17. Punto y aparte
noviembre 2nd, 2010 | Juanjo Amorín
A las tres de la madrugada regresé a casa. Ya había pensado lo que debía hacer. Desde el jardín se veía la luz encendida de nuestra habitación y eso me indicaba que allí estaba Mateo. Me dirigí hasta el salón y después de dos horas mirando al infinito de aquel cubo me quedé dormida en el sofá. El llanto de Iria me despertó al amanecer. Le di de comer y Mateo pasó por la cocina. Me dijo que a mediodía vendría a comer a casa. No le respondí. Ni le miré. Estaba enfurecida. Luego se fue.
Fue una mañana llena de sensaciones cruzadas. Pensaba, que absurdo es vivir el resto de mi vida sin su latido, pero al momento decía ojalá no hubiera visto nunca aquella imagen. Mi casa había cambiado para siempre porque la tristeza la había tomado como trinchera.
A la hora de la comida, Mateo apareció en la cocina. Iria ya se había dormido. Nos sentamos y comenzamos a hablar.
- Mateo, esta tarde me voy de casa con Iria. Regreso a mi apartamento en el centro de Madrid. Necesito espacio. Ahora no puedo vivir aquí.
- No hagas eso Uxía. Ya te expliqué ayer lo que había pasado.
- No, no lo hiciste. Sólo me dijiste lo que quería escuchar, después de decirte yo lo que había pasado.
Mateo golpeó la mesa y me asustó. Estaba enfurecido y nervioso. Nunca le había visto así antes. No me esperaba esa reacción y menos lo que vendría después.
- ¿Vas a estropear nuestras vidas? – me dijo-.
- ¿Cómo? -le dije yo alzando la voz- Yo no voy a estropear nada. El que ha dinamitado esta relación has sido tú.
- Haz lo que quieras Uxía. Se te pasará. Y si no se te pasa, tú sabrás.
Fueron las últimas palabras que le escuché. Las palabras que más daño me han hecho en mi vida porque venían de la persona que yo más quería en ese momento. Se dio media vuelta y no le vi nunca más.
- ¿Nunca más? -preguntó Belén a su abuela sorprendida-
- Sí Belén, nunca más le volví a ver. Aquella semana Iria y yo vivimos en mi apartamento de soltera en Madrid. Me llamaba por teléfono, pero no le respondía. Ese fin de semana mi madre se enteró de lo que había pasado y nos llevó a su casa de la playa. Allí estuvimos un año. Mateo vino a ver a Iria cada mes, pero yo me iba de casa para no verle. Un día, llegó una carta a Málaga…
Uxía se quedó muda y Belén para salvarla le preguntó:
- ¿Una carta de Mateo? ¿qué decía?
- Sí. Había pasado ya un año desde que nos separamos. Aquella sí que fue la última vez que supe de él. Me dijo que se había ido a vivir a Valladolid. Que había rehecho su vida con una persona que realmente le quería y que lo único que le interesaba de nosotras dos era Iria. Fue una carta llena de odio y de reproches que yo no me merecía. Fue la estocada que le faltaba a nuestro amor y allí perdí la felicidad que aún estaba dentro de mi alma.
- Pero ¿por qué no luchaste por aquel amor? Él te había pedido perdón y quizá si no te hubieras ido del todo, quizás se podría haber solucionado, abuela.
- Belén, esta es la conversación que tuve con tu madre, una y mil veces, desde que tenía tu edad y nunca entendió mi actitud, pero así fue. Yo creía que lo tenía todo con Mateo y de la noche a la mañana me sentí sin nada. No dejé de amarle hasta que llegó aquella carta. Soñaba con volver con él y poder reconstruir nuestro sueño, pero lo que había pasado y su actitud día tras día en nuestra separación me habían desinflado y me daban argumentos para olvidar definitivamente. Me había humillado y engañado.
- ¿Y mamá? Mateo ¿no la visitó más?
- Mientras vivimos en Málaga bajaba desde Valladolid cada dos o tres meses a verla y se pasaba el fin de semana con ella. La recogía por las mañanas y la dejaba por las noches en casa de mis padres. Un fin de semana le dijo a mi madre que se iba a vivir a Estados Unidos porque había encontrado un trabajo allí. Las primeras dos navidades la llamó, pero luego desapareció y no supimos nada más de él.
Es una historia muy triste -dijo Belén con la voz tomada por la emoción- y continuó. Muy triste para ti y para mamá. Pero si el destino quería eso…
- En ese momento un teléfono comenzó a sonar en el desván. Era el de Belén, pero no lo llevaba encima. Había saltado por los aires en su tropezón cuando entró en el desván. Se dio cuenta de ello y comenzó a buscarlo entre las cajas de recuerdos guiada por la música de la señal de llamada. Era Iria.
- Hola mamá -contestó Belén- Estoy con la abuela. Sí, sí, hemos hecho ya muchas cajas, pero nos queda aún mucho por empaquetar.
Iria llamaba desde Madrid. Se había ido aquella mañana bien temprano para trabajar y había quedado en recoger a las dos mujeres al día siguiente para llevárselas a su casa en la capital.
- ¿Cuándo vienes? Ah vale. Bueno, no te preocupes. Yo se lo digo a la abuela y si no puedes mañana, pues mejor nos vamos pasado. Vale, vale. ¿Sabes una cosa mamá? Pues que te quiero mucho, mucho y la abuela, también. Un beso.
Belén colgó y Uxía le dio un abrazo para decirle a continuación: – Gracias.
Belén le contó a su abuela que su madre no podría recogerlas cómo habían quedado al día siguiente porque tenía una importante reunión de trabajo. Se retrasaba el cierre de la casa hasta dentro de dos días. Belén estaba deseando ver a su novio, Daniel, que estaba en Madrid, pero aquella llamada había sido una buena noticia porque sabía de la importancia de aquellas horas que estaba viviendo con Uxía. La octogenaria pensó lo mismo, pero no lo dijo.
La noche tomaba el desván y quizás era un buen momento para bajar y cenar. Uxía se lo propuso y Belén aceptó con una condición.
- Después de cenar, abuela, nos hacemos un té verde con menta y me sigues contando, ¿vale? Es que no puede ser todo tan triste -exclamó Belén pidiendo con su mirada volver a los momentos felices de la vida -.
Uxía sonrió. Era la primera vez que lo hacía desde que se había quedado traspuesta soñando con Brais unas horas antes. Estaba cansada, pero quería agotar sus fuerzas en ese momento tan importante en su vida.
- Belén, siempre después de la tormenta, regresa la calma y con ella la felicidad y el amor. Aquel fue un mal trago, pero vendrían momentos mucho más felices y sorprendentes. Luego, te los cuento.