27. París (I)
diciembre 19th, 2010 | Juanjo Amorín
Apenas había dormido la noche anterior y caí rendida en el hombro de Brais durante las dos horas que separan Madrid de París. Cuando el piloto anunció que nos preparábamos para el aterrizaje, él me despertó con una caricia y yo le sonreí. Me dijo, mira, París de noche. Giré mi cuerpo y él me abrazó por la cintura acercándome a su pecho para ayudarme a estar más cerca de la ventanilla. París era un campo de luciérnagas luminosas con tonos amarillos y blancos que parpadeaban, aparecían y desaparecían. Se lo dije a Brais y él me contestó que habían salido todas a recibirme.
Abandonamos la terminal del aeropuerto Charles de Gaulle y nos subimos a un taxi. Brais pidió que nos llevará al 27 de la Quai des Grands Augustins. Eran las ocho de la tarde y París estaba nevado porque la noche anterior una tormenta la había azotado. Fue un viaje de media hora en la que no paramos de besarnos y de hablar.
El taxi se adentró por la zona centro de la ciudad y todo me pareció monumental. Mi último viaje había sido con Mateo a Roma, justo antes de saber que me había quedado embarazada de Iria. Aunque no la conocía, mi primera sensación es que París era más bella, más ordenada, más limpia, con más luz… Brais agarró mi mano durante todo el camino y me iba contando historias de cada calle por la que íbamos pasando. Aquellas luciérnagas que veíamos desde el aire eran ahora miles de haces de luz que nos abrían el camino que recorríamos.
El taxi giró a la derecha y cogió una gran avenida pegada al río Sena. En ese momento Brais hizo una llamada breve para avisar al hotel que estábamos llegando. Un cartel que nombraba la calle que antes había oído me decía que estábamos cerca. Poco después, el taxi paró y Brais abrió su monedero para pagar. Miré por la ventanilla y no vi ningún hotel. Estábamos enfrente de una cafetería con un toldo granate bajo el título de “Le Paradis Fruit”. Entonces Brais me dijo:
- Ya hemos llegado -y me besó-.
Luego recogimos las maletas y despedimos a nuestro taxi desde la acera, al lado de la cafetería.
- Espero que te guste Uxía.
- Pero ¿y el hotel? -le pregunté-.
- Ahora lo verás.
Brais vestía pantalones vaqueros, una camisa de Fred Perry de cuadros blancos y negros y un plumas del mismo color para soportar el frío. Metió la mano en uno de los bolsillos y extrajo un juego de llaves. Entramos en un portal. Yo estaba desorientada y no paraba de preguntar: “¿y esto? ¿por qué tienes estas llaves?”, pero él me respondía con sonrisas. El portal vestido de mármol de color rosado se perdía en un pasillo que acababa en la puerta del ascensor. Entramos y Brais pulsó el último piso, el sexto. Al salir un único portón de color marrón habitaba en la planta. De nuevo Brais utilizó el juego de llaves en dos ocasiones hasta que abrió la puerta y me dijo:
- No hemos venido a ningún hotel. He alquilado este ático enfrente del Sena para que sea nuestro hogar durante todo el fin de semana.
- ¡Estás loco! -le dije y continué- Cariño -sí, sí, le dije por primera vez “cariño”-, estás loco.
- Sí, loco, loco por ti -y sonrió-. No lo conozco. Vamos a descubrirlo.
Y comenzamos a caminar por un pasillo largo, sin puertas, con las paredes blancas y muy iluminado. Al fondo se abría la luz y nosotros fuimos a su encuentro. Al llegar vimos un salón inmenso, del tamaño de tres veces mi piso de Madrid. Tenía un sofá blanco de piel en forma de ele. Enfrente había una pantalla a la que apuntaba un proyector ¡era un cine!. Al lado izquierdo había otro sofá de color negro más pequeño y con orejeras que miraban a una enorme chimenea que alguien había encendido poco antes de llegar nosotros porque la madera que ardía estaba iniciada. Y al lado una mesa redonda con dos sillas. A la derecha había una puerta. La abrí y allí estaba el dormitorio. Era un universo de espacio divido en tres zonas, la cama, un vestidor y un baño. Todo diáfano y todo abrazado por un ventanal enorme. Lo abrimos y salimos a la terraza cubierta y climatizada que rodeaba a todo el piso y comunicaba la habitación con el salón. Y allí, enfrente estaba París a nuestros pies, bañada por el Rio Sena.
- ¿Te gusta? -me dijo mientras me agarraba por la cintura desde mi espalda y apoyaba su cara en la mía.
- Me alucina, Brais. Estoy temblando.
- No tiembles mi amor, ahora no.
Regresamos a la habitación y él me propuso que me diera una ducha, mientras deshacía las maletas y llamaba a Madrid para decir que habíamos llegado bien. Luego nos iríamos a cenar, me dijo. Necesitaba un baño para calmar la ansiedad de tanta emoción acumulada. Al salir envuelta en un albornoz de algodón blanco me encontré sola en la habitación. Le llamé y él me dijo, “ven”. Estaba al otro lado del cuarto, metido en el vestidor. Acudí guiada por la voz y allí me lo encontré, mirando a un vestido negro.
- Es precioso, ¿verdad? Lo elegí para ti. Para hoy. Para ahora. Espero que te guste.
Todo mi cuerpo comenzó a temblar y como él lo notó se acercó y me cogió de la mano para acercarme al vestido. Era de seda salvaje, con escote barco y entallado. Sencillo. Simple. Precioso.
- Es ideal -le dije-.
- ¿No te lo vas a probar?
- Ay mi amor, ¿qué me estás haciendo? -le respondí-. Ahora mismo.
- Hazlo tranquilamente mientras yo me ducho.
Y mientras él se fue, yo me quedé allí hablándole a mi regalo. Allí, el vestido negro, mis lágrimas y yo. Lloraba de emoción y de felicidad porque nunca nadie me había hecho sentir como una princesa. Me sentí abrumada por todo lo que me estaba pasando en aquellas horas. Fue la primera vez en mi vida que tuve la sensación de flotar, de vivir en una nube.
Me vestí y me maquillé en el tocador del vestidor. Las campanas de Notre Dame sonaron indicando que eran ya las diez de la noche. Y poco después, Brais apareció. Se había vestido con un traje negro y una camisa blanca. Estaba increíble. Era la primera vez que lo veía así. Era el chico más guapo de la Tierra. Era mi chico, pensé. Se acercó y todas las cosquillas del mundo se apoderaron de mi estómago y comenzaron a trepar por mi cuerpo hasta llegar al corazón. Nos miramos y el silencio nos apoderó. Su mano derecha empezó a acariciar mi cara y yo cerré los ojos para sentirla más. Noté como sus dedos se deslizaban por cada poro de mi cara mientras yo me estremecía como nunca antes lo había hecho. Luego me besó y me dijo:
- Estás preciosa Uxía. Tal y como te había imaginado.
- Gracias Brais. Tú estás muy, pero muy guapo.
- ¿Vamos a cenar?
- Espera que cojo el abrigo.
- No será necesario -dijo mientras esbozaba una sonrisa-.
Me agarró de la mano y me llevó en dirección al salón. Al cruzar la puerta comenzó a sonar esta canción.
Las luces estaban tenues y al fondo, para mi enésima sorpresa, dos jóvenes, un chico y una chica, vestidos de negro nos esperaban. El garçon se acercó y me dio un: “Bonsoir madanme” mientras me ofrecía una copa de champagne. Luego la chica hizo lo mismo con Brais. Y ambos se perdieron por el largo pasillo, en dirección a la cocina.
- Uxía, creo que lo mejor será que nos quedemos aquí a cenar. ¿Qué te parece? -dijo sonriendo como lo hacía de niño-.
- No me lo puedo creer -pronuncié con la boca chica, mientras mis ojos buscaban más lágrimas de felicidad, pero mi cuerpo decía que ya estaban agotadas con tanta emoción-.
Entonces Brais me agarró de la mano y me llevó hasta la terraza y allí mirando al Sena me dijo:
-¿Me permite este baile princesa?
Tomó mi mano y la apoyó sobre su hombro izquierdo mientras su brazo rodeaba mi cintura. Y sin salirnos del espacio que ocupaban nuestros cuerpos pegados, iniciamos un vuelo planeando en silencio por el cielo de París.
Giramos sobre nuestros cuerpos y en ese momento imaginé que todo lo que nos rodeaba era una gran orquesta que había salido para tocar aquella canción que sonaba en nuestro ático de París. Al fondo estaba el museo del Louvre que tocaba el piano y enfrente su hermano d’Orsay que le acompañaba a la guitarra. A la derecha las dos torres iluminadas de Notre Dame nos miraban con sonrisas cómplices mientras hacían los coros. A la izquierda la imperiosa Tour Eiffel cantaba como lo hacía Willie Nelson. Medio giro más y nuestras miradas se perdieron en el río Sena en donde la luna acompañada de miles de estrellas se posaban para darnos la bienvenida a la ciudad del amor. Y en ese momento, Brais me susurró: “siempre en mi mente… siempre en mi mente”. Entonces, cerramos los ojos y nos dejamos llevar. Me sentía la mujer más afortunada del mundo por estar viviendo aquel momento, junto a mi primer amor, junto a Brais.
La canción terminó, pero sus acordes nos acompañaron toda la noche.
Pasamos al salón de nuevo y nos sentamos a cenar. Fue una de las cenas más divertidas de mi vida. De primero tomamos ensalada de bovagante y de segundo atún a la plancha. Cuando los dos camareros que nos acompañaron nos trajeron el postre, una mousse de chocolate con fresas, Brais les dijo en francés que ya se podían ir. Desaparecieron de nuevo por el largo pasillo y en ese momento él me dijo:
- Te propongo que nos tomemos este postre en la habitación.
- ¿Por qué todas las ideas buenas se te ocurren a ti esta noche? -le pregunté mientras una sonrisa se pintaba en mi cara-.
Y cada uno con su copa de mousse en la mano cruzamos la puerta y nos fuimos a la habitación. Entonces él recogió la mía y las acercó hasta hasta la bañera de pizarra que estaba a ras de suelo al lado del gran ventanal que miraba al Sena. Abrió el grifo y un chorro de agua caliente comenzó a salir. Luego regresó y me dijo:
- Son las doce y media. Creo que es la hora ideal para darnos un buen baño. Un baño con la luna de París ¿Qué te parece?
Era su pregunta preferida. Pero a mi aquella noche, todo me parecía ideal y sólo logré contestarle con una sonrisa, mientras me mordía el labio inferior, como lo hacía cuando deseaba algo con todas mis fuerzas. Entonces, se dio media vuelta y apagó las luces de la habitación y sólo los farolillos de la terraza nos iluminaban, y la luna y sus estrellas.
Regresó por mi espalda y sentí como sus manos tiraban de la cremallera trasera de mi vestido negro mientras sus labios empezaban a besar mi cuello. Luego sus manos acariciaron mis hombros ayudando a perder su regalo que cayó hasta llegar a mis zapatos negros de tacón. Me giré y le desabroché la camisa blanca mientras besaba su pecho y descendía para que se quedara como lo estaba yo. Y como en el día de Reyes, sentí de nuevo las yemas de sus dedos acariciando mi cabeza y haciéndome temblar. Luego, desnudos nos metimos en la bañera y empezamos a jugar, como lo hacíamos de niños, con un amor incondicional, con la sonrisa como protagonista principal de nuestras caras y con la fusión de nuestros cuerpos como uno solo.
Aquella noche fue, quizás, la más corta de nuestras vidas Belén, y la que marcaría nuestro destino. Sentí que Brais había llegado para quedarse para siempre en mi vida. Y de eso hablamos al día siguiente y al siguiente y así, casi todos los días de nuestra vida.
Aquella noche, Belén, encargamos a tu tía Sofía. Sí Sofía, nuestra hija, vino de París.