5. La bolsa azul

octubre 11th, 2010 | Juanjo Amorín

La Colonia de Nuestra Señora de la Consolación se había construído para dar hogar a los funcionarios de la ciudad. Joaquín había optado a un piso en régimen de alquiler por ocupar la plaza de médico en el hospital provincial. Vivían en la quinta planta. La casa hacía forma de L. Justo enfrente, y como si de una pieza del tetris se tratara estaba la casa de Uxía. La habitación de Brais estaba en la pata de la L y la de Uxía también. Así que sus ventanas se enfrentaban.

Aquella noche en la casa de los Gómez había espaguetis a la boloñesa, la comida preferida de Brais. Su madre no se podía creer lo que había sucedido. Con el plato medio lleno, el niño se levantaba.
- ¿Estás mal Brais? advirtió Clara preocupada por aquella inapetencia.
- Me duele un poco la tripa, mamá, respondió Brais, mientras se levantaba diciendo: creo que me voy a tumbar en la cama.
- Vete yendo que ahora te miro si tienes fiebre.
- No mamá, si estoy bien y no tengo fiebre. Sólo me duele un poco la tripa.
- Bueno, ahora voy.

Brais dió por buena la amnistía de levantarse de la mesa y pensó que la siguiente batalla sería evitar que su madre entrara en su cuarto justo cuando llegara la hora de su primera cita con Uxía por la ventana.

Ocho horas antes, otro hecho histórico se había pronunciado. La frase “ce soir regarde par la fenêtre”, escrita en lápiz por Uxía, en el margen de la lección 21 del libro de francés aventuraba algo tan desconocido como excitante y esa era la causa de que los espaguetis a la boloñesa acabaran en un tupperware para el día siguiente.

Clara entró a ver cómo estaba Brais, en el mismo momento en el que al fondo sonaron las campanas de la Iglesia de la Inmaculada que anunciaban las diez en punto de la noche . Le tomó la fiebre y se quedó tranquila porque estaba todo en orden. Le dió un beso y le dejó a solas.

Brais encendió la luz de su mesilla de noche y se acercó a la ventana. Al fondo todo estaba oscuro. Apenas se veían dos carriles ilegales de cuerdas que los anteriores inquilinos habían colocado para tender la ropa y que estaban inutilizadas ahora por normativa municipal. No era buena imagen ver los calzoncillos del prójimo colgados hacia la calle.

Volvieron a sonar las campanadas de las diez y cuarto, a las que le siguieron las de las y media y todo seguía igual de oscuro. Brais miraba una y otra vez el margen del libro y llegó a dudar de si las letras en lápiz eran o no las de Uxía. En una de esas fijaciones entró un destello. La luz de la ventana de Uxía se había encendido. Brais introdujo la cabeza entre sus piernas para que no se le viera, al tiempo que comprobaba que aquella luz venía de enfrente. Sí, era la ventana de Uxía.

Poco a poco se puso de pié y con el rabillo del ojo miró por la ventana. Se veían sombras paseando. Reconoció la de una señora alta, la madre de Uxía que iba y venía hasta que se paró y como un rayo la persiana se vino abajo dejando a oscuras de nuevo la vista de Brais.

Sonaron las campanas de las once y luego las de las once y media. Brais dió por abortada la misión. No entendía que había pasado. Se metió en la cama y no paró de darle vueltas. Los ojos se le cerraban hasta que un golpe seco que sonó del exterior le espabiló. Se levantó acelerado, aturdido también. Todo seguía a oscuras. La ventana de Uxía estaba como la había dejado su madre horas antes. Brais abrió la suya con cuidado para evitar despertar a su familia. Era una noche con viento. Quizás algún pájaro desconcertado había chocado contra la persiana o simplemente una teja se había desprendido. Pensaba en estas causas cuando el viento descubrió el sonido de algo que parecía una bolsa. Brais encendió la luz de la mesilla, y al acercar su cara a las cuerdas vió una bolsa azul enganchada a dos pinzas de tender la ropa. ¿Qué hacía aquella bolsa allí? Desenganchó las pinzas, una a una, y con la mano derecha cogió la bolsa y la metió en su cuarto. La bolsa azul estaba atada con hilo de calcetar. La abrió con la precisión de un cirujano. Dentro de ella había un papel doblado.

Vuelta al desván

- ¿Y qué decía la nota abuela? Se apresuró a preguntar Belén.
- Acércame aquella caja -señaló Uxía a su nieta-.
- ¡Cómo pesa abuela!
Belén reposó la caja en las rodillas de Uxía. Ayúdame a abrirla, hija -dijo la abuela-.
Era una caja de latón dos veces el tamaño de una caja de zapatos. Al abrirla lo primero que apareció fueron tres patos de color amarillo de plástico que sorprendieron a Belén.
- ¿Y esto? preguntó Belén.
- Luego te lo cuento, respondió Uxía, mientras iba sacando de la caja, pequeños objetos como un viejo llavero en forma de K, un collar de color gris, flores secas… Aquí están las cartas. Mira es esta. Léela tú.
Belén abrió la cuartilla y leyó: Me gustas desde el día que te conocí

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