13. No

noviembre 1st, 2010 | Juanjo Amorín

El viejo reloj dijo las seis y diez de la tarde desde una de las baldas del desván. Belén seguía recostada en el sofá con la miel en los labios por la experiencia que le había contado Uxía minutos antes. Pero el sabor dulce calló en un coma profundo cuando escuchó lo que salió de la boca de su abuela:

- Después de aquella carta, me olvidé de Brais por mucho tiempo. Fue uno de los días más tristes que recuerdo de mi adolescencia.

Belén, al escuchar esa frase de Uxía, sintió que se caía a un precipicio sin fin. Se reincorporó con brusquedad porque no se esperaba aquella reacción. Abrió los ojos como platos y el despiste que tenía era tan grande que sólo le salió un: ¿qué pasó abuela? ¿por qué?

- Aquella tarde en el salón de actos, no sentí lo que esperaba, no sentí lo que quería, no temblé como deseaba. Me moría por vivir lo mismo que con la carta que Brais me había escrito desde el avión camino de Argentina, pero no lo conseguí y lloré mucho aquella noche. No tuve ni el cosquilleo en el fondo del estómago, ni las ganas de reír para ser feliz, ni la fuerza para esperarle como me pedía.  Tenía sólo 14 años. Nos habíamos conocido un año antes y habían pasado ya dos meses desde que se había ido. Quizás todo eso, lo había cambiado todo. Sin embargo la semilla de Brais seguiría ahí durante toda una vida hasta…

Belén interrumpió a su abuela:

- No lo entiendo, ¿pero estabas enamorada de él?.

- No Belén, no sabía cómo estaba. Yo creía que estaba enamorada, pero en aquel momento sólo le quería. Con el paso del tiempo entendí la diferencia entre el amor y el querer. Y cuando llegó ese momento entendí que había estado enamorada de Brais antes de que se fuera a Buenos Aires, pero me había desenamorado después.

- Pero me dijiste que esta carta había sido el mejor regalo de tu vida -insistía Belén que se negaba a asumir ese final que le estaba imponiendo Uxía-.

- Esa carta marcó mi vida. Durante muchos años soñé con crear una casa que pudiera crecer hasta el cielo, pero sólo lograba construir invernaderos que se los llevaba el viento una y otra vez. Después de Brais, en mi vida entraron otros chicos por los que temblaba cuando les besaba y hacíamos el amor, pero al final siempre llegaba la cuenta del olvido y el sueño se rompía. Lo que no supe hasta mucho tiempo después es que un niño de 14 años me había dejado escritas las claves para que el sueño se transformara en realidad y el olvido en eternidad y por eso, esa carta fue el mejor regalo de mi vida. Porque me ayudó a ser feliz, aunque fuera tarde.

Belén seguía desconcertada. Su temperatura emocional había bajado varios grados desde que habían iniciado esta conversación. Aunque no lo decía, en su cabeza el desorden era monumental. Quizás por eso y porque su puzzle familiar no le encajaba, se decidió a sacar un tema que era tabú entre su familia y más aún después de lo que le estaba contado su abuela en ese momento.

Se levantó del sofá. Sin decir ni mú, se acercó hasta la balda que tenía enfrente. Allí había un portaretratos con cuatro fotos de su madre, Iria, recién nacida. Aquel collage fotográfico las miraba desde el inicio de la conversación y Belén se había fijado en las fotos en varias ocasiones, pero las había ignorado. Lo tomó en sus manos y las observó con serenidad. Las dos primeras fotos eran de Iria sola. La primera a la izquierda mostraba a la madre de Belén con apenas unas horas de vida. A su lado Iria estaba tumbada con el faldón del bautizo encima de una cama. Las dos de abajo retrataban a Iria y a Uxía con los primeros meses de vida, pero estaban recortadas por el lateral izquierdo. Belén sabía que aquel pedazo de foto que faltaba era el secreto familiar del que nunca se hablaba y por el que nadie quería preguntar. Se acercó hasta su abuela y cuando la tenía enfrente le mostró el marco y le preguntó:

- ¿Quién falta en esta foto?

Uxía envió una mirada canina a su nieta porque la pregunta no le gustaba. Aún así, sabía que si había algún momento en la vida para hablar de este tema, ese había llegado y ella lo había provocado.

Dos horas antes cuando subió al desván asustada por el golpe que terminó con Belén tirada en el sofá, Uxía había abierto conscientemente la caja del relevo generacional. Brais se había ido para siempre y la muerte miraba ahora a la abuela como próxima presa.

La conversación que estaba teniendo con Belén, soñaba haberla tenido con su hija Iria, pero ella era diferente a Belén. Nunca había encajado en la naturaleza de Uxía. No se llevaban bien, aunque mantenían el status quo que la naturaleza les había sorteado. Belén, sin embargo, era hija única y única hembra dentro de las nietas de Uxía. La abuela quería que Belén se llevara ese legado femenino de una vida llena de experiencias para que pudiera vivirlas con más intensidad aún y sobre todo para que evitara pasar por los errores en los que ella había caído.

Uxía agarró la mano de Belén y la atrajo hasta que la sentó en sus piernas. Con su mano derecha apartó la melena rubia del rostro de su nieta para dejarla caer luego como una caricia por su cara. Tomó aire y respondió:

- Mateo.

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