20. Siempre, un cuento de Brais para Uxía

noviembre 21st, 2010 | Juanjo Amorín

Nota del autor: Este cuento es una vivencia personal de Brais. Marcó su vida y su forma de ser y de entender lo que es un amor incondicional. Está muy relacionado con el relato 12

Un cuento breve de Brais Gómez.

Érase una vez una pareja de octogenarios que vivían en una ciudad pequeñita de Galicia. A María una trombosis la había postrado en una cama y apenas se podía levantar. Juan vivía pegado a una botella de oxígeno porque el tabaco era su segunda pasión, tras su mujer a la que había conocido con veinte años y de la que no se había separado ni un solo día en su vida. Tenían un único hijo, Pablo, de cincuenta años, alcohólico y mujeriego. Razones por las que María y Juan habían perdido parte de lo ganado en toda su vida.

Pablo tenía dos hijos de su primer matrimonio y uno del segundo en el que estaba inmerso. Su mujer actual no quería saber nada de sus suegros. Tras la segunda boda, los padres de Pablo le compraron un piso y un coche con los últimos ahorros que marcaba la cartilla. Querían animarlo para que rehiciera su vida y pudiera crear una familia de nuevo. Él se lo pagaba con una visita al año la tarde de nochebuena. Un desgraciado. Pero a María y a Juan aquella visita aunque no les llegaba, les llenaba porque al fin y al cabo era su único hijo.

El primogénito de Pablo se llamaba David. Vivía a dos calles de ellos con su otro hermano y su madre, una peluquera que había tenido que cerrar su negocio de barrio por el embargo derivado tras el divorcio con Pablo. Así que se puso a cortar y peinar cabezas en uno de los cuartos de casa. La pasión de David eran sus abuelos. Cuando cumplió 15 años y María sufrió una trombosis, decidió pasar unos días en casa de estos para estar con ellos por las noches y que no se sintieran solos. Delia, su madre, le dejó a regañadientes porque creía que ese no era el lugar para un niño de su edad, pero tampoco le quería decir que era su padre el que debía ocuparlo.

Los días se convirtieron en semanas y las semanas en meses y David seguía en casa de sus abuelos. Por las mañanas se iba al colegio y al regresar a las cuatro de la tarde hacía los deberes en el brasero mientras María y Juan jugaban a las cartas. A las ocho de la tarde, una asistente hacía la cena para los tres y luego se iba. A las diez de la noche, David agarraba los noventa kilos de su abuela y acompañado de un tacatá para ancianos acostaba a María en una de las camas gemelas de la habitación del matrimonio. Luego le encendía la radio porque era la pasión de su abuela y la compañía de los dos ancianos durante las largas horas de la noche. Después regresaba al salón para ver la tele con Juan y regañarle porque se echaba el último pitillo del día. Y así, todos los días.

Por las noches a las 4 de la mañana el despertador de David sonaba porque era la hora en la que tenía que cambiar la botella de oxígeno de su abuelo. David se lo tomaba con humor porque decía que él dormía dos veces al día. Entre las doce y las cuatro y desde esa hora hasta la del desayuno a las ocho.

La habitación de David estaba justo enfrente de la de sus abuelos, separada por el corte del pasillo de la casa. Desde que se había ido a vivir con sus abuelos su sentido del oído se había desarrollado muchísimo y podía saber por cada movimiento de los ancianos en su cama, la posición en la que estaban y si todo iba bien o mal. También había aprendido a dormir con la cantinela de la radio encendida que acompañaba a sus abuelos cada noche.

Un día de invierno David tuvo que abandonar su clase de inglés, su gran pasión, porque el director del instituto recibió una llamada del hospital provincial avisando de que a María le había dado un derrame cerebral. Cuando llegó, los médicos le dijeron que no había nada que hacer y que en horas se iría para siempre. Le pidieron que localizara a su padre. David telefoneó a la casa de Pablo y su mujer le dijo que estaba en cama con gripe y que ya le llamaría. Así que se encontró solo y asustado. Sabía que su abuelo Juan estaba en casa y que probablemente estaría más asustado que él por lo que decidió salir corriendo en su encuentro.

Juan había visto como a su mujer se la llevaba la Cruz Roja en una ambulancia, pero él no la podía acompañar porque sin ayuda no podía bajar desde el tercero en el que vivía. David hizo todo el camino corriendo y a la vez pensando en cómo le iba a decir a Juan que María se moría. Al llegar, vio a su abuelo en la mesa camilla del brasero con la mirada perdida y los ojos llenos de lágrimas. Se sentó a su lado y le dijo que había hablado con los médicos y que María estaba mucho mejor y que en unos días estaría de nuevo en casa. Juan creía que era un milagro y David no sabía como convertir su mentira en eso. Aquella noche David jugó a las cartas con Juan y luego se fue a dormir a la cama de María para estar más cerca de su abuelo. Como os podéis imaginar, aquella noche David la pasó pidiendo un milagro, sabe Dios a quien.

El destino quiso que una semana más tarde María regresara a casa. Había perdido casi toda la movilidad, y el derrame le había regalado sólo instantes de lucidez. Los médicos querían que acabara de morir en paz, al lado de su marido. David la acompañó en la ambulancia y ayudó a los enfermeros a subir los tres pisos sin ascensor. Al llegar a la puerta de casa Juan les estaba esperando. En cuanto vio a su mujer se abalanzó sobre ella y le dijo: “mi amor”.

Aquella noche no hubo partida de cartas, ni tampoco televisión. Juan se fue a la cama a las diez y David que estaba agotado por una semana intensa entre hospital e instituto marchó hasta su cuarto a descansar y los ojos se le cerraron pocos minutos después. A la una de la mañana un pequeño golpe que venía del fondo del pasillo le despertó. Miró el reloj y se extrañó. A los pocos segundos vio pasar una sombra y pregunto:

– Abuelo, ¿eres tú?
Su abuelo asomó la cara por la puerta y le dijo:
- Sí, fui a por un vaso de agua. Me vuelvo a la cama. Duerme.

David quería recuperar el sueño pero no podía. Sabía que a María le quedaban horas de vida y él no se lo había dicho a su abuelo para que no sufriera. Y no sabía si había hecho bien o no. Le atormentaba que no se pudiera despedir de ella por culpa de aquella mentira inocente que él se había inventado.

Escuchó como Juan empujaba la puerta de la habitación y entraba porque el sonido de la radio se amplificó. Pero algo sorprendente le llamó la atención. Juan había cerrado la puerta y eso nunca lo hacía. David dejó de escuchar la radio y se reincorporó en la cama para prestar más atención y reconocer lo que estaba pasando. Silencio. No escuchó nada. Se levantó con sigilo y descalzo se dirigió hasta la puerta de la habitación de sus abuelos y descubrió lo que se temía, la puerta estaba cerrada. No sabía qué hacer, pero como aquello no era normal decidió abrirla con mucho cuidado. Puso una mano en el pomo y la otra en el marco de la puerta para conseguir sólo una apertura por la que ver qué era lo que estaba sucediendo sin ser visto.

David miró a la derecha y vio que Juan no estaba en su cama y se asustó, pero el miedo se convirtió en sorpresa cuando descubrió que su abuelo estaba en la cama gemela de la izquierda, la que ocupaba María. Su cara acariciaba a la de su mujer y sus brazos la rodeaban. De fondo, en la radio que siempre estaba encendida, sonaba esta canción que Brais traducía del inglés mientras miraba y esbozaba una sonrisa de felicidad porque el milagro había sucedido . A la mañana siguiente, María murió.

Lo siento en mis dedos
Lo siento en los dedos de mis pies
El amor me rodea
Y el sentimiento crece

Está escrito en el viento
Está en todas partes yo siento, oh si, lo es
Así es que si en realidad me amas
Vamos, demuéstramelo

Sabes que te amo y siempre lo haré
Estoy decidido Por
La manera en la que me siento
No hay inicio,

No habrá final
Por que puedes confiar en mi amor
Veo tu rostro frente a mi
Mientras reposo en mi cama

Y me pongo a pensar
En todas las cosas que me dijiste, oh sí es así
Me hiciste una promesa y
Te hice una también

Necesito a alguien a mi lado
En todo lo que hago, oh sí, así es
Sabes que te amo y siempre lo haré
Estoy decidido por
La manera en la que me siento

No hay inicio,
No habrá final
Por que puedes confiar en mi amor
Tenemos que continuar moviéndonos

Está escrito en el viento
Está en todas partes yo siento, oh si, lo es
Así es que si en realidad me amas, me amas
Vamos, demuéstramelo

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