19. En la consulta
noviembre 21st, 2010 | Juanjo Amorín
- Se levantó sin perderme con la mirada y al instante me vi abrazada a él. Luego sentí como su boca se acercaba a mi oído. Temblé, hasta que me susurró: ¿Dónde has estado todos estos años? Felicidades Uxía.
- ¡Se acordaba de que era tu cumpleaños! -exclamó Belén sorprendida-.
- Sí y yo me quedé de piedra porque aquello no me lo esperaba. Y provocó que el abrazo se alargara unos segundos más.
Luego nos separamos y nos dimos dos besos. Hacía veintidós años que no nos veíamos, que no habíamos hablado, ni nos habíamos escrito. Aquel momento lo recuerdo como si fuera hoy. Estaba nerviosa y él lo notó, así que me pidió que me sentara y comenzamos a hablar. Fue un momento breve, pero de los más intensos que he vivido en mi vida. Me contó que llevaba un año en Madrid y que vivía muy cerca del hospital. Regresó porque su padre había fallecido en un accidente de tráfico en Buenos Aires y su madre quería vivir cerca del resto de la familia en España. Yo nunca me lo había imaginado como médico, pero él me dijo que ayudar a los demás era una de sus pasiones y que en ese oficio lo había conseguido. Poco más pudimos hablar de él, porque la enfermera en cuanto pudo le dijo que había más gente esperando y nos forzó a hablar del historial de Iria. Ahí descubrió que era la hija que había tenido con Mateo. Le conté que me había separado de él hacía ya dos años.
Me propuso comer ese mediodía, pero le dije que no podía porque tenía que regresar al trabajo. Nos dimos los números de teléfono y quedamos en llamarnos aquella misma tarde. Me acompañó hasta la puerta de la consulta. Vestía muy moderno, como cuando era niño. Me sorprendió porque te esperas a un médico de traje, pero no. Iba con unos vaqueros, una camiseta negra y unas zapatillas deportivas oscuras. Un retrato corrido en el tiempo del Brais de mi infancia. Nos dimos otro abrazo y dos besos y su mano apretó la mía hasta que empecé a andar y me soltó, pero parecía que no quisiera.
Cuando salí, me crucé con la señora que estaba sentada a mi lado en la sala de espera, la que hablaba por los codos y que me había dicho que el doctor era más bueno que los ángeles de Machín. Me miró y me espetó: -¿es majo el doctor verdad?- y yo le respondí -si yo le contara… No entendió nada, claro.
Belén soltó una carcajada breve porque quería que su abuela siguiera con la historia.
- Al llegar a la oficina, llamé a Laura, mi mejor amiga de Madrid, la que me había presentado a Mateo en aquella fiesta. Laura era mi confidente, mi hermana, mi refugio para lo bueno y para lo malo. Le conté todo lo que me había pasado aquella mañana en el hospital de Madrid. No se lo podía creer. Durante años, le había hablado una y mil veces de aquel niño que se llamaba Brais, el que había sido mi primer amor en el colegio y con el que pasé tantas horas de felicidad. Laura hablaba por los codos, pero en aquella llamada me escuchó sin interrumpirme hasta al final que me dijo algo que me marcó: Uxía, es la primera vez en mucho tiempo que te noto feliz.
Por la tarde regresé a casa y cuando estaba bañando a Iria sonó el teléfono. Era Brais. Le dije que estaba en medio del baño y que le llamaría más tarde. Esperaba aquella llamada, pero la recibí como una sorpresa, como un regalo inesperado. Cuando acosté a Iria, le llamé, pero no me contestó. Al día siguiente era viernes y le envié un sms invitándole a cenar a casa. Me lo pensé una y mil veces, porque me parecía atrevido, pero al fin y al cabo era un amigo al que hacía muchos años que no veía y apenas habíamos tenido tiempo para contarnos nuestras vidas. Me respondió diciendo que no podía porque se iba de viaje de fin de semana con Ana.
- ¿Quién era Ana? – preguntó Belén- ¿Su mujer?.
- En aquel momento fue lo que supuse, pero no lo sabía porque él no me había hablado de ella, aunque supuse que sí.
- ¿Y cuándo os visteis?
- A la semana siguiente recibí una llamada de Sole, la chica que cuidaba de Iria hasta que yo regresaba a casa. Me dijo que acababa de llegar un paquete del tamaño de una caja de zapatos a mi nombre. Le pedí que me leyera el remitente y me dijo que era de Brais Gómez. Me sorprendió porque no me podía imaginar lo que podía contener. Quería abrirlo yo, pero deseaba que Sole lo rasgara en ese instante y me dijera que era lo que había dentro. No quería llamarle por teléfono así que le puse un sms preguntándole que había en aquel paquete. Me respondió al instante diciendo: la cena a la que no pude ir. Y se despedía diciendo que le llamara una vez que lo hubiera visto todo.
- Pero ¿qué había en aquel paquete abuela? ¿Comida?
Las dos mujeres sonrieron porque sabían que eso era un absurdo. Uxía miró al reloj de la cocina que marcaba las 22.30 horas y luego la cara de Belén que pedía más. La edad delataba el castigo de las horas en una y en otra. Llevaban hablando desde mediodía, cuando Belén se había adentrado en el desván y la abuela acudió a su encuentro tras escuchar el golpe de su caída. Las dos estaban cansadas, pero Uxía sabía que era aquella noche o ninguna así que le propuso a Belén subir al desván y continuar.
Abandonaron la cocina y subieron las tres plantas de la casa hasta llegar al pasillo de la tercera. Al fondo a la derecha estaba la puerta que Belén había abierto a mediodía y que daba al desván. Entraron y recorrieron el pasillo estrecho midiendo muy bien las pisadas para esquivar el tumulto de cajas llenas de recuerdos que hacían el camino que daba hasta el sofá. Belén se sentó y Uxía se fue hasta el vestidor mientras la nieta la seguía con la mirada. A los pocos segundos regresó con un puñado de papeles y sobres anudados por una cuerda en una mano, y dos casettes en la otra. Se sentó el sofá y le dijo a Belén:
- Esto es lo que había en el paquete. Dos cuentos que Brais escribió para mi.
- ¿Dos cuentos? -dijo Belén- pero ¿y estas fotos? ¿y esos casettes?
- Tu abuelo era así. Son dos cuentos acompañados de fotos y con música. El primero lo escribió unos años después de irse para Argentina. Me lo envió por correo como regalo de cumpleaños en septiembre de 1994 porque se lo habían premiado como mejor relato de jóvenes escritores en Buenos Aires. Como nos habíamos cambiado de casa, nunca llegó a mis manos y se fue de vuelta a Buenos Aires. Se titula SIEMPRE.
Luego, ya de mayor, con 33 años, recordó nuestra historia y escribió un segundo cuento en el que recreaba con otros personajes todo lo que le había pasado en aquellos años que no nos habíamos visto. Una historia de su vida, pero con personajes que se había inventado. Se titula TAL VEZ.
Uxía tomó uno de los casettes entre sus manos y de camino a la cadena de música le dijo a su nieta:
- Belén, lee tú el primero.