4. Los pupitres
octubre 10th, 2010 | Juanjo Amorín
Los pupitres del Rosalía en 1988 eran de madera y estaban unidos en asientos de a cuatro. Las cubiertas tenían cicatrices de palabras que querían pasar a la historia. Frases sin sentido para el tercero que las leía y esenciales al tiempo que inocentes para aquel que las había esculpido con tesón. Cuando alguien escribe una frase por muy pequeña que sea, lo hace con un motivo y por eso aquellas palabras, una tras otra, no pasaban indeferentes aunque sus protagonistas ya estuvieran lejos de las aulas.
La tapa de los pupitres se levantaba y descubrían un compartimento personal para cada alumno. Hasta ese año se utilizaban para dejar los libros, pero las normas del colegio habían cambiado porque las desapariciones colmaron la paciencia de Don Amadeo, el director. Así que ese año había más espacio para los secretos prohibidos.
Tras el beso que Uxía le había dado a Brais, minutos después de su representación del Principito, los dos sabían que habían abierto una nueva puerta, pero la inocencia les cegó sus resultados. Ojalá todos los mayores pensaran siempre así.
El lunes 23 de mayo abría la última semana de clases a jornada completa. A partir de junio, sólo habría colegio por las mañanas. Así hasta el 17 de junio que llegarían las vacaciones. Aquel lunes fue un día como otro cualquiera, salvo para Brais. No había visto a Uxía en todo el fin de semana porque se había ido a Málaga a visitar a sus abuelos. Llegó antes de tiempo al Rosalía y se sintió como un pequeño héroe local. La función le había salido de diez y nadie se olvidó de hacerlo presente, incluída Doña Blanca que abrió la clase con estas palabras: “tan importante es estudiar, como hacer las cosas con pasión. En nuestra clase está el protagonista de la obra del pasado viernes, así que por lo bien que lo ha hecho, vamos a darle un aplauso”.
El halago, ya se sabe, debilita. Y Brais no fue inmune a aquellas palabras.
A las once y media en punto sonó la campana del recreo. Esta vez Brais no salió corriendo tras la manada desbocada de compañeros. Se quedó sentado en su pupitre. Su fin de semana había sido largo. Uxía no salía de su cabeza ni un sólo instante. Rebobinaba una y otra vez la escena del beso como lo hacía con los casettes grabados a los que le metía un boli bic en uno de los ojetes para machacarlos con canciones de los 40 principales que salían de la radio que tenía en su cuarto. Así se pasó todo el sábado y el domingo. Brais tenía 14 años, pero su estancia en Buenos Aires le había acelerado la madurez. Sentía algo que en las canciones, otros llamaban amor.
Llevaba unos pantalones beis cortos, una camiseta de su serie favorita MazinGer Z y unas adidas con calcetines blancos que cubrían hasta la espinilla. Poco antes de salir de casa se había subido al altillo para abrir la caja de herramientas en la que Joaquín tenía lo básico para hacer las chapuzas del hogar. Cogió prestado un pequeño destornillador que ahora llevaba en su bolsillo izquierdo.
Tenía miedo porque nunca había roto un plato. No sabía mentir, ni tampoco aliarse con lo prohibido, pero algo superior le animó a hacerlo. Se dirigió hasta el pupitre de Uxía, dos filas más adelante. Se sentó en su asiento. Respiró hondo porque le faltaba oxígeno o quizás porque necesitaba fuerzas. En su exalación olió la colonia que recorría el ascensor de casa cada mañana camino del colegio, la de Uxía. Miró a su alrededor y al verse solo en medio de la clase empezó a esculpir tres letras que quedarían marcadas para siempre en la memoria de los dos: UyB. Luego salió corriendo.
Se refugió en el baño. Estaba muerto de miedo, pero también tenía ganas de mear. Lo hizo y aunque jamás supo decir porqué el caso es que no apuntó bien y se mojó los pantalones beis claros que quedaron marcados con un lamparón del tamaño de un puño, justo en el mismo instante en el que sonaba la campaña del final del recreo. Brais ni conocía a Murphy, ni sabía de sus leyes, pero no se le escapaba en ese momento la sensación de que el mundo se acababa ahí, en ese instante. No sabía cómo regresar a clase con ese cuadro en sus pantalones y con la escena de ver la cara de Uxía tras el mensaje que le había dejado en la tapa de su pupitre. El silencio de los pasillos caía como una losa en su mente porque advertía que todos ya estaban en clase. Era el peor momento de su vida.
Se dirigió hasta el aula mientras aireaba la pierna derecha para provocar un secado express que no llegaba. Giró con precisión la manilla de la puerta y al abrirla toda la clase se le quedó mirando. Escondía la pierna tras la puerta. Miró a Doña Blanca y le dijo: “me quedé encerrado en el baño, ¿puedo pasar?”. Doña Blanca no le dió importancia y mientras escribía en la pizarra le despachó con un “pasa”. Pero Brais no sabía como cruzar aquel campo de batalla. Pegó su mano al pantalón y comenzó a andar de una manera rara y acelerada. Al pasar delante del pupitre de Uxía miró al cielo y echó a correr hasta que logró tomar asiento.
Estaba casi todo hecho. Levantó la tapa de su pupitre. Cogió el libro de francés. Lo abrió por la última lección, la 21, verbos irregulares. Pero su vista se disparó hasta el margen derecho en dónde encontró la siguiente frase escrita a lápiz: ce soir regarde par la fenêtre.