15. La fidelidad
noviembre 2nd, 2010 | Juanjo Amorín
Belén no daba crédito a lo que acaba de escuchar de boca de su abuela Uxía. En sus dieciséis años de vida había pasado de tener apenas un párrafo huérfano de información de Mateo, a recibir maletas cargadas de contenido de su abuelo biológico, el padre de su madre, al que nunca había conocido. Y sin embargo esa abundancia le reconfortaba porque empezaba a entender su pasado y a comprender el futuro de Uxía. Lo que no se imaginaba es que su abuela le estaba dando algo más: un legado para entender una vida.
- Abuela, ¿y cuándo le dijiste que habías visto aquel mensaje?
- Al día siguiente, el 29 de agosto de 2009, Mateo se levantó como si el mundo no se hubiera parado la noche anterior. Para él no, pero para mi sí. Aquel dichoso sms no salía de mi mente, pero yo seguía convenciéndome de que había sido un error.
Era lunes y la rutina marcaba el paso. Mateo se despidió con la misma frase de siempre: amor, me voy a trabajar, luego te llamo, te quiero. Me dio un beso y luego cerró la puerta. Me quedé tumbada en la cama mientras Iria mantenía la tregua de las ocho y media.
Llevaba un año sin trabajar. Había enlazado la baja maternal con la ilusión de cambiar de empresa para estar más tiempo con los dos. Vivíamos en un chalé adosado a media hora de Madrid, algo a lo que yo siempre me había negado. Pero lo hice por él, porque era un entusiasta de la naturaleza y de sus paseos en bicicleta. Cada vez que Mateo se iba, aquella casa se convertía en la oficina de mis aficiones. Leía, pintaba, enviaba curriculums por internet y me pasaba la vida escuchando música. Le llamaba decenas de veces al día porque me sentía sola sin él a mi lado. A media mañana y a media tarde me reunía con el resto de mamás en el parque de la urbanización. A las ocho de la noche regresaba y la ilusión volvía a mi cara. Así era mi vida entonces.
Pero aquel 29 de agosto, me caí de la cama escuchando de fondo como el coche de Mateo salía del garaje. Quería parar la pesadilla que me mataba desde la noche anterior haciendo cosas que me distrajeran. Aquella mañana hablamos mil veces. Él sabía que algo pasaba porque no era normal tal volumen de llamadas, pero yo le repetía que sólo lo hacía para decirle que le quería mucho.
A mediodía, aprovechando que Iria dormía después de comer, me puse a ordenar el mueble del salón. Detrás de mis libros de historia del arte ¿sabes lo que encontré?
- ¿Qué? -dijo Belén brevemente porque no quería cortar la historia-
- La caja de Brais. Yo no la había visto en la mudanza y no recordaba que podía estar allí arriba. La cogí y me la llevé al sofá. Hacía veintidós años que no la abría. Desde los catorce. Lo primero que me encontré fue el sobre marrón. Comencé a leer la carta y no paré de reír por la inocencia y el romanticismo de sus palabras. Qué bien escribía aquel chico con tan poca edad, me dije. Pero cuando llegué al párrafo en el que Brais describía el tipo de piedras que construyen una casa capaz de crecer hasta el cielo, en ese momento, un soplo de ansiedad se apoderó de mi y empecé a preguntarme si lo que había construido con Mateo era una casa con esos piedras o no.
A media tarde no pude más. Entre el sms y aquel párrafo se apoderaron de mi paciencia. Vestí a Iria. La metí en mi coche y me fui hasta la oficina de Mateo. Aquel día mi alma necesitaba abrazarse a su cuerpo. Quería escuchar que aquel mensaje que había visto la noche anterior era sólo un error.
A las siete en punto aparqué al lado de su coche, enfrente de la puerta de su empresa. Le vi salir. Bajé la ventanilla para gritar su nombre, pero no me dio tiempo. Paró a un taxi, se subió a él y se fue. Y allí me quedé dos segundos en soledad, sin saber cómo reaccionar, hasta que sonó mi móvil en el que aparecía su nombre. Me dijo que apenas tenía batería y que me llamaba sólo para decirme que se iba a una presentación y que llegaría un poco más tarde a casa. No pude decirle que le estaba esperando y que le había visto porque la llamada se cortó.
La fuerza del destino me empujó a seguirle. Quería verle. No podía aguantarme. Cruzamos medio Madrid con la única distancia del tráfico de media tarde. Al llegar al inicio de la calle Goya el taxi pasó un semáforo en ambar y se orilló a la izquierda. Yo me quedé a diez metros en un semáforo en rojo.
Mateo salió del taxi. Yo bajé la ventanilla de nuevo, saqué la cabeza y grité su nombre, pero él no me escuchó. No lo pude repetir porque enseguida cruzó la calle corriendo hasta que se encontró con un coche coche rojo con una mujer al volante. Abrió la puerta y ella le recibió con un beso como los que me daba a mi cuando me decía que me quería. Los tenía enfrente. Aquella mujer era la de la foto que había llegado por sms al móvil de Mateo.
- Nooooo! -expulsó Belén con rabia y dolor-
Aunque aquella historia estaba preñada de dolor, habían pasado más de cuarenta años desde que había sucedido y Uxía estaba tranquila. Cogió a Belén de la mano y le pidió que le escuchara con atención:
- Belén, la FIDELIDAD es como el aire, cuando lo tenemos no lo valoramos porque respiramos con normalidad, pero cuando alguien te es infiel, la soledad te agarra, la ansiedad te atrapa, una sensación de suciedad te inunda y el sentimiento de culpa te hace creer que tendrías que haber sabido querer de otra manera. Si algún día quieres a alguien de verdad, no le seas infiel. Si lo haces, piensa si de verdad le querías.