26. ¿Volverá?

diciembre 12th, 2010 | Juanjo Amorín

Iria gateó arrastrando sus dos años por mi cama hasta que me despertó con un “mamá”. Eran las ocho de la mañana. Al otro lado de la puerta Sole me dio los buenos días y me dijo que tenía visita. Me asusté y le espeté un cómo, pero ella me tranquilizó.

- Es Laura. Está en el salón.

¿Qué hacía Laura a esas horas ahí? Salté de la cama pensando en lo peor. Y cuando llegué la vi en el sofá sentada con una taza de café entre sus manos. Se giró devolviéndome una sonrisa y unos buenos días por lo que supuse que nada malo había pasado. Luego ella le pidió a Sole que nos dejara solas y a mi que me acercara a su vera.

- Cariño -me dijo Laura- Tengo que contarte algo que me ha pasado.
- ¿Qué?
- Ayer, por la noche, Brais me llamó a mi teléfono móvil. Me contó que quería hacerte un regalo este fin de semana y que me necesitaba.
- ¿Cómo? -le dije incrédula-.
- Sí. Y estoy sin dormir toda la noche porque acepté, siempre y cuando tú también lo aceptaras.
- Laura, me estás asustando.
- Sólo me pidió que me quedara con Iria todo el fin de semana.
- Recibí un mensaje de él anoche en el messenger diciéndome que hoy cenaríamos juntos, sin más. Pero, no me habló de ningún fin de semana.
- Aunque le pregunté una docena de veces si tú sabías algo, él no soltó prenda. Lo único que me pidió es que te convenciera para que me pudiera quedar con Iria porque quería pasar el fin de semana contigo.
- ¿Qué hago Laura? -le pregunté-.
- Uxía, decía Woody Allen que si no te equivocas de vez en cuando, quiere decir, que no estas aprovechando todas tus oportunidades. Si te apetece, ve. Y sé tú. Yo a él lo vi muy ilusionado. Es importante que haya segundas oportunidades. No te quedes con las ganas. Sólo se vive una vez.
- Pero Laura, justo ahora que era cuando me estaba empezando a olvidar de él.
- Pues es ahora justo cuando hay que hacerlo Uxía. Inténtalo. Si ves que hay algo que te dice que te quedes, te quedas y si no, te vas para siempre de su vida Uxía. Pero para siempre. Te conozco y sé que Brais no podrá ser tu amigo. No puedes estar más tiempo como has estado todos estos meses mientras él estaba con esa chica que había conocido por Internet. Brais ocupa otro espacio que sólo los dos conocéis. O te quedas o te vas.
- Eso es así -le dije-.

Después de aquellas palabras con mi mejor amiga, las dos corrimos hasta el vestidor de mi habitación y nos pusimos a seleccionar la ropa para el fin de semana. Como si aquel fuera el primer viaje que hacía en mi vida, hicimos y deshicimos la maleta con los nervios de dos niñas pequeñas, ilusionadas por las horas que tenían que venir. No sabía el destino, pero me imaginé que acabaríamos en una casa rural en algún lugar del país, aquel regalo que le había hecho la tarde de Reyes a Brais, la última vez que nos habíamos visto y la primera que nos habíamos perdido en un viaje increíble, pero imaginario. Aquel día en el que le había preguntado ¿y ahora qué? Aquel día en el que él sólo supo responder con un, dame tiempo.

Luego llamé a mi jefe y le dije que me encontraba mal y que me quedaría en casa. Necesitaba ordenar aquellas horas de mi vida.

A las diez y diez sonó el teléfono. Era Brais. La conversación duró apenas tres minutos. Me dijo que entendía lo que estaba pensando, pero que sólo quería pedirme una cosa: que me dejara llevar y que disfrutara. Luego me explicó que volveríamos a media tarde del domingo y que me recogería a las 4 en punto en mi casa. No me dio pie a que le hiciera más preguntas y yo lo consentí porque estaba loca de felicidad.

Cinco minutos antes de las cuatro de la tarde, sonó el portero de casa. Al contestar escuché su voz: “ya estoy aquí”. Me despedí de Iria y de Laura con lágrimas en los ojos porque, hasta ese momento, nunca me había separado tantos días de mi hija. Bajé las escaleras como el que baja al purgatorio, sin saber si acabaría en el cielo o el infierno. Pero la decisión ya estaba tomada. Me iba y tenía que ser yo.

Salí del portal y vi a Brais abriendo el maletero de un coche grande de color negro. Me acerqué. Nos abrazamos. Me dio dos besos y luego me agarro por la cintura mientras me dirigía hasta la puerta trasera del coche. La abrió y me dijo, sube tú primero. Aún no había metido medio cuerpo dentro del coche y escuché un “buenas tardes”. Busqué al emisor y lo encontré sentado al volante: un señor vestido de traje conducía aquel auto. Miré a Brais y mi cara le preguntó ¿qué es esto? Pero no me contestó porque en ese momento él le dijo al chófer “Ya nos podemos ir”. Luego partimos destino hacia a algún lugar que yo desconocía. Y entonces, comencé a interrogar a Brais.

- ¿A dónde vamos Brais?
- Estás preciosa Uxía.
- Te pregunto que a dónde vamos -le dije con un tono que seguro que sonó a borde, pero es que estaba realmente asustada-.
- Tranquila. Vamos a un sitio precioso que te encantará.
- ¿Por qué vamos en este coche?
- ¿Porqué no necesitamos mi coche allí?
- ¿Es un juego?
- No, no lo es Uxía. Es mi regalo de Reyes. El tuyo ya lo disfrutaremos otro fin de semana. Siempre he soñado con hacer esto que voy a hacer este fin de semana. Sabes que… de pequeño soñé que esto me sucedería sólo con la persona con la que pasaría el resto de mi vida. Y aunque conocí en Argentina a la madre de mi hija y creía que iba a ser ella, me alegro que el destino me haya dado la oportunidad de hacer realidad este sueño contigo porque tú no eres la dos, sino la uno. Y espero que este, mi sueño, te guste tanto como a mi. Ahora no me preguntes nada más. Necesito pedirte un favor.
- Dime -le dije con un nudo en la garganta, aún emocionada por lo que acaba de escuchar-.
- Quiero que cierres los ojos mientras escuchas una canción. No digas nada. Sólo escúchala. Ojalá la hubiera escrito yo para ti.

Uxía accedió. Cerró los ojos. El silencio se hizo en el coche. Y Brais le dijo al chófer: “Alejandro, más volumen por favor” Y empezó a sonar esta canción.

Me acuerdo y pienso en el tiempo que llevábamos sin vernos,
dos niños pequeños que lo sentían todo,
y lo sigo sintiendo hoy por ti.
Recuerdos que tengo y
no entiendo que dejáramos de vernos buscando
mil besos que no son nuestros besos,
deseo estar contigo hasta morir.

Desesperándome te buscaba en mis sueños y ahogándome…
Volverá, seguro que volverá
y sigo sintiendo y te echo de menos
que acabe mi soledad.
Volverá, te juro que volverá ese amor verdadero
cuando era pequeño seguro que volverá.

Te miro en el tiempo y siento que tu eres lo que quiero
mi niña mi sueño, todo eso que no tengo
y que sigo sintiendo hoy por ti.

Incluso en mis sueños me invento y me creo que te tengo, te toco,
tu cuerpo y sé que eso no es cierto
y me estoy volviendo loco aquí sin ti.

Con los últimos acordes, la mano izquierda de Brais se posó encima de la mía, como lo había hecho aquella tarde mientras le veía representando el Principito en el salón de actos del Rosalía, cuando los dos teníamos catorce años. Seguía con los ojos cerrados, pero esta vez por vergüenza porque los tenía empañados de lágrimas. Así que él acudió a mi rescate y primero noté como me secaba el agua de mis pómulos y luego como sus labios acariciaban los míos y sus brazos me envolvían. Temblé. De nuevo el vértigo de estar atado a él me llenó tanto que el tiempo se paró mientras permanecíamos unidos. Y así, hasta que noté que el coche se detuvo y el conductor dijo: “señores, ya hemos llegado”.

Al bajarme, me encontré en el aeropuerto de Barajas y entonces le dije:

- Estás loco.
- Sí, siempre he estado loco. Pero loco por ti -me dijo él-. Gracias por hacer esta locura conmigo.

Me agarró de la mano y juntos cruzamos varios pasillos hasta llegar a un mostrador. Allí, sacó dos billetes. Luego me volvió a agarrar de la mano y le dijo a la azafata que nos atendía: nos vamos a París.

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