25. Supongo que no es lo que te esperabas
diciembre 10th, 2010 | Juanjo Amorín
- Abuela, ¿por qué huiste sin preguntar?
- Por miedo Belén.- ¿Miedo a qué?
- Miedo a la verdad. Cuando vi aquellos dos condones en la basura me sentí igual de engañada que cuando descubrí la foto de aquella mujer en el móvil de Mateo, aquel día de agosto. En ninguno de los dos casos dije nada y en los dos me quedé yo con la misma sensación. Habían pasado más de dos años, desde aquella puñalada de dolor y yo no supe diferenciar las dos situaciones. Mateo era mi pareja, lo era todo y me engañó. Brais en aquel momento sólo era un proyecto, pero me ocultó la verdad. Dos situaciones diferentes y la misma sensación Belén. Las sensaciones son como chorros de vapor que no dejan que veas con nitidez la realidad. Y eso fue lo que nos pasó a Brais y a mi durante los siguientes meses.
- ¿Qué pasó? -preguntó Belén-
- Aquella mañana de sábado cuando me desperté, le conté a Laura lo que había pasado. Al verme tan mal se llevó a la niña al parque. Yo encendí el ordenador y enseguida apareció un mensaje de Brais y una canción que según él lo explicaba casi todo. Me decía que sabía la razón por la que me había ido de su casa la noche anterior y que tenía una explicación. Sentí una sensación agridulce de rabia y tranquilidad al mismo tiempo, por saber que él entendía mi reacción.
Yo le debía una explicación, pero no quería dársela porque no quería prorrogar más aquel estado de ánimo que me era tan familiar. Así que le envié un único mensaje en el que le decía que no se preocupara y que dejáramos pasar el tiempo y que volveríamos a hablar. Y así fue. Hice algo de lo que me arrepentí después: dejé pasar el tiempo, Belén. Cada noche desde aquel día me conectaba. Y cada noche él me enviaba un mensaje que yo no contestaba. Y así durante los siguientes tres meses hasta que los mensajes empezaron a faltar a su cita nocturna.
El día de nochebuena de las navidades de 2010, él me llamó al móvil y yo contesté. Era media tarde y toda mi familia estaba en casa. Me metí en la habitación y estuvimos hablando media hora. Hablamos como si nada hubiera pasado entre nosotros antes, como si aquella noche de cena y gintonic no hubiera existido. Me reía tanto con él, que cada segundo de conversación era una porción de felicidad y enamoramiento acumulado que me enganchaba más y más. Cuando estábamos a punto de despedirnos empezamos a hablar de verdad de nosotros.
- Y tú ¿cómo estás? – le dije-.
- Bien. La verdad es que mucho más tranquilo que en estos meses anteriores.
- ¿Y qué vas a hacer este fin de año?
- Me iré a Segovia -me dijo-.
- ¿Y eso? -le pregunté extrañada porque no conocía su relación directa con esa ciudad-.
- Me voy a casa de María a pasar el fin de año.
- María es…
- Sí, María es la chica que…
- Ya. Perdona. No quería entrometerme.
- No te preocupes Uxía. No hay problema.
- Bueno, y ¿va todo bien?
- Sí -me dijo sin dar más explicaciones-
Luego, nos despedimos y mi cabeza entró en un proceso de centrifugado buscando explicaciones. Me sentía culpable por haber tomado aquella decisión tres meses antes. Por haber dejado pasar el tiempo. Por no haber domado mi miedo. Por no haberlo intentado cuando lo tenía todo a mi favor para iniciar una verdadera relación con él. Por todo aquello, Brais se había alejado y había iniciado una relación con otra persona, mientras yo, desde mi silencio, desde mi soledad lo único que había hecho era engordar mi enamoramiento, engordar mi ansiedad por estar a su lado, por verle, por tocarle. Había creado un mundo imaginario en el que estábamos los dos paseando solos, pero con la imposibilidad de encontrarnos algún día. Aquellas fueron las peores navidades de mi vida. No dejé ni un solo instante de pensar en él.
- Abuela, y si sentías todo esto, ¿por qué no te plantaste en su casa y se lo dijiste? No importa que estuviera con otra persona. No importaba que hubieras fallado al dejar pasar el tiempo. Todo el mundo se equivoca. Pero lo importante, como me dijiste esta tarde, no es equivocarse, no es caerse, sino saber levantarse y continuar.
- Lo hice Belén. El día de Reyes, no me pude aguantar más y le llamé por teléfono para invitarle a tomar un café. Yo contaba con el no por respuesta, pensando que estaría fuera de Madrid, pero me dijo, que sí. Y quedamos aquella tarde en la puerta de mi casa. Yo estaba como un flan. Cada poro de mi cuerpo era un terremoto de nervios hasta que nos encontramos en la calle. Él, como siempre, me abrazó y en cinco segundo estabilizó todo mi ser. Fuimos andando hasta una coctelería de moda que había calle abajo. Nos sentamos, pedimos dos tés verdes y nos pusimos hablar de nuestras navidades y de lo felices que estaban nuestras hijas con las vacaciones y los regalos. Una hora de sonrisas y anécdotas con un paréntesis increíble.
- ¿Un paréntesis? -preguntó Belén, sin entender qué quería decir su abuela-.
Uxía se levantó del sofá y se dirigió a la cadena de música. Rebuscó de nuevo en la caja de CD’s de la que había extraído parte de las músicas que llevaba poniendo durante toda la tarde en el desván. Tomó en su mano uno de ellos y continuó:
- Sí, Belén. Sin esperarlo ninguno de los dos, en aquella coctelería COMENZÓ A SONAR ESTA CANCIÓN.
Los dos nos miramos sorprendidos y sonreímos. Pero aquella carcajada duró apenas tres segundos, los exactos en los que mantuve los ojos cerrados saboreando los primeros acordes. Cuando estaba a punto de abrirlos, noté como el calor de unos labios carnosos se pegaban a los míos. Me aparté apenas un milímetro para estar segura de que no estaba soñando y sin dudarlo comenzamos a besarnos.
Aquel, Belén, fue un viaje apasionante. En apenas lo que dura una canción recorrí toda mi vida. No fue un beso, fue una verbena de sentimientos. Sus manos se enredaron entre mi melena haciendo un zig zag que acabó con las yemas de sus dedos acariciando mi piel. Sentí como mis músculos se relajaban y como los dos nos precipitábamos al vacío por un corredor oscuro con una luz al fondo. Allí una estrella fugaz nos estaba esperando e iniciamos un vuelo increíble.
Viajamos hasta nuestro piso de niños y lo vi allí tras su ventana, enviándome papelitos de colores que contenían susurros de amor. Luego volvimos a volar e hicimos una parada en un planeta de color naranja. Él se bajo de la estrella y recogió una rosa roja, la más bella del campo y luego de un estanque sacó un patito amarillo de plástico. Vestido de Principito, me dio los dos regalos. Teníamos prisa. Me cogió de la mano y me aupó a la estrella. Yo iba agarrado a su cintura y el se giraba para devolverme miradas llenas de amor. Regalos que que nuestras lenguas jugaban a desempaquetar con virulencia con el único fin de encontrar la sorpresa que había dentro.
Nuestra estrella cabalgaba más deprisa hacia el sol y la sensación de calor en nuestros cuerpos crecía provocando que una excitación difícil de describir recorriera todo mi cuerpo y acabara humedeciendo cada poro de mi piel. Estábamos envueltos en una bola de fuego imaginaria que iba cada vez más, más y más deprisa… hasta que desaparecimos como un haz de luz y me vi tumbada bajo él, los dos solos, como aquella noche en el salón de mi casa de niña con catorce años, cuando nos besamos por primera vez.
Noté como sus manos abandonaban mi cabeza y bajaban por mi espalda hasta colocarse por encima de mis costillas y ahí se pararon anclando sus manos por debajo de mis pechos. Mi corazón comenzó a bombear burbujas que se transformaban en suspiros de pasión que llenaban mi boca de agua y mi cuerpo de sudor. Una sensación que me pedía a gritos estar más cerca de él, más adentro. Jugábamos a separarnos, pero una fuerza superior lo impedía, hasta que nuestros ojos se abrieron. Entonces vi su mirada cristalina. Le acaricié y el me dio un beso que quedo tendido en el aire mientras el silencio habitó entre los centímetros que separaban nuestras caras.
Unos segundos después la música desapareció y yo le pregunté:
- ¿Y ahora qué?
Él se quedó callado, primero y luego, me respondió:
- Y ahora… ahora yo quiero desaparecer Uxía.
- ¿Por qué? -insistí-.
- He estado todas las navidades pensando en ti Uxía. Estaba con María, pero deseaba estar contigo. Este mediodía cuando me llamaste, estaba en Segovia. Ahora tendría que estar con ella. Pero no podía soportar no verte.
- ¿Qué vas a hacer Brais?
- No lo sé Uxía. Pero quiero que sepas que tú eres muy importante para mi y que no voy a cometer el error de que desaparezcas de mi vida. Pero ahora estoy con María y ella sólo me ha pedido una cosa, que no desaparezca sin más. No es lo mismo, pero no quiero hacerle daño.
- Ya.
- Supongo que no es lo que te esperabas Uxía. Lo siento. Pero es lo que debo hacer ahora. Ten paciencia. Dame un poco de tiempo.
Pagamos los dos tés y salimos de la coctelería en dirección a mi casa. Al llegar metí la mano en el bolsillo de la chaqueta para buscar las llaves y recordé que allí estaba su regalo de reyes. Dudé si sacarlo después de sus últimas palabras, pero al final lo hice. Le di un sobre en el que venía un bono para pasar un fin de semana en una casa rural. Él lo abrió y después de sonreír me dijo que me contestaría. Luego nos despedimos con un abrazo, aunque yo quería un beso. Una muestra de que Brais tenía una sensación enfrentada.
Aquella noche apenas pude dormir. Viví refugiada en el recuerdo de aquella pasión de la tarde y le puse fin en soledad, una sensación de incapacidad por llenar todo lo que mi cuerpo me pedía y que Brais no me había dado.
- Luego, Belén, llegaron días complicados. Por las noches le buscaba en el messenger y me inventaba excusas para empezar a hablar. Unos nos pasábamos horas hablando y riéndonos por la webcam y otros él desaparecía y yo me lo imaginaba en Segovia con María. Y cuando regresaba evitábamos hablar de ello. Después vinieron días de silencio, distancia y soledad que me llenaban de tristeza y melancolía. Pero, Belén, no me arrepiento de que así fuera porque en ese momento era lo que yo quería. Y eso, al fin y al cabo, es lo que importa. Que cada día decidas hacer lo que realmente quieres, sin interferencias de nadie, ni nada, aunque seas incomprendida y aunque no sea lo mejor para ti en ese momento. Así es la vida una suerte de momentos de los que no merece la pena arrepentirse nunca. Y eso, Belén, es la coherencia con uno mismo.
- ¿Y no os vistéis nunca más desde la tarde del beso? No me lo puedo creer -dijo Belén-.
- El último jueves de enero del 2011 por la noche, llegué a casa muy tarde porque al día siguiente presentábamos un concurso público en la agencia. Sole se había quedado a dormir con Iria. Eran las dos de la mañana y yo estaba agotada. Encendí el ordenador y me fui a la cocina a calentar una taza de leche. Al regresar vi un mensaje que Brais me había enviado dos horas antes y que decía: “Todo pasa, menos tú. Mañana cenamos juntos”.
- ¿Pero habías quedado con él?
- ¡Qué va! Hacía días que no hablábamos y no me esperaba aquel mensaje. De hecho, me fui a dormir sin saber en realidad si era para mi o se había equivocado de destinatario.