22. Atado a tu amor

diciembre 7th, 2010 | Juanjo Amorín

Belén apoyó las tres hojas manuscritas del cuento de Brais encima del sofá, al lado de la carta que le había enviado a Uxía desde Buenos Aires. Se levantó y se acercó a la pequeña ventana del desván. El sol de la noche, que estaba en plenitud, alumbraba su cara y hacía que sus ojos marrones, herencia familiar, brillaran aún más.

Quizás Belén era demasiado joven para absorber todo lo que en aquellas horas estaba pasando. Faltaban unos minutos para media noche y llevaba diez horas en el desván recibiendo bocanadas de recuerdos y sentimientos de toda una vida. Uxía lo sabía y por eso se levantó y con paso firme acudió junto a su nieta. La tenía de espaldas. Acarició su melena rubia y luego apartó del lado derecho de su cara un par de mechones para apoyar sus labios. Un beso al que la nieta respondió con un suspiro. Luego se giró y Uxía vio como dos lágrimas caían, arrastrándose como gotas de agua por la tersa piel de la adolescente. La mano arrugada de la abuela las secó para empezar, de nuevo, la conversación.

- Belén, sé lo que supone todo esto para ti. Sé que eres demasiado joven y que muchos de los sentimientos que te estoy contando, tú aún no los has vivido. Tengo ochenta y dos años y te estoy dando mis mejores recuerdos porque quiero que te quedes con ellos para que cuando esta vieja desaparezca…

Belén acercó el dedo índice hasta los labios de Uxía para sellarlos de palabras.

- Abuela -suspiró de nuevo- entiendo todo lo que me estás contando, aunque no lo haya vivido. Este es el mejor regalo que me han hecho en mi vida. Lloro porque no soy capaz de entender cómo se puede llegar a vivir tantos años de los recuerdos y cómo la vida es una suerte que puede unir y separar a su antojo. Ahora entiendo quién es la tía Ana, la que vive en Argentina. Ahora entiendo quién es Mateo, el padre de mi madre que desapareció para siempre. Ahora entiendo porque el abuelo Brais era así de sensible con todos nosotros. Ahora entiendo tantas y tantas cosas… y tantas otras que aún no sé…

- Belén, el día que llegó la caja a mi casa con estos cuentos de Brais, todo empezó a cambiar. El señor Destino, en verdad llegó también a mi vida. Pero eso no quiere decir que fuera sencillo. Todo lo contrario. El destino hay que ganárselo.

Aquel día salí muy tarde de la oficina. Cuando llegué a casa, Sole ya había bañado a Iria. La acosté y me fui al sofá, a este mismo en el que estamos ahora. Abrí la caja y leí los dos cuentos. Cuando terminé, me puse a llorar, como lo has hecho tú Belén. Luego, llamé a Brais. No habíamos hablado desde que nos habíamos visto en la consulta una semana antes. Nuestro contacto sólo habían sido un par de mensajes sms. Sabía que esperaba mi llamada y eso se notaba en su voz. Estaba nervioso y apenas hablaba. Aunque en realidad era yo la que no le dejaba hablar porque le dije mil y una veces que ese había sido el mejor regalo que me habían hecho en mi vida. A media noche y después de llevar casi una hora al teléfono, me preguntó si tenía Internet en casa y le dije que sí, pero que era un poco torpe. Nos conectamos a un programa de mensajería y consiguió que nos viéramos por la webcam. Aquella conversación se quedó para siempre en mi recuerdo.

Del ordenador de Uxía salió un sonido como el de un teléfono con un icono de vídeo. Ella pulsó en la palabra “aceptar” y al otro lado de la pantalla apareció Brais. Así fue la conversación:

- Hola Uxía ¿me ves?
- Sí! que gracia y ¿tú, a mi?
- Sí, claro, de eso va esto.
- Ya, pero es que es mi primera vez (risas).
- Bueno, eso suena un poco raro, Uxía (risas).
- Sí, es cierto, ya hace mucho tiempo que fue mi primera vez.
- Bueno, la mía también Uxía.
- Brais, ya sé que te lo he dicho muchas veces en la última hora, pero quiero darte un “súper” GRACIAS por todo. Por los cuentos que me has enviado. Por recordarme y estar ahí tan cerca aunque me tuvieras tan lejos. Por haber aparecido en mi vida, antes y ahora y por no haberte ido. Por quererme como me quisiste…
- Uxía, el otro día cuando te vi en la consulta, sentí que te seguía queriendo.

Unos segundos de silencio congelaron las imágenes de Uxía y de Brais a través de las pequeñas ventanas de vídeo de sus webcam. Los dos se miraron fijamente. Uxía se mordió el labio inferior, mientras su mano derecha se acercaba a su cara para que reposara sobre ella. Brais se tocaba el pelo y sonreía.

- Sí, Uxía. Han pasado muchos años y apenas hemos hablado de nuestras vidas desde entonces, pero el otro día recuperé muchos sentimientos que me llevé en aquel avión hace veintidós años. Tu sonrisa sigue siendo la misma y sabes que… te sigues mordiendo el labio inferior como lo hacías entonces. Lo hiciste cuando nos despedimos en la puerta de la consulta y lo has hecho hace un minuto.
- Para mi también ha sido muy especial recuperarte después de tanto tiempo, Brais.
- Mira Uxía, te voy a regalar un pedacito de mi que viene del otro lado del océano. Una canción que resume muchas de las cosas que me están pasando ahora por la cabeza. Ahí va.

Uxía, hizo clic en el enlace que le había enviado Brais y que contenía una canción bajo la frase “Atado a tu amor”. Luego la música empezó a sonar.

En ese momento las palabras de los dos se quedaron mudas, pero no sus pensamientos que iniciaron un viaje de ida y vuelta través de las dos ventanas abiertas en sus ordenadores. Esto fue lo que sucedió en cada una de ellas.

Ventana del ordenador de Uxía

Uxía veía como con los primeros acordes, los ojos de Brais se volvían poco a poco más cristalinos y sus labios temblaban. Él esbozaba una sonrisa y eso a ella la relajaba y por eso se la devolvía. Brais vestía una camiseta de color gris y al fondo de su pantalla aparecía un reloj negro que marcaba las diez y diez, una hora atrasada que no se correspondía con aquel momento, una metáfora del pasado o del futuro que tendría que llegar. Uxía deseaba sentirlo, quería que esa ventana de vídeo no existiera, saltar y poder calmar aquel temblor con la caricia de sus labios.

Ventana del ordenador de Brais

Brais observaba a Uxía, que vestía una camiseta negra escotada, con tres botones, dos de ellos sin ojal, perdidos en el abismo de la pantalla. Sus ojos de color avellana y su sonrisa dibujaban una cara deseada y por eso sin darse cuenta de que en medio había una pantalla acercó su mano para acariciarla. Y al fondo un cuadro de color naranja en el que se pintaban tres números, 7 2 1. Brais que había nacido un día 27 pensaba que allí faltaba un 2 que uniría las fechas de sus cumpleaños.

Estaban como reptiles al acecho de la presa, negociando con sus miradas los sentimientos que se pasaban por la webcam en forma de frases de la canción que les acompañaba. Tenían miedo porque sabían que tras aquel momento “webcam” vendría un viaje hacia a la realidad en el que deberían encontrar el estado sólido y dejar el gaseoso de lo que estaba sucediendo por Internet.

Y mientras esto sucedía, la canción dibujaba nubes con frases como esta.

Acabo de pasar la línea de tu encanto. Donde sólo mirarte es un paisaje nuevo. Y tejes las cadenas que amarran mis hechos, que endulzan mi alma, que tiene mi mente y que se meten en mi cuerpo ¿Y para que dejar que pase y pase el tiempo? Si tú y yo preferimos comernos a besos. Has dejado en jaque todos mis sentidos. Pones a prueba el motor que genera los latidos de cada ilusión. Mira lo que has hecho que he caído preso…

(Se recomienda escuchar la canción hasta el final)

Y cuando la canción finalizó:
- Uxía ¿Te ha gustado?
- Mucho, Brais. Gracias.
- Mañana es viernes y Ana se va a casa de mi madre ¿Quieres que cenemos juntos?
- Sí, me apetece mucho.
- Por la mañana te digo en dónde quedamos. Ya es tarde, vamos a dormir un poco.
- Sí, vamos, a soñar. Un beso Brais.
- Otro beso Uxía. 

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