23. Dos gintonic y algo más…
diciembre 7th, 2010 | Juanjo Amorín
Dedicado a todos los que creen que por el amor de tu vida, merece la pena luchar.
Abandonaron la ventana del desván para regresar al sofá. Al fondo escucharon las campanas que anunciaban las doce y media de la noche. Uxía comprobó en su reloj de muñeca la hora y continuó hablando con su nieta.
- Belén, hay fechas en el calendario que no se pueden olvidar. Al día siguiente era 1 de octubre de 2010, viernes. Brais me llamó a mediodía, tal y como me había dicho la noche anterior para decirme el restaurante en el que cenaríamos. Me preguntó si me gustaba el ceviche peruano. Yo le dije que sí, aunque jamás lo había probado, pero la comida en ese momento era lo que menos me importaba. Le dije que le invitaría yo porque una semana antes había sido mi cumpleaños. Él me dijo que eso se negociaría en los postres.
A primera hora de la mañana había llamado a Laura, mi mejor amiga, para contarle que tenía una cita con Brais. Le pedí que se quedara en casa con Iria hasta que regresara de la cena. No quise contarle nada de lo que había sucedido el día anterior, en nuestra noche de webcam porque ni yo misma aún lo había digerido. Laura se había quedado en nuestro encuentro en la consulta. Pero ella no era tonta y muy pronto intuyó que mis nervios e ilusión no eran por una cena más. Así que decidió llevarse el pijama y quedarse con Iria hasta la mañana siguiente.
A las tres salí de trabajar y me fui para casa. Estuve toda la tarde con Iria en el parque. Las horas se hacían infinitas. No quería pensar. Me repetía a mi misma que aquella tenía que ser una noche especial. Hacía justo dos años que no estaba con un hombre, desde que Mateo y yo lo habíamos dejado. Sabía que necesitaba cariño y que Brais era la persona ideal para dármelo, pero quería mantener la calma.
A las nueve de la noche en punto llamaron al portero de mi casa. Era él. Bajé las escaleras muerta de miedo. Me había vestido y desvestido media docena de veces, hasta que Laura me dijo que el conjunto ideal pasaba por el negro. Así que me decanté por unos leggins, unas botas altas y una camisa blanca escotada y para frenar los primeros fríos del otoño, una cazadora también negra. Abrí la puerta y allí estaba él, vestido con unos vaqueros, un polo azul y sus zapatillas habituales. Nos acercamos y nos fundimos en un fuerte abrazo que duró una eternidad, al que siguieron dos besos. Sabes Belén, el olor de aquel Brais aún me acompaña hoy, nunca me ha abandonado.
Estuvimos cenando durante tres horas. Nos contamos nuestras vidas atropellándonos entre sonrisas y lágrimas. Los dos habíamos vivido experiencias únicas y muy fuertes. Los dos habíamos tenido una hija con la que creíamos que iba a ser nuestra pareja para siempre y los dos estábamos, ahora, en la misma parrilla de salida, con 35 y 36 años y toda una vida por delante. Me dijo que se había adaptado muy bien a Madrid y que Anita pasaba muchas noches en casa de su madre. Al salir del restaurante decidimos buscar un sitio para tomar una copa. Me propuso uno en el que servían los mejores gintonics de Madrid y que estaba a dos calles de su casa. Acepté. Pero cuando llegamos estaba cerrado. En ese momento me dijo:
- Sabes, yo preparaba los mejores gintonics de Buenos Aires. Te invito a uno en mi casa y así puedes ver mi corrala.
Durante la cena habíamos bromeado varias veces sobre su piso. Me dijo que había sido una de las ilusiones de su vida, vivir, en una vieja corrala de Madrid. Y que a su regreso de Buenos Aires, había conseguido una espectucular.
- Venga va, pero como estamos en Madrid, esta vez, el gintonic lo preparo yo.- Acepto -dijo-
Vivía en una segunda planta. La corrala estaba perfectamente restaurada, con las barandillas de madera de castaño que recorrían los pasillos que daban a cada piso. Era preciosa. Abrió la puerta de casa y nos encontramos con un salón inmenso, de unos cincuenta metros cuadrados, unido a una cocina americana. Dejamos los abrigos en el sofá. Era blanco y grande. Encima de la mesa estaba un libro “Perdona si te llamo amor”. Yo le bromeé diciéndole que era un regalo con mensaje y él se escapó diciéndome que se lo había comprado el día anterior. Luego nos fuimos directos a la cocina. Le pedí todos los ingredientes para hacer los gintonics y él me los fue acercando desde el mueble bar del salón. En un momento me quedé sola porque se fue al baño. Abrí la nevera buscando limones y encontré una lima. En verdad, sabía hacer buenos gins porque con lima saben de otra manera. Cuando estaba pelando la lima apareció por detrás y me agarró por la cintura. Me asusté.
- Veo que controlas mucho de limas ¿eh?
- ¿Qué te creías? – le dije mientras sonreía entre temblores-. Mira, siéntate en el sofá y ahora llevo yo las copas.
No quería que se fuera, pero aquel abrazo en mis caderas me había sorprendido a la vez que me había puesto a mil, pero quería mantener la calma. Deseaba pasar toda la noche con él. Deseaba besarle y desnudarle. Llevaba horas deseando lo mismo, pero quería ir paso a paso porque aquella noche era especial.
Ya tenía todo preparado, pero quería recoger primero, así que le pregunté dónde tenía la basura y me grito desde el fondo del salón que en el mueble de la izquierda. Recogí las mondas de las limas, las dos botellas de tónica y la bolsa de plástico con el resto de hielos y me fui hasta el cubo de la basura.
Al abrir el cubo me quedé paralizada. Mis ojos estaban viendo una ejemplar de la revista “Hola” y dos condones usados encima. No sabía como reaccionar. Quería llorar, pero me obligué a no hacerlo. Estaba temblando así que me fui al salón y le pedí que fuera él el que llevara las copas mientras yo iba al baño.
Estuve encerrada allí, unos minutos. Luego salí y al verle le dije. No me encuentro bien Brais. Mejor lo dejamos para otro día. Me di media vuelta y sin darle opción a contestar salí corriendo directa a mi casa.