6. Dos semanas y catorce noches
octubre 12th, 2010 | Juanjo Amorín
Cuando tienes 14 años pueden pasar dos semanas y el mundo sigue ahí, esperando, como si nada fuera contigo. Y eso fue lo que pasó. Brais y Uxía no paraban de mirarse en clase, en el recreo. Cada noche la bolsa azul hacía su trayecto habitual cargado de papeles que se amontanaban en lugares secretos de las dos habitaciones. Era una eterna felicidad sin nada más.
El penúltimo día de clase, a las ocho y media Brais esperó a Uxía en la puerta del colegio, tal y como habían pactado la noche anterior. Uxía vestía una minifalda vaquera, calzaba unas sandalias de estilo romano y una camisa blanca se ceñía a un cuerpo que ya nada tenía que ver con el de una niña. Brais la esperó ligeramente apartado del corredor por el que pasaban el resto de compañeros. Cuando estaba a su altura le dijo:
- Hola, ¿qué tal estás?
- Bien. Muerta de sueño ¿y tú? – respondió Uxía con una sonrisa cómplice-.
- Yo también. Ayer se nos hizo tarde.
- Ya.
Uxía había cambiado bastante en ese año. En septiembre era una niña más, pero ahora parecía una adolescente con ganas de escapar. Sus amigas eran diferentes a ella. Mantenían ese punto de inocencia aún infantil, al tiempo que ella ganaba fuerzas de revolución interior.
- Tenemos que entrar ya -dijo Brais- pero antes quería pedirte una cosa.
- Dime.
- Mañana es la fiesta.
- Sí
- Quiero estar contigo. Quiero estar a solas contigo.
- Esta noche lo hablamos -dijo Uxía- dando por terminada la conversación.
Aquel jueves sólo el cuerpo de Brais asistió a clase. Su cabeza faltó a la cita.
A las diez en punto estaba sentado en la esquina de la cama fijando la mirada en el fondo de la ventana. Puntual apareció una sombra tras las cortinas vaporosas. Era Uxía, por la estatura y por la forma de su cuerpo. Luego la sombra se alejó, para volver a aparecer. Brais, como cada día desde hacía dos semanas, se levantó y abrió la ventana. Pero ese día la escena era diferente. Cuando fijó la mirada casi se cae del susto. La sombra se estaba quitando la ropa. La camisa desapareció serpenteando entre los brazos erguidos y la cabeza. Luego un movimiento en zig-zag sugirió la pérdida de la falda…
Vuelta al desván
- Abuela, ¿no me puedo creer que fueras así de heavy?
- Pero ¿tú que te crees hija? Mis hormonas estaban entonces por las nubes, tanto como hoy lo están gaseosas.
Una carcajada de las dos mujeres resonó en el desván haciendo olvidar por un momento todas las angustias de las horas pasadas.
Belén, que aún mantenía varias lágrimas en los ojos de tanto reir, preguntó:
- ¿Y qué pasó aquella noche? ¿Y la siguiente?
- Vamos por partes -tranquilizó Uxía- Aquella noche…
… Regreso a la historia
… aquella noche Brais recobró el papel del Principito. Estaba volando entre dos planetas de un cosmo llamado Uxía. Flotaba. En su cuerpo se lidiaba una batalla entre el poder de la razón que le decía ¡no mires! y el fuego incandescente de su corazón que le susurraba “no te preocupes, pasabas por aquí”. Dos o tres segundos de ternura. Una eternidad.
La sombra había desaparecido para convertirse en Uxía. Brais levantó su mano y la pegó al cristal. Uxía respondió con una sonrisa. Eran las diez y diez, pero bien podrían ser las cien y cien. El tiempo se paralizó, el ruido se hizo eco y sin darse cuenta la bolsa azul llegó a la ventana de Brais. La abrió. La luna le ayudó a encontrar la cuartilla que decía: “mañana nos escapamos de la fiesta y venimos a mi casa. Mis padres no estarán”. Brais la miró y dijo, sí.