11. Sueño
octubre 19th, 2010 | Juanjo Amorín
- Cariño -dijo Uxía a su nieta Belén- necesito un vaso de agua.
- Voy abuela.
Habían pasado menos de 48 horas desde la última vez que lo había visto con vida. Uxía quería estar sola con él en el desván. Ella, él y sus recuerdos. Se levantó renqueante porque llevaba dos horas en la misma posición. A sus 82 años lo único que le dolían eran las rodillas que se habían desgastado con el paso del tiempo.
Se acercó a las cajas que estaban al lado de la cadena de música. Aunque eran de diferentes tamaños y altura, la gama grisácea del polvo las había maquillado a todas por igual. La tercera, que estaba en medio, era alargada y baja. Parecía una caja de zapatos pero grande. La limpió y esta se descubrió como negra. En medio estaba la imagen de un galgo. Uxía levantó los párpados sorprendida y su boca pintó una sonrisa cómplice. Su mirada se precipitó al interior, en la que descubrió decenas de sobres con CDs. Sus dedos se pararon en uno de color verde en la que se leía “Autorretratos-Antonio Vega”. Del sobre extrajo un disco que brillaba como si nunca nadie lo hubiera usado antes. Lo introdujo en la cadena de música y esta empezó a mostrar decenas de títulos. Uxía bajó hasta uno que decía: “El sitio de mi recreo”. Volvió a sonreír y le dio al botón de PLAY.
Mientras sonaban los primeros acordes de la canción, regresó al sofá. Recogió la hoja manuscrita que contenía la carta de Brais que unos minutos antes Belén había leído para las dos y la posó sobre sus pechos. Se recostó apoyando la melena rubia en uno de los cojines. Con su mano derecha, en la que habitaba una alianza de oro blanco con una piedra única, empezó a acariciar aquellas letras que llevaban casi 70 años escritas.
Uxía cerró los ojos y su imaginación se la llevó de viaje hasta su primer piso de soltera en Madrid. Y recordó aquella tarde de verano en la que después de hacer el amor con Brais este le regaló un cuento. La historia de dos niños de apenas doce años que veraneaban en un pueblo costero de Pontevedra y que aquel verano se habían enamorado. Por las noches se escapaban para hablar en la puerta del hotel en el que estaban alojados. Repetían historias que les habían pasado por el día. Se reían, se miraban, pero ninguno de los dos se había atrevido a decirle al otro que le gustaba. Y llegó el último del verano. Esa tarde los dos aparecieron en la playa y vieron la puesta de sol juntos. Él quería gritar: me gustas, pero no sabía como decirlo. Mientras se despedían recordando lo bien que se lo habían pasado juntos, él escribió en la arena mojada “no me olvides”. Se miraron y ella le preguntó ¿me quieres decir algo? y él respondió sí. Tomó aire para afrontar el momento más importante del verano, pero mientras señalaba con su mano al suelo, una ola apareció de repente y cubrió sus pies, les dejó fríos y se llevó el deseo del niño para siempre. Así era Brais, un eterno enamorado de historias sin final.
Y luego su mirada voló hasta el viejo vestidor que tenía enfrente, y que Brais había reconstruido pieza a pieza en el desván haciendo una copia exacta del que había en su piso de Madrid. En alto empezó a contar los azulejos translucidos de colores azules que lo vestían. De izquierda a derecha, uno, dos, tres, cuatro y cinco. Y luego una puerta acariciada por un marco marrón. Y de nuevo, uno, dos, tres, cuatro y cinco. Así lo hacía Brais desde la cama día tras día. No paraba de contarlos, mientras ella le susurraba al oído ¿qué piensas amor? y él decía: pienso en ti cariño y luego, unas veces volvían a fusionar sus cuerpos y otras simplemente se pasaban minutos eternos mirándose.
Uxía cerró los ojos de nuevo y la imaginación la trasladó hasta un lugar lleno de silencio, de brisa y cordura, donde la nieve, el fuego y los deseos se fusionaron por primera vez. Sí, voló hasta recordar el primer día que hizo el amor con Brais, pero en ese momento apareció Belén y la despertó sin querer.
- Abuela, ¿estás bien?
La octogenaria se sobresaltó. Sus ojos marrones se abrieron y se quedaron mirando fijamente a su nieta. Por unos segundos no respondió. No sabía en dónde estaba, ni que había pasado. Belén se asustó y le repitió: ¿estás bien? Al ver que Belén la acariciaba recuperó su ser y Uxía la tranquilizó: Sí cariño. Sólo ha sido un sueño.