18. El destino
noviembre 9th, 2010 | Juanjo Amorín
El reloj de la cocina marcaba las 21 horas y 27º fuera de la casa. Una noche cálida para estar en la costa de Galicia en el mes de agosto. Mientras Belén ponía la mesa, Uxía calentaba en el microondas unas verduras al vapor que había hecho justo antes de subir al desván, a media tarde, y un poco de jamón ibérico con pan y tomate. Era la cena ideal para aquel día.
Cada una estaba a la suyo, sin intercambiar palabra, pero sin olvidar todo lo que había sucedido en las cuatro horas anteriores en el desván. Belén, emocionada porque sabía que aquel momento no se volvería a repetir nunca más en su vida. Uxía, haciendo lo que Brais le había pedido en su lecho de muerte: “que nuestra historia llegue a las personas que queremos”. Una frase que se había convertido en el estribillo del alma de la abuela.
Ya en la mesa, Belén rompió el silencio con una pregunta que nada tenía que ver con la emocionante historia que se había iniciado en el desván.
- Abuela, ¿Y ahora qué?
Uxía se sorprendió porque aquella pregunta ya la había escuchado alguna que otra vez en su vida.
- Ahora, es hoy. Ni fue ayer, ni será mañana. Esta es una de las lecciones más importantes que ha aprendido esta vieja de 82 años que tienes delante. Durante mucho tiempo, yo viví más pendiente de cómo sería mi futuro y de revisar mi pasado que de vivir mi presente. Pero todo cambió el día que el destinó hizo una parada en mi vida.
El 1 de septiembre de 2010, después de haber cumplido un año en Málaga, Iria y yo regresamos a mi apartamento de soltera en Madrid. Estaba a punto de cumplir 35 años, soltera y con una niña de dos años recién cumplidos a la que sacar adelante. Unos días antes me encontré por casualidad con mi ex jefe que estaba de vacaciones en Málaga y me ofreció regresar a su equipo en la agencia de publicidad. Mira lo que es la vida: lo que un año antes me parecía un paso hacia atrás, en aquel momento suponía subirme al tren de nuevo. Y lo hice. Siempre hay segundas paradas, Belén. No dejes que nadie te las oculte. Dicen que todo lo que empieza acaba, pero a veces hay cosas que terminan sin casi comenzar de verdad y eso, si puedes, evítalo.
Regresar a Madrid fue como empezar de nuevo. Primero reformamos el apartamento para añadir una habitación para Iria porque aquella casa estaba pensada para una mujer soltera. Luego contraté a Sole, una peruana encantadora, para que se quedara con la niña mientras yo estaba trabajando porque ese año no había conseguido plaza en ninguna guardería. Nos compramos un coche para poder movernos los fines de semana. Recuperé a mis amigos de siempre a base de organizar salidas por Madrid. Fue como volver a ese lugar en dónde naciste y te sentías como en casa. Cada hora que pasaba me encontraba mejor y recuperaba miguitas de felicidad.
El día de mi cumpleaños, a finales de septiembre, Iria y yo teníamos cita en el Hospital de Madrid, el que nos tocaba como centro de primaria. Era una visita de cortesía para conocer al médico de familia que llevaría a la niña y entregarle el historial de la pequeña en mano. La madrugada anterior Iria había decidido que aquella no era una noche para dormir y las dos vimos como el reloj marcaba las 5 de la mañana. Al despertarme me dio pena y la dejé con Sole. Así que acudí yo sola a la cita con su doctor.
Fui caminando desde mi casa hasta el hospital que estaba a un cuarto de hora andando en un lugar llamado Conde Suchil. Un paseo que había hecho una y mil veces antes de conocer a Mateo y cometer el error de vivir en una urbanización artificial a las afueras de la ciudad. Habían pasado dos años y aunque todo seguía en el mismo lugar, recrearme en cada momento me hacía sentir bien. Las calles de Madrid son así. En cada metro hay mil millones de instantes escondidos que te susurran secretos al oído y te hacen sentir especial.
Calle arriba subí por la Corredera Alta hasta cruzar con La Palma. Allí me paré para asegurarme que seguía abierto El Penta, un sitio, Belén, por el que hay que pasar antes de morirse. Ve y verás. Me dejé llevar por mis pasos hasta llegar a la Glorieta de Bilbao. Allí desayuné en La Comercial un café con churros. Deliciosos. Bajé por el majestuoso bulevar de Carranza contando la baldosas como hacía de joven, hasta llegar a la Glorieta de San Bernardo en dónde me encontré con el que había sido mi gimnasio de soltera. Y como iba pletórica, dije, ya que estoy aquí, me apunto de nuevo. Enfrente ya estaba el hospital.
Al entrar me dirigí al mostrador para enseñar mis credenciales de mamá y validar la cita. Una señorita con acento del sur me dio un papel que decía: puerta 12B, segunda planta, doctor B.G.O. Subí por las escaleras y me emborraché del olor a limpieza exagerado que desprenden esos lugares.
Al llegar a la puerta busqué asiento entre la docena de personas que allí estaban, como yo. A mi lado me tocó una mujer con ganas de hablar, de esas que te cuentan su vida en relatos cortos. Me preguntó si conocía al doctor. Le dije que era mi primera vez. Me dijo que era más bueno que los ángeles de Machín y que a su niño lo quería mucho. No sabía si creerla o echarme a reír.
Cada diez minutos salía una enfermera y decía en alto los nombres de los tres siguientes niños. Por fin llegó el de la mía. Iria Rodríguez Ribas (con el tiempo le quitaría el Rodríguez) iba después de la niña que estaba dentro y detrás de mi pasaría la señora pesada que tenía al lado. Aproveché y me fui al baño. La media eran diez minutos por consulta. Regresaba por el pasillo y cuando aún me estaba colocando la falda, escuché el nombre de Iria. Corrí y dije en alto: – soy yo, bueno, mi hija.
-Pase -dijo la enfermera-.
Entré y me senté bien ordenada por la señorita de verde.
- Espere que el doctor viene en unos minutos.
Y esperé. Fueron segundos porque la puerta que estaba a mi espalda se abrió y sentí los pasos de un señor. Pasó a mi lado vestido con una bata blanca. Era bajito, no más de 1.65. Siguió andando hasta alcanzar su archivador y se dirigió a mi dándome la espalda.
- Usted es la madre de Iria Rodríguez -dijo-
- Sí. Soy yo.
- ¿Trae el historial?
- Sí aquí, está -le dije sin darle más explicaciones porque ni me había mirado-.
En ese momento, él se dio media vuelta y mi corazón dos vueltas y media. Nos miramos fijamente. Tenía los ojos azules como el agua marina. Yo no quería estar allí, ni decir lo que estaba pensado, pero él no dejó que lo hiciera porque se adelantó:
- Uxía.
Y yo respondí:
- Brais.
- Belén. Si volviera a nacer, si empezara de nuevo volvería a vivir aquel momento… Es el destino quién nos lleva y nos guía. Nos separa y nos une a través de la vida.
Mientras Uxía recordaba esta canción: Antonio Vega – Como Hablar, Belén bebía un sorbo de agua para digerir lo que acaba de escuchar en aquella cena irrepetible.