9. Me cuesta tanto olvidarte

octubre 16th, 2010 | Juanjo Amorín

El desván era largo y estrecho. Sus paredes estaban desnudas con ladrillos del color del barro mojado. Los techos eran altos y eso ayudaba a que la claustrofobia no habitara allí. Una tímida ventana, al fondo, a duras penas conseguía iluminar los viejos recuerdos.

Uxía y Belén estaban sentadas en el viejo sofá, en el medio a la derecha ¿Las ves?

Justo enfrente de ellas, incontables baldas metálicas se erguían hasta el cielo repletas de objetos llenos de emociones. De allí había salido la caja que ahora separaba a las dos mujeres en el sofá, y en la que habían dormido durante tantos años los papeles viajeros de la bolsa azul protagonistas de aquellos meses de octavo de EGB. A sus espaldas se alzaba una pared construída con azulejos semitransparentes con una puerta en medio. Había sido el vestidor de la primera casa de Uxía. Brais lo había reconstruido pieza a pieza, para guardar la ropa de temporadas pasadas y algunas prendas de las que no se querían desprender, como el vestido rojo que Uxía estrenó el día de la fiesta de final de curso. Pegado al sofá estaba una joya: un viejo tocadiscos Grundig y debajo cientos de vinilos ordenados en cajas, una de ellas fue con la que tropezó Belén al entrar en el cuarto. Estaban envueltos en una suave capa de polvo que desvelaba que nadie los había usado hacia mucho tiempo.

Belén llevaba unos vaqueros grises que no podían ser más ajustados y que se perdían entre el marrón claro de unas botas camperas. Su larga melena rubia ocultaba los hombros descubiertos por el murmullo de una camiseta negra que no dejaba ver sus curvas. Estaba sentada con las piernas cruzadas, encima del sofá enfrente de su abuela. Uxía vestía un pantalón de algodón de color blanco y una camisa gris de cuello barco.

Apenas llevaban hora y media hablando, pero el safari eterno de emociones les había emborrachado de imágenes llenas de recuerdos. Belén aún mantenía en su mano el papel recortado de una libreta de dos renglones escrito a lápiz azul que decía “te estoy esperando en mi casa” y que había sido el culpable del primer encuentro entre Uxía y Brais.. Lo miró de nuevo y preguntó:

- Abuela, y después de aquella noche ¿qué pasó?
- Me quedé mi soledad y yo.
- ¿Por qué?
- ¿Tú nunca has sentido la soledad aunque estés desbordada de gente que te quiere? Pues así me quedé yo. Esa fue la primera vez que me atrapó el amor y sin embargo cuando Brais se fue, tuve la sensación de que tardaría mucho tiempo en volver a verle.
- ¿Pero sólo fueron tres meses?

- El mes de agosto de aquel año lo pasé en casa de mis primos, en Zahara de los Atunes (Cádiz) . Era viernes. Habíamos estado todo el día en la Playa de los Alemanes. Me estaba preparando para ir a un concierto de Mecano, un grupo de música de la época.

Cuando estaba saliendo de casa, llegaron mis padres que venían a pasar el fin de semana. Mi hermana pequeña se adelantó y me trajo un sobre que llevaba días en el buzón de Málaga. Tenía escrito mi nombre con la letra de Brais. Era alargado, de color blanco, rodeado con rayas rojas y azules separadas por espacios. Cuando vi el sello de un pequeño avión a la derecha, mi corazón se partió en millones de pedazos porque sabía que las letras que había dentro venían de muy lejos.

Lo dejé todo y salí corriendo hasta la playa. La fuerza de la ansiedad me llevaba en volandas por las estrechas calles del pueblo. No sabía en dónde estaba, pero seguía corriendo, sin sentido, sin brújula… hasta que encontré el precipicio de las olas de la playa y allí me paré. Llevaba el sobre agarrado entre mis manos, pero no me atrevía a abrirlo. De repente, la luna se fue y llegó la tormenta. Me convertí en una gota de agua mojada, por fuera por la lluvia que caía del cielo, y por dentro por las lágrimas de mis ojos. En ese instante recordé la frase que Brais me había dicho unos meses atrás: “Yo no quiero que llores por mi cuando no esté junto a ti”. Me tranquilicé. Me agaché entre dos rocas para resguardarme. El concierto había empezado y de fondo sonaba esta canción.

Uxía, se levantó y como si el tiempo no hubiera pasado o como si siempre hubiera estado allí, recuperó del barullo de vinilos un disco con tres muchachos en la portada. Encendió el tocadiscos y pinchó esta canción. Las dos se agarraron de la mano y la escucharon en silencio.

Nota del autor: cierren los ojos, activen toda la fuerza positiva que lleven dentro y escuchen esta canción.

Al finalizar, Belén preguntó: abuela, ¿qué decía la carta?
Uxía removió dentro de la caja y cogió un sobre que en su día pudo ser blanco y que se identificaba por el sello de un pequeño avión volando en el lateral derecho. Se lo dió a Belén y le dijo, lee tú mejor la carta.

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