. Brais dió por abortada la misión. No entendía que había pasado. Se metió en la cama y no paró de darle vueltas. Los ojos se le cerraban hasta que un golpe seco que sonó del exterior le espabiló. Se levantó acelerado, aturdido también. Todo seguía a oscuras. La ventana de Uxía estaba como la había dejado su madre horas antes. Brais abrió la suya con cuidado para evitar despertar a su familia. Era una noche con viento. Quizás algún pájaro desconcertado había chocado contra la persiana o simplemente una teja se había desprendido. Pensaba en estas causas cuando el viento descubrió el sonido de algo que parecía una bolsa. Brais encendió la luz de la mesilla, y al acercar su cara a las cuerdas vió una bolsa azul enganchada a dos pinzas de tender la ropa. ¿Qué hacía aquella bolsa allí? Desenganchó las pinzas, una a una, y con la mano derecha cogió la bolsa y la metió en su cuarto. La bolsa azul estaba atada con hilo de calcetar. La abrió con la precisión de un cirujano. Dentro de ella había un papel doblado.
Vuelta al desván
- ¿Y qué decía la nota abuela? Se apresuró a preguntar Belén.
- Acércame aquella caja -señaló Uxía a su nieta-.
- ¡Cómo pesa abuela!
Belén reposó la caja en las rodillas de Uxía. Ayúdame a abrirla, hija -dijo la abuela-.
Era una caja de latón dos veces el tamaño de una caja de zapatos. Al abrirla lo primero que apareció fueron tres patos de color amarillo de plástico que sorprendieron a Belén.
- ¿Y esto? preguntó Belén.
- Luego te lo cuento, respondió Uxía, mientras iba sacando de la caja, pequeños objetos como un viejo llavero en forma de K, un collar de color gris, flores secas… Aquí están las cartas. Mira es esta. Léela tú.
Belén abrió la cuartilla y leyó: Me gustas desde el día que te conocí
4. Los pupitres
octubre 10th, 2010 | Juanjo Amorín
Los pupitres del Rosalía en 1988 eran de madera y estaban unidos en asientos de a cuatro. Las cubiertas tenían cicatrices de palabras que querían pasar a la historia. Frases sin sentido para el tercero que las leía y esenciales al tiempo que inocentes para aquel que las había esculpido con tesón. Cuando alguien escribe una frase por muy pequeña que sea, lo hace con un motivo y por eso aquellas palabras, una tras otra, no pasaban indeferentes aunque sus protagonistas ya estuvieran lejos de las aulas.
La tapa de los pupitres se levantaba y descubrían un compartimento personal para cada alumno. Hasta ese año se utilizaban para dejar los libros, pero las normas del colegio habían cambiado porque las desapariciones colmaron la paciencia de Don Amadeo, el director. Así que ese año había más espacio para los secretos prohibidos.
Tras el beso que Uxía le había dado a Brais, minutos después de su representación del Principito, los dos sabían que habían abierto una nueva puerta, pero la inocencia les cegó sus resultados. Ojalá todos los mayores pensaran siempre así.
El lunes 23 de mayo abría la última semana de clases a jornada completa. A partir de junio, sólo habría colegio por las mañanas. Así hasta el 17 de junio que llegarían las vacaciones. Aquel lunes fue un día como otro cualquiera, salvo para Brais. No había visto a Uxía en todo el fin de semana porque se había ido a Málaga a visitar a sus abuelos. Llegó antes de tiempo al Rosalía y se sintió como un pequeño héroe local. La función le había salido de diez y nadie se olvidó de hacerlo presente, incluída Doña Blanca que abrió la clase con estas palabras: “tan importante es estudiar, como hacer las cosas con pasión. En nuestra clase está el protagonista de la obra del pasado viernes, así que por lo bien que lo ha hecho, vamos a darle un aplauso”.
El halago, ya se sabe, debilita. Y Brais no fue inmune a aquellas palabras.
A las once y media en punto sonó la campana del recreo. Esta vez Brais no salió corriendo tras la manada desbocada de compañeros. Se quedó sentado en su pupitre. Su fin de semana había sido largo. Uxía no salía de su cabeza ni un sólo instante. Rebobinaba una y otra vez la escena del beso como lo hacía con los casettes grabados a los que le metía un boli bic en uno de los ojetes para machacarlos con canciones de los 40 principales que salían de la radio que tenía en su cuarto. Así se pasó todo el sábado y el domingo. Brais tenía 14 años, pero su estancia en Buenos Aires le había acelerado la madurez. Sentía algo que en las canciones, otros llamaban amor.
Llevaba unos pantalones beis cortos, una camiseta de su serie favorita MazinGer Z y unas adidas con calcetines blancos que cubrían hasta la espinilla. Poco antes de salir de casa se había subido al altillo para abrir la caja de herramientas en la que Joaquín tenía lo básico para hacer las chapuzas del hogar. Cogió prestado un pequeño destornillador que ahora llevaba en su bolsillo izquierdo.
Tenía miedo porque nunca había roto un plato. No sabía mentir, ni tampoco aliarse con lo prohibido, pero algo superior le animó a hacerlo. Se dirigió hasta el pupitre de Uxía, dos filas más adelante. Se sentó en su asiento. Respiró hondo porque le faltaba oxígeno o quizás porque necesitaba fuerzas. En su exalación olió la colonia que recorría el ascensor de casa cada mañana camino del colegio, la de Uxía. Miró a su alrededor y al verse solo en medio de la clase empezó a esculpir tres letras que quedarían marcadas para siempre en la memoria de los dos: UyB. Luego salió corriendo.
Se refugió en el baño. Estaba muerto de miedo, pero también tenía ganas de mear. Lo hizo y aunque jamás supo decir porqué el caso es que no apuntó bien y se mojó los pantalones beis claros que quedaron marcados con un lamparón del tamaño de un puño, justo en el mismo instante en el que sonaba la campaña del final del recreo. Brais ni conocía a Murphy, ni sabía de sus leyes, pero no se le escapaba en ese momento la sensación de que el mundo se acababa ahí, en ese instante. No sabía cómo regresar a clase con ese cuadro en sus pantalones y con la escena de ver la cara de Uxía tras el mensaje que le había dejado en la tapa de su pupitre. El silencio de los pasillos caía como una losa en su mente porque advertía que todos ya estaban en clase. Era el peor momento de su vida.
Se dirigió hasta el aula mientras aireaba la pierna derecha para provocar un secado express que no llegaba. Giró con precisión la manilla de la puerta y al abrirla toda la clase se le quedó mirando. Escondía la pierna tras la puerta. Miró a Doña Blanca y le dijo: “me quedé encerrado en el baño, ¿puedo pasar?”. Doña Blanca no le dió importancia y mientras escribía en la pizarra le despachó con un “pasa”. Pero Brais no sabía como cruzar aquel campo de batalla. Pegó su mano al pantalón y comenzó a andar de una manera rara y acelerada. Al pasar delante del pupitre de Uxía miró al cielo y echó a correr hasta que logró tomar asiento.
Estaba casi todo hecho. Levantó la tapa de su pupitre. Cogió el libro de francés. Lo abrió por la última lección, la 21, verbos irregulares. Pero su vista se disparó hasta el margen derecho en dónde encontró la siguiente frase escrita a lápiz: ce soir regarde par la fenêtre.
3. El Principito
octubre 10th, 2010 | Juanjo Amorín
Brais y Uxía fueron intimando a medida que pasaba el curso. El primero se había ganado un puesto de defensa central en el equipo y se había integrado en el grupo de teatro. Su expresividad y pasión en la interpretación sorprendió tanto a la profesora de teatro que esta sugirió a los padres de Brais que lo metieran en una academia especializada. Joaquín, el padre de Brais, no lo veía mal, pero creía que ese no era el momento. Uxía se había apuntado a clases de pintura y estaba entusiasmada envuelta entre los colores de las acuarelas. Para su cumpleaños había pedido un caballete y sus padres se lo estaban pensando porque en el piso no había espacio para semejante trasto y la única opción era meterlo en la habitación de tres por tres que empezaba a inundarse de los caprichos de una preadolescente.
El 27 de mayo de 1988 era viernes. A las 19 horas estaba anunciada la representación de la primera obra del grupo de teatro del Rosalía: El Principito, una adaptación para el teatro realizada por Amalia, la profesorea de interpretación. Era el penúltimo gran evento antes de los exámenes de junio y de la fiesta final de curso. Brais se había apoderado del papel de Principito y le iba como anillo al dedo porque él era así: se pasaba el día haciendo preguntas que todo el mundo creía como estúpidas, pero que nadie se atrevía a responder.
Clara, la madre de Brais, le había hecho el traje de la obra con los restos de cortes que encontró a buen precio en un telar a peso que estaba en el centro de la ciudad. Era una artista de la aguja y el dedal y Brais estaba emocionado con los ropajes.
Amalia había citado a los chicos a las 17 horas para hacer el último ensayo general en el salón de actos del Rosalía. Media hora antes de dar inicio la obra, Brais salió a buscar a sus padres a la puerta. Estaba nervioso aunque lo disimulaba como hacen los grandes, con una sonrisa. Vestía un abrigo verde con las solapas y el fondo de las mangas de rosa palo. Por encima le sobresalía la chorrera de una camisa blanca que combinaba con un pantalón bombacho de seda que se fruncía con una botas de color fucsia que casi le llegaban a la rodilla.
Sonó el timbre que avisaba del inicio de la sesión. Padres, profesores y alumnos abarrotaban las sillas del salón. No cabía ni un alfiler más. Se apagaron las luces. Aquella tarde Brais voló de planeta en planeta para explorar otros mundos y hablar con sus personajes: un rey, un vanidoso, un borracho, un hombre de negocios, un farolero y un geógrafo…
Vuelta al desván
- Belén, ¿sabes qué?
- Dime abuela.
- Así hablaba tu abuelo, siempre decía “sabes qué…” y yo siempre le respondía “que si sé qué…”
Uxía y su nieta se ríen y siguen la conversación:
- Recuerdo como si fuera hoy un momento de la obra.
- ¿Cuál?
- El Principito se había enamorado de una rosa. En su Planeta había muchas, pero esta no era una cualquiera. Era la única que había “florecido” y perduraba… Pues bien, la rosa se puso a cantar esta canción.
Nota del autor: pongan la música y sigan leyendo
Uxía continúa hablándole a su nieta Belén
- El abuelo bajó del escenario y se perdió entre el público mientras La Rosa seguía cantando. Se acercó a la segunda fila y cuando sonaba la frase “Junta a las manillas de un reloj… esperarán… todas las horas que quedaron por vivir… esperarán…” apoyó su mano en el asiento que yo ocupaba. No me había visto porque apenas había luz. Yo no lo pude resistir y puse la mía encima. Me miró y empezó a temblar.
- Ufff, suspiró Belén, ¿y qué pasó abuela? Cuenta, cuenta.
- No pasó nada más. La obra continuó hasta el final. Yo le dije a mis padres que me iba con mis amigas al patio, pero me fui a la trasera del salón de actos. Allí, en una esquina, estaba Brais. Al verme se acercó y yo le hice el camino más corto. Estaba sudando. Le di un beso en la mejilla y salí corriendo.
2. El nuevo
octubre 10th, 2010 | Juanjo Amorín
Era el primer día del último curso de EGB.
- Uxía Ribas Llanos, leyó en alto Doña Blanca, la profesora de octavo del Colegio Público Rosalía, con la voz tomada por los primeros fríos de septiembre que venían de la sierra.
Apurando aún el Ribas, Uxía respondió: sí señorita.
Y dando la razón a su forma de ser, se levantó de la silla con la fuerza con la que salen disparados los cohetes que se lanzan por las fiestas de San Roque. Tan de sopetón que su vestido voló y por unos instantes todos los chicos que estaban tras el pupitre de Uxía vivieron una foto finish, de esas que duran un segundo, pero que parecen una eternidad. El tiempo en que Uxía movió el brazo derecho para ponerlo todo, de nuevo, en su sitio.
Dos filas más atrás estaba Brais Gómez que se quedó impactado con la escena. Años más tarde confesó que aquello había sido sólo un prólogo de una larga historia. En el curso de octavo, los chicos se volvieron locos por Uxía, pero ella les recetó cordura.
Cuando llegó el turno de la presentación de Brais, toda la clase se giró. Era nuevo en el colegio. Su familia acaba de regresar tras cinco años de emigración en Buenos Aires dónde su padre había ejercido como médico de la embajada española. Llevaba sólo dos días en España. Su acento porteño y la semántica desconocida de algunas de sus palabras provocó la sonrisa de todos, incluída la de Uxía. Brais estaba avergonzado de los sonidos con los que hablaba o quizás tenía miedo por las consecuencias de aquellas risas, pero lo cierto es que su cara se transformó en un tomate maduro. Se salvó de una explosión gracias al reloj que a las once y media en punto disparó el timbre del patio. Recreo, dijo Doña Blanca. Media hora para tomar el bocata y jugar.
Brais salió corriendo con su bocata de Nocilla en la mano tras el grupo de chicos que tenía el balón con el que se jugaría el partido de fútbol del Rosalía. Un tal Carlos se encargó de decirle que estaban los equipos completos y su adrenalina se esfumó.
Enfrente de él, estaban las chicas saltando a la goma elástica. Uxía estrenaba un vestido de vichy de cuadros con cuello azul marino. Esa fue la razón por la que ese día no saltó. Se puso en uno de los laterales de la goma. Tenía a Brais en línea recta. Y él a ella.
Ninguno de los dos sabía que el destino los había hecho algo más que compañeros de clase.
A las cinco y media sonó por segunda vez el timbre. Se había acabado el primer día de clase. Uxía salió corriendo y desapareció. A Brais le esperaba su padre dentro de un viejo Citröen rojo. Le acercó hasta la puerta de casa y esperó a que entrara en el portal. Brais llevaba una mochila con los colores azules de su equipo de fútbol, Boca Juniors, y con la imagen de Maradona grabada en el centro. Cerró el portal y se dió media vuelta para despedir desde el interior a su padre. Subió los tres escalones de la entrada y se dirigió por un largo y estrecho pasillo hasta el ascensor. Al fondo escuchaba voces que hablaban. Cuanto más se acercaba los latidos de su corazón más se apuraban y sus pasos decrecían. Sonó una campanilla. La mujer alta que hablaba abrió la puerta del ascensor. A su lado estaba una niña con un vestido de vichy de cuadros. Brais al reconocerla se quedó clavado en sus pasos que advirtió a las dos mujeres de la presencia de un tercero. Se giraron y se hizo un silencio que rompió Uxía diciendo: mamá, el nuevo.
1. El sofá
octubre 9th, 2010 | Juanjo Amorín
Se metió en el desván con miedo porque nunca había llegado hasta allí. Estaba oscuro. Tropezó sobre si misma y cayó como una piedra al vacío. Fueron dos segundos pero los sintió como toda una vida, hasta que algo la paró. Abrió los ojos y se vió salvada boca abajo mientras un haz de luz que entraba por la pequeña ventana del sur la cegaba. Tembló. Su mano derecha se enganchó a la tela que la envolvía. Al levantarse esta se desgarró y mostró su salvación: el sofá.
Belén tenía 16 años y había descubierto el viejo mueble en el desván de la casa de sus abuelos, Uxía y Brais. Estaban de mudanza. Un día antes habían enterrado a Brais. Uxía se iba a vivir con ellos de nuevo a Madrid, allí dónde había empezado todo. Unos minutos antes, ella había oído el golpe y siguió los pasos de su nieta. Belén no había perdido el miedo cuando se encontró con la imagen de la abuela.
- ¿Qué haces aquí Belén? le dijo con una voz que apenas salía, rasgada por el dolor de las horas pasadas.
- No sabía que aquí había tantas cosas abuela. Tropecé y me caí. Pero estoy bien.
Uxía acercó su mano arrugada a la mejilla de Belén. Acarició a la pequeña que sintió aquel gesto como un perdón mientras una lágrima salía de las entrañas de la octogenaria.
- ¿Por qué lloras abuela? Estoy bien. Sólo ha sido un susto.
- Lloro porque estás sentada en el lugar de tu abuelo.
- ¿Este sofá… ?
- En este sofá nos besamos por primera vez tu abuelo y yo.
Era mediodía. Estaban solas en la casa de la playa que un día después abandonarían. Aquella tarde Belén recibió el mejor regalo de su vida: la historia de sus abuelos, Uxía y Brais. Así empezó todo, sentadas las dos en un sofá.
El futuro no es un regalo, es una conquista
octubre 9th, 2010 | Juanjo Amorín
El pasado no lo puedes cambiar, el presente hay que vivirlo con intensidad y el futuro se puede conquistar. Esta es la historia de un sueño.