8. En casa de Uxía

octubre 12th, 2010 | Juanjo Amorín

Unos segundos después de leer la última nota que aparecía en la bolsa azul, Brais salió de la habitación. En la cocina estaba Clara fregando los cacharros de la cena.

- Mamá, bajo al patio que se han venido mis amigos de la fiesta.
Clara respondió: Es tarde Brais; mañana les verás.
- No mamá. Tengo que bajar. Había quedado con ellos.
Clara, que estaba cansada de pelear el día claudicó: Sube pronto. Nosotros nos vamos a dormir ya. Brais saltó sobre el cuello de su madre y le plantó un beso que no entendió. Mientras salía por la puerta Clara dijo en alto: “este niño se ha vuelto loco”. Y así era. Uxía a él no le había recetado cordura, simplemente porque lo quería así: loco.

Brais cerró la puerta y se vió ante la soledad del corredor de la quinta planta. Al fondo estaba la letra A, la de la puerta de Uxía. Se acercó como un soldadito de plomo mutilado, arrastrando sus nervios por aquel pasillo. Una parodia de ser humano. Ya estaba allí. Tomó aire y golpeó ligeramente la puerta para evitar ruidos. Cerró los ojos. Apretó atormentado las manos. Uxía abrió la puerta y le dijo: “hola Brais, pasa”.

Llevaba el vestido rojo de la fiesta. Caminaba de espaldas marcando con sus curvas el camino hacia el salón. Iba descalza. De fondo sonaba la música de los 40 Principales. Uxía se sentó en un lateral del sillón. Síentate aquí -le dijo-.

En el desván
- ¿En este sofá?
- Sí Belén. Ahí dónde estás tú ahora. Fue en este sofá. Fue el día en que escuché su voz como nunca. Fue el día que me enamoré del abuelo Brais. Este sofá se vino a Madrid a mi primer piso y luego regresó a la casa de la playa. Y un buen día lo guardamos en el desván porque no queríamos que se estropeara. Porque forma parte de nuestra historia.
- Jo, abuela, qué bonito. ¿Y qué pasó aquella noche?

Regreso a la historia

Brais sin buscarlo, recuperó aquel acento porteño que había metido en la maleta de vuelta hacía nueve meses. Recordó la estrofa de una canción que sonaba en su cocina y que su madre no paraba de tararear:

- Cada vez que me miras, vuelo.
Uxía se mordió el labio inferior y suspiró. Brais continuó:
- Sé que el viernes te vas a Málaga.
- ¿Cómo lo sabes?
- Tu madre se lo dijo a la mía el otro día.
- Ya.
- Uxía, estoy metido en un lio y no sé cómo voy a salir de aquí. Me gustas mucho. Pasado mañana cuando despierte, tú estarás lejos. ¿Y si no te vuelvo a ver? ¿Y si te olvidas de mi?

Uxía se acercó y le cogió de la mano. La tenía helada. Sus ojos se fundieron con los de Brais emergiendo una química irrepetible. Ella le acarició, y el cuerpo de Brais se estremeció. En ese momento una lágrima azul salió de la pupila del Principito. “Yo no quiero que llores por mi cuando no esté junto a ti” -dijo Uxía-. Brais apretó su mano como si la perdiera para siempre, como si fuera la última vez y le respondió con un abrazo que duró minutos. Eran dos imanes formando un campo magnético que duraría toda una vida. Porque hay cosas que suceden sólo una vez y se mantienen siempre: son los recuerdos.

Mientras Brais y Uxía seguían abrazados, en la radio comenzó a sonar esta canción.

Nota del autor: pongan la música y sigan leyendo

Brais retiró la melena de Uxía y empezó a besarla en el cuello. El olor de su colonia, aquella que le acompañaba cada día desde septiembre se hacia suya por primera vez. Su nariz se apoyó en el lóbulo de su oreja. El roce de sus mejillas generó un fuego interior irrepetible. Ella perdía sus dedos entre el pelo de Brais. Y el apretaba con su mano izquierda el muslo de la pierna de Uxía. En ese momento se tumbaron uno encima del otro. Brais se quedó encerrado entre dos mundos. Se miraron y empezaron a besarse. Sus labios se pegaban y rebotaban hasta que dejaron de ser dos para ser uno. Volaron, como lo había hecho el Principito, pero esta vez no volaba solo, sino con su rosa, aquella que era diferente a las demás, aquella que era única en el planeta que habitaba el pequeño Brais. Volaron y volaron sin miedo, sin pensar en si lo que estaban haciendo era lo correcto o era lo que querían. Sin pensar en nada, ni en nadie. Uxía levantó la cabeza, miró fijamente a Brais que estaba llorando y le dijo: “te quiero”. Él respondió: “yo también te quiero”. El amor, es así, viene, se va y vuelve, pero cada vez que se posa en ti, te marca para siempre y nunca como la vez anterior. Y con la música de fondo… juntos se seguieron besando, sin más, un amor de catorce años incondicional.

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