7. La fiesta

octubre 12th, 2010 | Juanjo Amorín

En el desván

- Fue un 17 de junio de 1988. Yo llevaba un vestido rojo con cuello palabra de honor precioso. Lo había comprado con mi madre el sábado anterior en el Zara de la Gran Vía. Era muy ceñido arriba y al llegar a la altura del talle se disparaba para perderse por encima de la rodilla. Y qué bonitas eran las sandalias blancas, abiertas y sólo enganchadas por el dedo gordo del pie.
- Mamá tiene una foto con un vestido parecido -dijo Belén- que recordaba la imagen por álbum de fotos familiar.
- Sí. Se lo dejé para uno de los cumpleaños de Pol. Está en aquel armario del fondo -señaló Uxía al fondo del desván-.
- ¿De verdad?
- Sí, ve allí y acércamelo.
Belén se levantó y saltando con cuidado entre los objetos que había en el suelo llegó hasta el viejo armario de dos puertas de color blanco. Allí el rojo destacaba. Lo tomó entre sus brazos y lo llevó hasta el sofá.
- Es precioso. ¿Verdad?
- Sí, lo es abuela. Es precioso.
- Quiero que te lo quedes. Para ti, para siempre. Pero sólo te pido una cosa, póntelo sólo cuando creas que puedes vivir un momento único.
Las dos mujeres se fundieron en un profundo abrazo que rompió Uxía diciendo: estás muy delgada, se te notan los huesecillos.
- Cuéntame que pasó en la fiesta, abuela.

Vuelta a la historia

El patio del Rosalía, que tenía el tamaño de un campo de fútbol, se había llenado de luces de colores. En uno de los laterales estaba el palco del que salía la música enlatada que pinchaba un DJ amigo de la profesora de interpretación. Al otro lado estaba una barra que había montado la Asociación de Padres y Alumnos en la que se servían refrescos y sandwiches de jamón con queso.

A las 20 horas aún era de día. Uxía estaba con sus amigas hablando de los planes del verano. El domingo por la mañana sus padres la bajarían a la casa de los abuelos en Málaga. Allí estaría hasta el próximo septiembre, como todos los años. Su forma de contarlo esta vez la delataban. La ilusión se había transformado en melancolía.

Brais estaba con los chicos del grupo de teatro a menos de cinco metros de las amigas de Uxía. Los chicos se acercaron a ellas y empezaron a hablar. La mejor amiga de Uxía era Silvia. Se conocieron en la guardería y siempre habían estado juntas. Silvia conocía la relación que había entre Brais y Uxía.

Amalia, la profesora de interpretación, cogió el micrófono y pidió un minuto de atención a todos los que estaban en la fiesta. “Chicos ha llegado el momento de que hagamos el baile de fin de curso. Este año habrá sorpresa. En la puerta os han dado un número. Pues bien, hemos hecho un sorteo y vamos a ir montando las parejas. Voy diciendo los números y os vais colocando en el centro de la pista. Un jurado desde el escenario seleccionará a la mejor pareja del curso”.

La novedad que había introducido Amalia sorprendió a todos los alumnos y se montó un correveidile de murmullos, sonrisas y nervios. Brais tenía el 72 y Uxía el 12. Amalia comenzó a cantar los números y los chicos empezaron a salir a la pista. Apenas se le oía por la algarabía creada. Las parejas eran surrealistas. Chicos con chicos, chicas con chicas, niños de quinto con niñas de octavo… Amalia pronunció el 12 y Uxía miró a Brais, pero lo abandonó un segundo después para salir al centro del patio. Un segundo que se congeló cuando Amalia dijo el número con el que bailaría, el 3. Era el de Carlos, aquel compañero de clase que no había dejado jugar a Brais el primer día de clase.

Regreso al desván

- Jo, qué mal ¿no abuela?
- Bueno, así es el azar Belén. Tu abuelo, años más tarde me diría que esa fue la primera vez que sintió celos, aunque él lo llamaba envidia.
- Y el abuelo, ¿qué pasó con él?
- Le tocó bailar con Silvia.
- ¿Tu mejor amiga? ¡Pero bueno!
- El azar, o el destino hija.
- No me lo puedo creer. Vaya peliculón.
- Y ¿qué canción pusieron?
- My Boy Lollipop

Regreso a la historia

Ninguna de las dos parejas creadas por el azar (Uxía y Carlos) y (Silvia y Brais) ganó aquella tarde, aunque la escena pasaría a formar parte de esos chascarrillos que regresaban cada año en las celebraciones entre amigos.

A las 22 horas, cuando la fiesta estaba a punto de terminar Uxía se acerca a Brais. Le nota molesto. Y él a ella también. Ninguno de los dos quería lo que había sucedido, pero los dos lo asumían como una decisión del otro. Uxía le dijo a Brais, “me voy para casa”. Y este que quería decir “me voy contigo”, le espetó “yo me quedo”. Uxía se giró sobre si misma y se fue sola. Brais se quedó sin reaccionar.

Media hora después, Brais dejó la fiesta. Estaba desorientado y se puso a andar. Veinte minutos después estaba frente al portal de casa. Siguió dando vueltas a la manzana sin saber qué hacer: llamar al telefonillo de Uxía o subir hasta su casa. Una tormenta de sensaciones no le dejaba aclarar sus sentimientos. Sin recordar porqué, ni cómo, se vió en su habitación. Puso música. Miró por la ventana para intentar descubrir a Uxía, pero la persiana estaba cerrada a cal y canto. Una ráfaga de viento golpeó una de las alas de la ventana de su habitación. El estruendo fue tan grande que Clara, la madre de Brais apareció en la habitación para descubrir lo que había pasado. Brais estaba tumbado sobre la cama. Clara se acercó a cerrar la ventana y vió una bolsa azul volando de un lado para otro.

- Y esta bolsa ¿qué hace aquí?
Brais saltó de la cama y empujó sin querer a Clara.
- Es mía mamá. Es un experimento de clase. Déjala ahí.
Clara estaba despistada con Brais. Él no era así. La edad le había cambiado desde que habían llegado de Buenos Aires. ¿La edad? Ella sabía que había algo más. La madre abandonó la habitación. Y en ese mismo instante Brais abrió la ventana de nuevo, rasgó la bolsa ya en el interior de la habitación y leyó un papel que decía: te estoy esperando en mi casa.

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