28. París (segunda parte)

diciembre 23rd, 2010 | Juanjo Amorín

- Abuela ¿qué me estás contando?¿Sofía?, la tía Sofi, ¿es fruto de aquella noche de viernes en París?
- Ja! Ja! El calendario nos dijo eso, pero nunca se sabe a ciencia cierta Belén. Aquel viernes, fue intenso, pero también todo lo que pasó durante el fin de semana y los días siguientes.
- Cuéntame qué paso abuela.
- Aquella mañana de sábado abrí los ojos justo cuando los rayos de sol se posaron en mi almohada. Eran las doce. Me revolví buscando a Brais en el otro lado de la cama, pero no estaba. Me levanté y me acerqué hasta el salón y allí al fondo, le vi vestido con un pijama negro con rayas muy finas de color blanco sacando fotos desde la vidriera de la terraza. Al escuchar mis pasos se giró y con una sonrisa en la boca me hizo un gesto para que me acercara. Mientras lo hacía comenzó a disparar fotos y yo me tapaba la cara y le gritaba “en pijama y con estos pelos no, no no no”. Cuando llegué a él, me abrazó y me dio un beso de buenos días en la frente. El cielo de París parecía el de Madrid, preñado de aquel azul intenso. Apenas había tráfico en la avenida y se veían pasar barquitos llenos de turistas paseando por el Sena.
- ¿Desayunamos? – me preguntó-
- Claro.
- Ya está todo preparado en la cocina. Ayúdame a traerlo al salón.

Montamos la mesa con todo lo que un buen brunch resiste: zumo de naranja, café, leche, croissants recién horneados, huevos revueltos con queso fundido, jamón de york, uvas y piña. La noche había sido larga e intensa física y mentalmente y estaba que lo devoraba todo. Él estaba sentado de espaldas a la terraza y yo le miraba.

- ¿Cómo estás? -me preguntó-.
- Feliz. Estoy feliz. ¿Y tú?
- Volando aún Uxía. Volando. Para mi estar hoy contigo aquí es un sueño hecho realidad. Es un sueño de niño, pero es el deseo más grande que puede tener este adulto. Ayer, te di todo lo que sentía, pero me quedé corto de tiempo para decirte todo lo que llevo dentro.
- Bueno, tenemos mucho tiempo para hablar, ¿no?.
- Sí y no quiero desaprovechar ni un solo minuto. Mira Uxía. Sé que hemos tenido vidas muy diferentes hasta ahora. También sé que lo nuestro fue una historia de niños y que tras veintidós años las personas cambian. El destino nos unió de nuevo y yo no quiero dejar pasar esta oportunidad. El día que te vi en mi consulta, pensé que estaba soñando. Luego cuando te fuiste, pensé que no te podía perder y por eso te envié la caja con los cuentos que había escrito desde Buenos Aires. El primero tenía mucho de mi y el segundo mucho de ti. Ahora sueño con escribir un día un tercer cuento y le llamaré “Uxía y Brais” y contaré todo lo que nos ha pasado, todo lo que nos está pasando y todo lo que nos pasará. Porque yo Uxía…
- Brais -le interrumpí- ayer viernes por la mañana cuando estaba en casa organizando el viaje con Laura, ella me preguntó: “¿te imaginas tu vida sin Brais?” Le dije “ni de coña”. Entonces ella me respondió “pues entonces tienes que ir a París y descubrir si te quedas o te vas para siempre de la vida de Brais”. La historia que tenías con María me obligó a huir. Uno más uno, nunca pueden sumar tres. Y yo ahí sobraba porque…
- Uxía. María no puede tener espacio ni en esta conversación. Pasó por mi vida unas semanas y no me marcó. Ya está. Tú yo fallamos en el calendario, Uxía, y eso tienes que entenderlo. Pero no quiero que volvamos a hablar más de ella porque sólo me interesa hablar de ti y de mi.

Yo dije que sí con la cabeza y en ese momento Brais se levantó de la silla y se acercó para besarme y luego regresó.

- Sabes Uxía, con la luz de París, tus ojos de avellana brillan más, pero me gustaría que los cerraras un momento porque quiero sacarte una foto.
- Pero si llevo un pijama de cuadros, ¿tan bonito te parece? ¿y estos pelos?
- Sí, hazlo, por favor.

Cerré los ojos y escuché como él me decía cuenta hacia atrás desde el número diez. Y luego ábrelos. Diez. Nueve. No escuchaba la cámara disparando, pero sí su voz diciéndome “estás preciosa”. Seis. Cinco. Me preguntaba qué estaría tramando. Tres. Dos. Uno… Y abrí los ojos y entonces él no estaba. Miré a mi alrededor y no lo vi.

- ¿Dónde estás? -grité- No me dejes así, sola -y sonreí-. Pero en lugar de él apareció esta canción que sonó en todo el salón.

Unos segundos después, Brais apareció por detrás. Con su mano izquierda me tapó los ojos y con la otra agarró mi mano derecha con fuerza. Luego descubrió mis ojos y me susurró al oído:

- Quiero que no te separes de mi el resto de nuestras vidas. Quiero vivir contigo siempre. Quiero amarte, quererte, llorar, reír, soñar, volar… Quiero pasear y viajar. Quiero disfrutar de los pequeños momentos de la vida y quiero construir una casa que llegue hasta el cielo, como aquella que te describía en mi primera carta recién llegado a Buenos Aires. Quiero que seas la madre de mis hijos. Quiero que te cases conmigo. Porque te quiero. Porque es lo que más deseo en esta vida. Y por eso te pido que aceptes este anillo y que me dejes colocarlo ahora mismo en tu mano.

Me derrumbé. Y yo ya no era yo, sino un océano de sentimientos bañados por millones de lágrimas que vinieron para inundar mis mejillas. Me levanté y él cogió mi mano derecha y me colocó un anillo de oro blanco con dos diamantes en el centro, uno blanco y otro color púrpura. Todo mi cuerpo se estremeció y por unos instantes creía que me desmayaría, pero Brais estaba ahí y me abrazó y al sentir el calor de su cuerpo yo me sentí salvada. Entonces éramos uno y los dos nos pusimos a llorar y a mi me salió muy de dentro un SÍ, el sí más auténtico y más profundo que jamás había pronunciado y pronuncié en mi vida.

Luego nos abrazamos, mientras bailamos al son de la canción que él había elegido para aquel momento. Y acabamos como la noche anterior, pero esta vez al lado de la chimenea, con París al fondo, como testigo de nuestra pasión.

Belén, aquel sábado en París, Brais y yo decidimos que nuestras vidas no se separarían nunca más. Mes y medio después recibimos el primer regalo de nuestra relación, el embarazo de Sofía y entonces decidimos que era el mejor momento para unir a nuestras dos familias. Alquilamos un ático en el centro de Madrid que nos recordara cada día aquel de París. Y allí crecieron Anita e Iria y después Sofía y unos años después llegó el pequeño Alejandro, el chico de la familia.

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